Jorge Eduardo Arellano
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Por más que lo intento, se me hace casi imposible poder entender por qué nuestro país siempre camina al filo del precipicio. Mucha gente cree que fue Jorge Luis Borges, el genio de los oscuros contrastes, quien sin quererlo, propaló la fama de que nuestro continente es de la fantasía y del surrealismo, donde todo es posible y la lógica se desmadra por senderos aparentemente absurdos que terminan por ser lógicos.

Muchos han sido los que se han atrevido a aventurar hipótesis, desenfadar amarguras y desprecio por nuestro país. Un día de éstos, un escritor me dijo seriamente que nuestros países eran el resultado de la mezcla de la locura agresiva de los hispanos y la pasiva locura de los indios. Lo cual, según él, conducía a diferentes etapas de demencia: dictadores, caudillos democráticos y democracias caudillistas, todo mezclado en un sinsentido.

Otros, han considerado que nuestros países padecen algún tipo de enfermedad crónica, y que hasta ahorra no se ha podido encontrar la medicina para curarla. En fin, son muchas las hipótesis, pero pocas las respuestas convincentes para poder entender nuestra “locura”.

Ese supuesto proceso delirante que al parecer padecen los presidentes nicaragüenses y latinoamericanos, llevó al general Santa Ana, en México, a levantarle un monumento al dedo gordo de uno de sus pies perdidos en la guerra de los pasteles; y al general Melgarejo, en Bolivia, a ordenar que su artillería disparara a las nubes para evitar que lloviera sobre su parada militar.

Algunos historiadores han afirmado que esta chifladura comenzó en la conquista, cuando los cronistas de indias y los conquistadores se deslumbraron por estas tierras americanas, y lanzaron descripciones donde la imaginación cabalgaba y muchas veces traspasaba la realidad.

Cuando se lee con detenimiento a estos cronistas, podemos entender, cómo en la saga, nosotros tenemos la tendencia a la hipérbole, a la fantasía, y, por supuesto, a la demencia medieval, que presentaba mapas “científicos” que mostraban a bestias marinas devorando barcos.

Hasta Américo Vespucio, un hombre serio, anunció que habían llegado al paraíso terrenal, donde los indios eran nobles y sólo tenían el defecto de bañarse mucho.

Al parecer, también tenemos una propensión y fascinación hacia el autoengaño y el masoquismo. Sabemos que los políticos siempre nos mienten, nos utilizan, nos venden fantasías en las campañas, y por experiencia sabemos que no las cumplirán.

Sin embargo, adoramos las caravanas, reñimos por nuestras preferencias partidarias, y hasta salimos en defensa de personas como Arnoldo Alemán, olvidando que durante estuvo en el gobierno, ultrajó a los periodistas y a la población; se burló de las víctimas del Mitch, y al final de su mandato, unas cien libras más obeso, dijo que regresaría a la presidencia para servir al pueblo. Y lo peor del caso es que algunos lo creyeron, y si saliera de la cárcel, igualmente votarían por él para que siga con sus desmanes, atropellos, y caprichos. ¿Cómo entender, entonces, esta actitud de la población?
Rubén Darío, mostrando enfado por el desprecio que le habían manifestado los gobernantes, y por el ultraje del que fue víctima por parte de varios granadinos, al compararle con un juglar, escribió en sus prosas dispersas: “Es duro decir que en aquellas tierras, apenas conocidas por el canal y por el café, no hay, en absoluto, aire para las almas, vida para el espíritu. En un ambiente de tiempo viejo, en el amor de un cielo tibio y perezoso reina la murmuración áulica; la aristocracia advenediza, triunfa; el progreso material, va a paso de tortuga, y los mejores talentos, las mejores fuerzas, o escapan de la atmósfera de plomo o mueren en guerra entre hermanos, comiéndose el corazón uno a otro porque sea presidente Juan o Pedro”.

¿Cómo entender a esta disparatada Nicaragua, en donde la palabra democracia es una frase vacía y sin sentido, en donde los poderes del Estado, sólo existen en la Constitución, sin contenido real y sin división?
Lo más seguro es que en los próximos años se elaborarán más hipótesis, para explicar nuestra difusa y a veces absurda realidad, pero por el momento tenemos que conformarnos con las que existen por más disparatadas que parezcan, para que por lo menos tenga sentido nuestra existencia, en esta disparatada y cada día degenerada sociedad nicaragüense.