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Por encontrarme fuera del país no pude estar presente en el acto de instalación de la Academia de Ciencias de Nicaragua, pero deseo dejar constancia de que estimo como un acontecimiento histórico la fundación de la Academia. Su trascendencia sólo es comparable con la fundación, hace ya varias décadas, de la Academia Nicaragüense de la Lengua y de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua.

Con la fundación de la Academia de Ciencias de Nicaragua culmina una vieja aspiración de la comunidad científica del país, que desde hace tiempo venía demandando la existencia de un organismo que promueva el diálogo entre los científicos e investigadores nacionales, estimule los contactos con la academia científica mundial, auspicie la investigación y la formación científica y colabore en los esfuerzos conducentes al diseño de una política científica y tecnológica, de la que carece Nicaragua. Además, la Academia puede constituirse en un organismo capaz de aportar el punto de vista científico ante los acuciantes problemas que enfrenta el país y contribuir a su solución.

En la década de los años ochenta, la comunidad científica, reunida en dos Congresos Nacionales de Ciencia, demandó la creación de un Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, cuyo principal cometido debía ser el diseño de una política nacional de ciencia y tecnología. El gobierno de entonces prometió fundarlo, pero no cumplió.

Al principio de la década de los años noventa se reiteró el reclamo y, aunque se logró la fundación del Consejo, éste se quedó sólo en el papel. Fue hasta en la segunda mitad de la aludida década que se creó el actual Conacyt, pero a éste no se le ha asignado la importancia que merece ni los recursos adecuados para un eficaz funcionamiento.

Quizás ahora, con la fundación de la Academia de Ciencias, se logre que en Nicaragua el tema científico ocupe un lugar importante en la agenda nacional y se llegue, finalmente, al diseño de una política destinada a promover nuestro adelanto científico tecnológico, que ahora se considera un factor estratégico del desarrollo de un país, desde luego que el conocimiento se ha transformado en el insumo principal de los procesos productivos y, por lo mismo, en la nueva riqueza de las naciones.

Asistimos a la emergencia de un nuevo paradigma económico-productivo en el cual el factor más importante no es ya la disponibilidad de capital, mano de obra, materias primas o energía, sino el uso intensivo del conocimiento y la información. Las economías más avanzadas hoy en día se basan en la mayor disponibilidad de conocimiento e información. Las ventajas comparativas dependen cada vez más del uso competitivo del conocimiento y de las innovaciones tecnológicas.

Saludamos la fundación de la Academia de Ciencias de Nicaragua. Ojalá señale el momento de nuestro ingreso en la realidad científica contemporánea y de nuestra incorporación a las sociedades del conocimiento. De la labor de la Academia cabe esperar que la ciencia se incorpore como parte integral de la cultura nicaragüense e influya en el substancial mejoramiento de la enseñanza de las ciencias en nuestro país.