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En homenaje a los primeros 93 años de Ernesto Cardenal (Granada, 20 de enero, 1925), uno de los dos poetas magnos y longevos de Latinoamérica (el otro, de 103 años, era el chileno Nicanor Parra), rescato la acertada nota crítica que publicó en la revista Libre (París, marzo-abril-mayo, 1972) el escritor catalán José Agustín Goytisolo (1928-1999). Se trata de una reseña del libro de Cardenal Poemas (Barcelona, Ocnos). 

“Hace tan solo unos cuatro o cinco años el nombre de Ernesto Cardenal era únicamente conocido en pequeños círculos literarios de América Latina y de España. Se le asociaba al prólogo de la antología que se publicó en 1949 titulada Nueva poesía nicaragüense, prólogo que en realidad era su tesis de grado al licenciarse en Filosofía y Letras. Cuando se hablaba de Cardenal se citaban, junto con el suyo, los nombres de José Coronel Urtecho y Pablo Antonio Cuadra, mayores que él, y también los de sus compañeros Carlos Martínez Rivas y Ernesto Mejía Sánchez. De ese extraordinario quinteto de poetas nicaragüenses fue finalmente Cardenal el que logró de un modo espectacular el favor de la crítica y de los jóvenes lectores de poesía en estos últimos años. Todo sucedió a partir de la publicación de su Oración por Marilyn Monroe y otros poemas, en 1965. 

Este libro, y en particular la composición que le da título, es realmente una deslumbrante muestra de emocionada poesía, novedosa, inquietante, que daba cauce a muchos de los intentos de sacar a la lírica castellana de cierto tipo de provincianismo en el que había caído, y del que se salvaban únicamente algunos cuantos nombres ya consagrados. Pero recordando los anteriores libros de Cardenal, no se nota un decisivo salto cualitativo en su Oración… que justifique la especie de “descubrimiento” de su calidad que se produjo casi como una explosión. Entonces se le volvió a leer, ahora ya con más detenimiento, y sus poemas fueron reeditados en libros, revistas y antologías. Lo que ocurría es que se habían acumulado factores de diverso tipo para hacer brillar la limpia voz de Cardenal en su forma de enfrentarse con la realidad a través del lenguaje. Cardenal no hace distinción alguna entre temas o expresiones tradicionalmente reconocidas como poéticas y otras que se consideran más propias de la prosa, del periodism
o, de los anuncios publicitarios, de la jerga coloquial o de los modismos o giros coloquiales que pone en boca de los personajes que aparecen en sus poemas.

El resultado es una amalgama de datos históricos, conversaciones crónicas, apuntes y descripciones bellísimas de plantas y animales de su tierra, retratos inolvidables de tipos como Sandino, Bernal Díaz o José Dolores Estrada, epigramas y poemas de amor, salmos e imprecaciones. Todo, presentando una visión lúcida y cruel de un mundo bello y cambiante, en el que contrastan la miseria de los desheredados de América con la vertiginosa hermosura de las luminosas autopistas y ciudades de USA y la fría traición del esperpéntico Somoza con la aparente sencillez de la anécdota del campisto Joaquín Artola, persiguiendo con su yeguada a los yanquis por el llano de Ostocal.

No es la suya una poesía religiosa, pese a que él sí lo es; no es poesía política o comprometida —en el sentido que habitualmente se le da a estos términos— y sin embargo, los temas políticos y aún su propia postura combativa están continuamente presentes en su obra; no es tampoco poesía narrativa, aunque Cardenal emplee esa técnica o la del relato o relación en muchos de sus poemas. Hay algo más profundo en toda su obra que escapa a cualquier tipo de clasificación y que deja perplejos a críticos. Cardenal adopta en cada poema un modo de expresión que el propio tema, la situación o los personajes le imponen: es cronista con Gonzalo Fernández de Oviedo; predicador en el responso a Marilyn; conspirador revolucionario al recordar a su amigo Adolfo Báez Bone, asesinado por la dictadura; poeta enamorado cuando se dirige a las muchachas que algún día leerán emocionadas sus versos; repórter fotográfico al describir un atardecer en Managua; evangelista al contar en su “Apocalipsis” el monstruoso cuerpo metálico de la 
Bestia y el fin del mundo en una próxima guerra nuclear… Todos estos rostros, y aún muchos otros más, ofrece Cardenal, verdadero mago en metamorfosear su identidad como escritor y como hombre.”