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La vida de Juan Montalvo es la de un personaje de novela del XIX: misántropo, huía de las multitudes prefiriendo expresarse con la voz de la pluma; tímido pero orgulloso; liberal hasta los tuétanos; un hombre torturado por sus contemplaciones íntimas, desgarrado por una realidad que no aceptaba, se convertía en un temible volcán cuando escribía. Sus famosos libros La dictadura perpetua, los Siete tratados, Las Catilinarias, La Geometría moral, persiguieron más a dictadores y tiranos, que un batallón de soldados. Se enfrentó a tiranos magníficos y despreciables como el implacable García Moreno, quien alguna vez dijo que: “No había nacido para gobernar a pueblos corrompidos y abyectos” y pretendió regalar el Ecuador a Francia mediante un protectorado, y contra el dictador general Veintimilla al cual llamaba despectivamente Ignacio de la Cuchilla o el Presidente de los siete vicios, sin más arma que su talento y un cuerpo enfermo que a duras penas podía sostener una pasión descomunal. Tal lucha le significó persecuciones y destierros continuos, que minaron su salud e impidieron que viviera una vida estable y hogareña.

Este héroe novelesco y temerario, quintaesencia del pensamiento revolucionario del siglo XIX, irrumpió en una etapa en que Ecuador más que un país en construcción era un cuartel soldadesco en donde constantemente se daban asonadas y era campo fecundo de voluntades dictatoriales que gobernaban más que apegados a ley,  sometidos a los caprichosos dictados de tiranos. Esto hizo que Juan Montalvo, nieto de un andaluz montaraz que vino a probar suerte en América, se levantara y con una valentía que rayaba en la temeridad los desafiara, se burlara de ellos caricaturizándolos ferozmente y enumerara las atrocidades que cometían los presidentes Gabriel García Moreno y el general Ignacio de Veintimilla. Pero toda esta artillería lingüística estaba salpicada de metáforas hiperbólicas, de  arcaísmos, de ironías y crueles sarcasmos en el más arrogante y depurado clasicismo, insultos que como una metralla se sucedían uno tras otro plagados de inteligentes referencias históricas y grecolatinas a las cuales era imposible resistirse, escritos que hicieron decir a Juan Varela: “Es el más complicado, el más raro, el más originalmente inaudito de todos los prosistas del siglo XIX”.

Por supuesto que fue excomulgado por la Iglesia por atreverse a criticar los abusos del clero que mantenía un enorme poder sobre el incipiente Estado en una no declarada teocracia fomentada por Gabriel García Moreno, quien, según cuenta la historia, se metía como juez moral hasta en las alcobas de los ciudadanos, perseguía ferozmente a prostitutas y  arreglaba en matrimonio a parejas amancebadas, además de mandar a fusilar por un quítame estas pajas a sus enemigos sin apiadarse ante las súplicas de su propia madre.

El papa León XIII condenó el libro los Siete Tratados de Montalvo al índice de libros prohibidos en Roma, luego de que Montalvo respondiera a los ataques de la Iglesia que calificaba su obra como “inmoral, herética y blasfema”, con un furibundo libro “La Mercurial Eclesiástica,” que hizo escribir a Darío  potentes artículos en defensa del ecuatoriano. 

Aunque estas pastorales de la Iglesia “erizadas de censuras”, “cubiertas de rayos archiepiscopales” en palabras de Darío, debieron de herir a Montalvo, pues era de confesión católica; no le impidieron, sin embargo, seguir adelante. Un aliado ideológico y fraterno fue Eloy Alfaro, quien ayudaba económicamente a Juan Montalvo, el cual vivía apurado por deudas y acreedores. Tenía Montalvo una “honestidad en los principios” que hizo que desechara altos cargos con los que el Poder procuró seducirlo  y que prefiriera esa vida libre llena de escasez. Cuenta Alfredo Pareja Diezcanseco que una vez Montalvo apremiado por el hambre: “Vende su reloj: le dan más dinero del que vale, por compasión. Y él, indignado, herido el orgullo, devuelve la diferencia: “Mi reloj no vale más de doce pesos,” exclama con severidad.

Sus libros que pasarían a la historia como los del más grande polemista, no le dieron el sustento que necesitaba pero le depararon triunfos y sinsabores y un espacio en las letras universales. Afirma el historiador Alfredo Pareja que: “No puede deslindarse la figura de Alfaro de la de Montalvo. Son los dos campeones de la libertad. Su amistad fue de las auténticas. Alfaro ayudaba a Montalvo a publicar sus libros. Montalvo ayudaba a Alfaro con su exaltada y noble literatura de combate. Así pasaron estos dos héroes por la historia.”

Este ideólogo romántico del liberalismo, precursor del modernismo, este adorador del Quijote de Cervantes al que consideraba lo más acabado de la literatura española, dueño de un verbo apocalíptico y de una literatura esperpéntica y trágica; fue aplaudido y admirado por los más famosos pensadores del siglo XIX, pero desdichado en el amor por su vida azarosa de saltimbanqui, con un pie en el estribo siempre y una maleta lista para marchar.

Murió en París con aguacero  y esto no es parafrasear a Vallejo sino la triste realidad, pues enfermó por una lluvia tenaz que le ocasionó una gravísima neumonía y después de haber sido sometido a una cruenta operación que aguantó sin anestesia pues quería conservar su consciencia en todos los momentos de su vida.

 La dignidad y el orgullo que lo llevó a defender a su patria, no lo abandonaron ni siquiera ante la muerte, pues unos días antes, previendo su fin, pidió que lo enterraran vestido de estricto frac negro porque había que vestir con solemnidad para recibir a la Parca; y a su ama de llaves le entregó sus últimos cinco francos para que  compre  claveles porque siempre pensó que un difunto sin flores era un difunto muy triste.

 En la calle Cardinet, 26 de París hay una lápida con su nombre que reza: “Polemista, ensayista, pensador y maestro insigne de la prosa castellana”. Murió el 17 de enero de 1889, sus restos embalsamados reposan en su natal Ambato.

Este es el hombre que admiró Rubén Darío y al cual dedicó un panegírico de casi 500 versos, la epístola a Juan Montalvo, medio desconocida entre los adoradores de Darío.