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El presidente estadounidense está decidido a construir el muro fronterizo. Ya pidió US$25 billones para construirlo y frenar así la migración ilegal mexicana. La Casa Blanca y el Capitolio están luchando por prevalecer en este asunto.

Mi punto. Estados Unidos no parece saber cómo actuar ante los desafíos a los que hoy se enfrenta: un temor obsesivo cunde entre los sectores más conservadores. El miedo es mal consejero.  Pero, ¿por qué no convierten ese miedo en oportunidad? Y no duden, igual les sucederá, eventualmente, a Japón y China. 

Nunca he estado convencido de cuán comprometidos hayan estado las potencias occidentales de las consecuencias, hoy visibles de la globalización. Salvo algunas voces intelectuales en Francia, Alemania e Inglaterra, muchos líderes, poco progresistas, asumían que todo giraría alrededor de apertura de mercados, flujo libre de capitales y adopción universal del sistema democrático.

No ha sido tan así. 

Era lógico que las potencias del Asia, —con tanta sabiduría y experiencia acumuladas—, vieran en estos giros arrolladores una oportunidad para crecer, adoptar posturas eclécticas, e impulsar sus agendas de desarrollo acorde a sus propios intereses.

En Occidente, creo que Estados Unidos se durmió sobre sus laureles. ¿Pensaba que el resto de países (a los que pocas veces vió con mirada sencilla), jamás alcanzarían mayor desarrollo, o de ellos no se aprendería nada? En cuanto, a las potencias medianas-europeas —siento que aunque intenten crecer geográficamente, nunca abandonarán su orgullo patriótico—, y vivirán juntos, pero… recelosos y desconfiados para no perder valores, cultura y sentimientos nacionalistas. La  verdad, no creo que puedan avanzar más allá de los intentos jurídico-unionistas. Probablemente, terminarán como los griegos: admirando su Partenón, a sus semidioses mundanos, y venerando a sus sabios y filósofos —legadores de grandes instituciones. Pero incapaces de prever la declinación. Mucho menos, el ocaso.

Así, las potencias asiáticas ya marcan el rumbo. El camino lo despeja el rey saliente.

Pero en Washington, la preocupación es mayor. Quieren evitar que la piel de los colonos —arribados a una tierra cuyos originarios dueños fueron remitidos a empequeñecidas reservas— adquiera tintes morenos u oliváceos. O que el español resuene predominante en los edificios de la avenida Pennsylvania. Ni hablar de los adjetivos colectivos contra los de “cultura extraña”: posponedores de deberes, romanos-católicos de ritos y dogmas medievales, practicantes masivos de siestas y  fiestas 30-12, emotivos irracionales, y verborréicos discutidores, etc. Para decir los que aquí se puede decir…

Una de las defensoras mayores del antiinmigracionismo mexicano —ya destapado, para preservar el mainstream—, Ann Coulter, llegó a afirmar que “América es blanca y negra”. Veo poca sinceridad y mucha ignorancia en esa declaración. Primero, la lucha por los derechos civiles no fue menos represiva que en circunstancias similares en países subdesarrollados; segundo, ¿quién autorizó para sacar de la historia a los aborígenes que perdieron su dignidad y posesiones por el colonialismo británico, a partir del siglo XVII?

La señora Coulter esgrime: 1) “que los que lleguen a Norteamérica, deberían hacerlo por cuotas, y no que solo migran mexicanos”. Tiene razón (¡La cobija unionista no da para tantos!); 2) Y que “la reunificación de las familias no es un asunto que deba resolver el gobierno estadounidense. Que se regresen los indocumentados a su país”. Tiene razón. Además, si no los quieren y los están echando, ¿por qué no, dignamente, se regresan a su país?

También, de manera irresponsable, se afirma que los crímenes mayores que se cometen en Estados Unidos son perpetrados por inmigrantes mexicanos. ¿Estadísticas?

Si el pensamiento práctico norteamericano enseña que cuando haya una crisis, esta más bien debería verse como una oportunidad, ¿por qué no buscan soluciones más imaginativas que combinen legalidad con humanitarismo?

Adicionalmente, en el mediano plazo, el envejecimiento de toda la sociedad norteamericana va a empujar a los darwinianos a  preservar y aumentar sus progenies con otras mezclas. España y Japón, debido a su poca reproducción (¿¡Para vivir más felices!?) serán las primeras sociedades en mutarse.

El miedo actual norteamericano —y percibido ya como un síndrome en la Europa nórdica y central— está siendo visto con menos prejuicios y mucha sensatez por franceses e ingleses. Y es que nadie puede dejar arreglado el mundo, siquiera, para los próximos 50 años. 

El mundo del futuro cercano hablará mandarín e hindi. Nuestros nietos, —es probable— que admiraren a Confucio o a Xi jin-Ping al igual que nosotros admiramos a Aristóteles o Churchill.

Fue sabio Franklin D. Roosevelt cuando dijo: “Lo único a lo que debemos tenerle miedo es al miedo mismo”. 

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