Natalia Chávez Arróliga
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Mata Hari la stripper que jugó a ser espía. Las injusticias sociales y su espíritu signarían su destino. Lucharía ante las adversidades de su época convirtiéndose en la leyenda que enseñó a morir a los hombres, de amor y de pie.

Se convirtió en una mártir real, abanderada de la liberación femenina, en un mundo de premisas masculinas. No escribió doctrina alguna sobre ello, pero heredaría tanto a hombres como a mujeres un ejemplo: la resistencia de un ser humano que no dio su brazo a torcer.

Acosada sexualmente por un maestro de la escuela, la gente incluyendo a su padre la señalarían como culpable. El señor Zelle la refundió en un internado, donde pasaría las noches recordando a su madre, de quien su padre se divorció, dejándola morir.

Cierto día, leyendo el periódico, un anuncio captaría su atención, “Rudolf McLeod, oficial del Ejército holandés, de descendencia escocesa, prestando servicio en Indonesia busca joven novia para casarse y vivir en el exterior”. Esperanzada en liberarse de la tristeza y la crueldad que vivía en el internado, pondría toda su ilusión en aquella solicitud. 

MacLeod tenía 20 años más y pésimo carácter. Margaretha Geertruida Zelle —también llamada Grietje— (Leeuwarden, Países Bajos; agosto 7, 1876) era joven, alegre, bella y amorosa. Su marido llevaba una viciosa vida, acarreando desgracia y tristeza al amargo hogar. El militar contrajo sífilis, contagiándola a ella y a los dos vástagos del matrimonio, Norman John, muerto a la edad de dos años por intoxicación con Mercurio —remedio para tratar la dolencia— y Jeanne Louise.

Tras la dolorosa pérdida, Rudolf la maltrataría sicológica y físicamente. Sin éxito esperaría un cambio en su vida, entregándose a un nuevo credo en la isla: la cultura javanesa y su exótica danza. 

Podría decirse que tal actividad estimuló la recuperación de su autoestima —pisoteada por su padre y luego por su marido—, la liberación que fluía apasionadamente de la danza brahmánica, lograría resucitar la fuerza de aquella voz muerta. Gracias al encuentro consigo misma, pudo rescatarse de aquel naufragio de la vida.

De vuelta en Holanda, la pareja se separó legalmente el 30 de agosto de 1902, en 1906 se celebró el juicio de divorcio y pese a tener inicialmente la custodia de su hija, su marido la apartó de ella, argumentando que era una mujer de dudosa moralidad. Tal desolación ayudaría a emerger a una nueva mujer; que tendría el poder de hablar y decidir por sí misma: ella era Mata Hari.

Pese a su fama de gran amante, instruida en las artes del kamasutra, su corazón parecía distante. Se divertía pero jamás se enamoraba, sabiendo que ello la conduciría a la perdición, privándose así de su naturaleza amorosa, convirtiéndose en la “femme fatale”, su cruel reinvención.

Los años no perdonarían todo el reprimido sufrimiento y su verdad afloraría sobre su piel, su figura se desdibujaba. Para el año 1915, su romance con la danza javanesa tocaba a su fin, empezando a sobrevivir como cortesana.

En 1916, se enamoró perdidamente de Vadim Maslov, militar del Ejército ruso al servicio de Francia, herido en combate y allá iría corriendo Mata Hari a verse con la muerte solo para aliviarlo. Solicitaría un visado para poder entrar en zona de guerra. No obstante, el problema surgiría después.

Estando en Berlín, Eugen Kraemer, el cónsul alemán en Ámsterdam (uno de sus amantes), le solicitaría información sobre el Ejército francés. Jamás imaginó que comprometería su vida a tal grado.

En París conoció a Ladoux, jefe del Servicio de Espionaje y Contraespionaje. Francia comenzaría a sospechar —o eso justificaron durante el juicio— de que era una agente doble.

La estrategia militar de los galos fue un desastre total, perdiéndose miles de vidas en las trincheras. Necesitaban buscar al chivo expiatorio perfecto. Así pues, Mata Hari quedaría como la gran traidora del siglo XX, esa que vendió a los soldados franceses a los alemanes.

Sin permitirle defenderse, fue acusada de divulgar información secreta a los germanos —como la espía H21—sobre los próximos movimientos de los franceses, a los que pasarían en el frente, ella nada había dicho. Fue condenada a muerte en julio de 1917.

El 15 de octubre de 1917 se acicaló para hacer gala de su muerte sin vergüenza ni lástima de sí misma. Rehusó a vendarse los ojos y a ser atada, no mostraría resistencia ni miedo ni pena; 12 balas cegaron su vida. Mata Hari dejaría este mundo cruel, como muchos grandes hombres de la historia no supieron hacerlo. 

* Abogada y notaria pública