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Pasma ver la manera en que se utilizan las armas en Nicaragua. Si tuviéramos que buscar cuántas armas hay en el país, resultaría sorprendente la cantidad de unidades por metro cuadrado que con licencia o sin licencia están ahí, listas para su uso. Y se utilizan de la misma manera que se acusa, que se insulta y que se dice con total libertad y sin pruebas quién es o no culpable de un delito, de una infamia o una mentira.

La misma falta de rigor que hay en el empleo de las armas, existe en la utilización de la palabra. Políticos, obispos y procuradores (como el que el otro día daba una conferencia de prensa luciendo un aparatoso vendaje), todos diciendo, todos denunciando. Un sinfín de rumores, de fuentes ocultas, señalan con el dedo, hablan y nombran hasta los apellidos. Y no ocurre nada, o casi nada con quien denuncia o dispara.

En Nicaragua es tan fácil difamar y acusar como matar. Todavía andan sueltos asesinos hasta de periodistas. Todavía andan sueltos muchos amparados por una ley que se vuelve flexible cuando interesa, cuando huele a pactos de una naturaleza puramente maligna.

En nuestros barrios también ocurre lo mismo. He pasado muchas noches antes de dormirme con el ruido lejano de unos balazos a los que todo mundo parece acostumbrado. Si preguntan en las salas de emergencia de los hospitales, verán cuántos heridos por bala acuden los fines de semana. En un país en el que hubo guerra, es fácil según dicen que haya armas.

Yo recuerdo, en casa de mi padre, que había un revólver, guardado en una carpeta de documentos. Él no tenía licencia, pero mis hermanos y yo sabíamos dónde estaba el arma, y a veces, cuando él no estaba, nos íbamos a verla, a tocarla, contábamos las balas, y nos divertía pensar que la cargábamos. Se imaginan que hubiéramos ido a más. Estaba ahí, contenía en sí misma el peligro, era el miedo. Y jugábamos cerca de ella.

A mí, al menos, que odio las armas, porque las he visto algunas veces en manos de un hombre que duda, y que llora, y que recuerda, también me producen nervios y silencio. Sé bien que el daño no lo ocasiona el arma sino quien la dispara, la intención del que dispara, sea en ofensa o en defensa propia, pero también he visto lo fácil que es llegar a decidir en una décima de segundo que uno tiene el derecho de quitarle la vida a otro si le está robando una propiedad. Y eso es lo que da escalofríos. Un hombre o una mujer con un arma en la mano es el juego mortal del poder. Por eso es tan triste que haya armas campando por doquier en nuestra Nicaragua. Debería hacerse un limpiado de estas armas sin licencia que producen tantos muertos y heridos. Sería trabajo enorme para la Policía.

Y entre ellos, los más inocentes, los que caen por una bala perdida, en una disputa que ni siquiera iba con ellos. Cuántas balas perdidas han dejado sin vida a tanta gente en nuestros barrios. En un país armado como Nicaragua no puede haber paz si hay tanto fuego al alcance. El mismo Presidente, de ahora y de antes, juegan con las pocas armas que posee, como los misiles SAM 7, y tan pronto los cambian a los norteamericanos por ayuda para hospitales, cómo se imaginan una invasión de Colombia para justificar la conservación de los SAM 7. ¿Ven la sinrazón que produce la posesión de las armas?
El hecho de tener un arma al alcance dificulta cualquier solución pacífica. Vean lo que costó en Nicaragua. Vean lo que cuesta que Israel se entienda con el otro lado de su espejo en Palestina. Vean lo que costó el fin de la Guerra Fría. Vean lo que cuesta en Colombia, con la guerra más vieja del mundo. Vean lo que nos cuesta entendernos si sé que de un momento a otro me podés apuntar con un fusil. Los escudos de misiles que Bush estaba planeando eran pensados para un mundo en guerra. El mundo que él pensó tenía que estar en guerra, como el que piensan los fabricantes de armas que se hacen millonarios. Quien es capaz de inventar un engendro atroz como una mina antipersona, no puede pensar en la paz.

Por eso es que odio, y seguiré odiando las armas, porque nos quitan la posibilidad de poder entendernos con las palabras, porque nos quitan las palabras, o peor aún, porque las envenenan, porque las palabras y las armas no hacen buena mezcla. Porque hasta las palabras se corrompen, se hacen de mentiras, y se vuelven más peligrosas, o casi tanto, como las balas. Porque tenían razón las abuelas, cuando decían que estaban ahí para que las cargue el diablo.

Yo recuerdo a un hombre que se encerró en un cuarto, tomó un arma en una mano, y miró hacia abajo, dudando, con lágrimas. Fueron los momentos más largos de su vida. Podía disparar contra lo más valioso que tenía. Luego, volvió a esconder el revólver y lo hizo desaparecer. Cuando el hombre reapareció, muy pocos sabían que había vuelto del infierno, sin un rasguño.


franciscosancho@hotmail.com