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El conocimiento más ínfimo de Rubén Darío —existente en Nicaragua hasta los años sesenta— fue el apócrifo de las cantinas, donde al poeta se le vulgarizaba o vulgareaba. Porque era totalmente ajeno a la obra y a la personalidad del liróforo celeste, resultando exclusiva obra de la imaginación de nuestros anónimos picaditos o bazuqueros. En el fondo, ellos aspiraban a incluir a Darío entre sus ilustres antecesores. 

Y es que la leyenda alcohólica de Darío se oculta en estos ejercicios de versificación que casi todo nicaragüense no puede reprimir. Si a ello agregamos la dimensión de Darío como mayor héroe civil y cultural del país, tendríamos una explicación del producto folclórico que deseo ejemplificar, aprovechando comunicaciones de varios amigos, como un mal poeta de apellido Hooker, perteneciente a la “generación” que se traicionó a sí misma. Ya Luis Alberto Cabrales, en los mismos años sesenta, había elaborado un ensayo sobre el tema que consulté para no repetir los textos que transcribe.

Los “míos” oscilan entre la afirmación del orgullo patrio (frente a los españoles) y la ocurrencia ingeniosa, más el uso efectivo de la rima consonante. El primer ejemplo es la cuarteta sustentada en la siguiente imaginaria anécdota de los bazuqueros rivenses. Hallándose Rubén en la hermana república del sur, unos “colegas” de tragos y versos le pidieron improvisar un brindis con una copa llena de agua en vez de licor. Pero el poeta, advirtiendo el truco, se salió con la suya a través de estos octosílabos: “Ya que la musa me pica / y me dan en la copa agua / brindo yo por Costa Rica / en nombre de Nicaragua”.

Otra “improvisación”, apócrifa como todas estas composiciones, tiene de escenario la Madre Patria. “Allá en las márgenes del Tejo”, afirmaba en una cantina un borrachito de Boaco que comenzó a declamar Darío. “Tajo”, le corrigió un muchacho del público, por lo cual el inspirado vate tuvo que repetir estos dudosos versos: “Allá en las márgenes del Tejo / una desnuda criatura / se paseaba luciendo su figura / sobre una luna / de brillantes espajos. / Ya ves, gran jota-abajo, / que es Tejo y  no Tajo”.

Pero la mayoría de esas humoradas, en las cuales Darío era concebido como un personaje similar al “Quevedo” de nuestros relatos callejeros e infantiles, también poseían una ostensible connotación sexual. He aquí una consistente en el diálogo entre un supuesto Darío quinceañero que detiene a una campesina, a la salida de León, y le espeta en versos de cinco sílabas: “De dónde vienes, / para dónde vas: / no hay más remedio, / aquí me lo das”. Y ella no se queda atrás: “De arriba vengo, / para abajo voy, / no hay más remedio: / aquí te lo doy”.

Mas aún: el profesor Rafael Carrillo Díaz me comunicó una composición cropológica que ficticiamente tuvo su lugar, es claro, en una cantina, esta vez de Masaya. Mientras libaba con Rubén Darío, un bolo improvisó: “Yo que para poeta no nací / y echo mis versos a la izquierda, / brindo porque coman mierda / todos los que están aquí”. Y Darío cerró con “broche de oro”, contestándole: “Usted que para poeta no nació / y echa sus versos a la izquierda / brindo para que coma mierda / por la gran puta que lo parió”. 

Por su lado, Hooker me recitó otra composición cropológica —escuchada entre sus amigos bazuqueros de Managua— en la que figuraban notables personalidades españolas del siglo diecinueve: “Me cago en Prim y en Topete / en Serrano y Castelar / y en todo peninsular / de Madrid a Albacete. / Me cago en el Guadalete / y en toda la gente guapa / que del registro se escapa / y para hacerlo en conjunto / me cagaré hasta en el punto / que ocupa España en el mapa”.

Evidentemente, el Rubén de nuestros ebrios consuetudinarios pertenecía al fenómeno de la miticidad dariana —en la cual tanto ha insistido Nicasio Urbina— que identifica a Darío con un vulgar improvisador y aficionado a la bebida. En fin, todos estos ejemplos —como señaló oportunamente Ricardo Llopesa— “tienen más relación con la picaresca soez que con la poesía”. Mas no podrían desterrarse del imaginario popular ni siquiera con una permanente lectura de la obra dariana iniciada desde las aulas escolares.