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Las primeras semanas de clase se amontonan en la memoria como las golondrinas en los cables de luz. Recuerdo el primer día. Ese día tenía el peso y la fuerza de una aventura en la selva, un viaje intergaláctico o un descenso a las profundidades marinas. Todo era sueño, ilusión, expectativas. Una semana antes, mis padres habían comprado los libros que no me cansaba de revisar, forrar y escribir con la letra más bonita posible –un imposible en ese tiempo- mi nombre.

Contemplaba los uniformes con el hilván enorme que mi madre recomendaba a la costurera, para que me durara mucho tiempo porque estaba creciendo, los zapatos de cuero lustroso, la enagua, y el sostén, que era la prenda más respetable en ese momento porque significaba que ya era grande, y a la que añadía a escondidas algodones de relleno para presumir.

Contaba las horas que faltaban para el primer día, y una noche antes, ansiosa y abrumada, rumiaba sobre quiénes serían mis profesores, cómo me llevaría con esos seres tan temibles a los que les habían dado la autoridad para salvarme o condenarme; entonces, comenzaba mi descenso al infierno, a sopesar que dejaba las vacaciones, los días larguísimos en donde leíamos, jugábamos e inventábamos romances imaginarios con galanes que ni siquiera se enteraban de que existíamos, en una especie de pugilato intelectual con mis amigas de barrio, estimuladas por las telenovelas y un cóctel tóxico entre “Cumandá” de Juan León Mera y “María” de Jorge Isaacs.

Armada hasta los dientes con sueños y temores, llegaba al gran día. Me levantaba a la madrugada, y como un duende, recorría la casa buscando un lugar real en donde asirme frente a la crucial aventura en la que dejaría de ser yo para convertirme en un número más, en parte del montón.

La ilusión se disipaba, cargaba el primer día con el terror del condenado que va a la silla eléctrica. Sucumbía a mi destino, a los inacabables discursos de las autoridades, mientras los zapatos nuevos de cientos de adolescentes estoicas, hacían notar su existencia. Luego el rito de adivinar cómo era cada profesor, quién era el “veneno”, quién el “papá corazón”. Observar que había profesores que vibraban con la cátedra hasta encendernos; y, otros que estaban allí porque sí, por el azar o porque no sabían qué hacer con sus vidas.

Pero la recompensa se escondía como la miel en un panal: las compañeras, cómplices de diabluras con las que formábamos ruedos infantiles, en los que cada una presumía del mejor cuento en el que las protagonistas éramos nosotras y muchachos parecidos (en su mejor momento) a Paul Newman o Robert Redford. Saboreábamos el prestigio de estar en un curso superior frente a las abobadas niñas de cursos inferiores, a las que mirábamos con miradas de perdonavidas, mientras con tonos doctorales aconsejábamos sobre profesores y materias. Los sobrenombres que inventábamos para los desprevenidos profesores, que nunca sospecharon sus verdaderos apelativos, esas armas secretas con las que a escondidas nos vengábamos de supuestos o reales agravios.

Luego del cataclismo del primero, los demás días tenían las mismas caras, algunas certezas, hasta que todo se tornaba rutina; entonces, cada lunes era una amenaza latente, un siniestro predecible que quería conjurar soñando despierta o dormida, rogando por todos los santos, que estallara un avión, que hubiera un terremoto, alguna conflagración bélica; solo para que un delgado y popular locutor de televisión de ojos azules y labios amplísimos, anunciara estentóreamente: “Por motivos de fuerza mayor no hay clase en todos los planteles…” 

(*La autora es escritora y embajadora del Ecuador. Su último libro publicado se titula “Con (textos) fugaces”.) 

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