Augusto Zamora R.*
  •   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Donald Trump está tan empecinado en construir un muro con México (más exacto: terminar los muros que hay), que debería cambiar su apellido. Llamarse Donald Wall.

Para ser justos, no es el primer ‘murallista’. Tampoco será el último. Las primeras vallas se levantaron en 1991. En 1993, la “Operación Guardián”, las extendió más.

Trump dice querer un “muro de verdad”. Cabría pensar que, en su obsesión racista, ‘su’ muro debe imitar el levantado por Israel contra Palestina o ser símil de la muralla china.

Al tiempo, EE. UU. expresa preocupación por la creciente presencia de Rusia y China en Latinoamérica, que va en desmedro –ya era hora- de su anacrónica influencia.

El caso amerita siquiatra. EE. UU. quiere un muro impenetrable que separe su ‘sociedad perfecta’ de los pútridos vecinos; pero quiere que esos pútridos vecinos rechacen a países que ofrecen nuevas y provechosas relaciones.

Lo cierto es que, excepción hecha de gobiernos sátrapas, ya ni las rancias y fétidas oligarquías latinoamericanas quieren seguir la senda del borreguismo con EE. UU.

El presidente argentino, el derechista Mauricio Macri, acaba de hacer una visita oficial a Rusia, buscando fortalecer relaciones, negocios y, claro, atraer inversiones para el país.

Tras la decisión de Trump, de revisar a la baja el tratado de libre comercio, México ha puesto sus ojos en China, cuyo mercado cuadruplica el potencial que ofrece EE. UU.

El mundo ha cambiado, pero en EE. UU. no se dan por enterados. Que sigan dormidos. Nosotros ganamos.

az.sinveniracuento@gmail.com

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus