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Hace tres años —el 16 de abril de 2006— falleció Lizandro Chávez Alfaro y al día siguiente asistí a su sepelio en el Cementerio General de Managua, donde yacen sus restos dentro de la cripta de su familia. Poco tiempo atrás, el jueves 29 de diciembre de 2005, en su casa de habitación, Lizandro recibió el diploma que lo acreditaba como Miembro Honorario de la Academia Nicaragüense de la Lengua. Con ello se reconocía la totalidad de su obra literaria: novela, narra­ción breve, ensayo. Chávez Alfaro fue el primero de nuestros narradores de los años 60 en trascender fuera de Nicaragua, cuando obtuvo en 1963 el Premio “Casa de las Américas”, rama de cuentos, con su libro Los monos de San Telmo.

En 1968 su primera novela, Trágame tierra (México, 1969), ha­bía sido finalista del premio “Seix Barral” de Barcelona; con ella, incorporó a su país a la corriente del boom latinoamericano; tuvo cinco ediciones y fue traducida al italiano. Su segunda novela, Balsa de serpientes (1976) —ambientada en el Distrito Federal de México—, es una metáfora mítica de la alienación; y con la tercera, Columpio al aire (1999), reivindica la historia e identidad de la región caribeña de Nicaragua.

Los monos de San Telmo, acaso lo mejor de su maestría y volun­tad creadoras, significó una ruptura con la tradición narrativa de Centroamérica. Asimilando influencias cosmopolitas, sobre todo de habla inglesa (Styron, Golding, Baldwin, Salinger, entre otros), tras­mitió un sentido moderno de la problemática humana, fundiendo imaginación y denuncia, filigrana en la prosa y crítica social, ade­más de conciliar la función concientizadora y la idea kafkiana del absurdo. En sus otros libros de cuentos, Trece veces nunca (1977) y Vino de carne y hierro (1993), logró más profundidad psicológica y despliegue de recursos.

Chávez Alfaro no poseía riquezas materiales ni poder político. Pero sí —y más que suficientemente— el Poder de la Palabra y la Riqueza de la Inteligencia ilustrada. Fabulador de hechos y prodi­gios, optó por los vencidos de la tierra y habló en nombre de los humillados de la región donde dejó el ombligo. Había nacido en Bluefields el 25 de octubre de 1929, de Belarmino Chávez, de Juigal­pa, quien se estableció en Bluefields como Administrador de Rentas; y Ramona Alfaro, de Pueblo Nuevo, Estelí. Era un costeño mestizo y, particularmente, blufilense.

En Bluefields se crió y estudió. Tuvo de maestras en la Escuela Morava a las señoritas Blenda Knudsen y Elsie Imgram. Sus compa­ñeros de clases eran alemanes, chinos, ingleses, árabes y estadouni­denses. Su maestro fuera del aula fue el poeta de Masaya, abogado y músico Santos Cermeño (1903-1981), quien le promovió una ex­posición pictórica —pues Lizandro oscilaba entre dos vocaciones: la poesía y la pintura— en Managua, mientras laboraba como em­pleado de la Dirección General de Aduanas. El evento tuvo lugar en el Liceo “Lola Soriano” y le hizo ganarse una beca del Ministerio de Educación Pública para estudiar artes plásticas en la Academia de San Car­los, México.

En el Distrito Federal trabajó para la Editorial Novaro. Fue también traductor del inglés, pintor de estructuras y máquinas en una fábrica de fertilizantes y auxiliar de Director de escena en el Ballet Nacional de México; ejerciendo ese cargo, recorrió Cuba en 1960. Pasó a laborar en una publicidad y, tras una estadía como locu­tor en Jalapa, Veracruz, se trasladó a dirigir la Editorial Universitaria Centroamericana (Educa) en San José, Costa Rica.

En 1979 fue nombrado Director de Fomento del Arte del Minis­terio de Cultura en Managua. Posteriormente, asumió la dirección de la Biblioteca Nacional, se desempeñó como embajador de Nicaragua en Hungría y editó la revista Universidad de la UNAN-Managua. El 3 de febrero de 1996, mientras hacía yoggind en los alrededo­res de su casa, fue embestido por un automovilista (alumno de uno de sus cursillos de narrativa en la UCA) que lo dejó en grave esta­do. Seis meses permanecería inconsciente. Recién había regresado de Alemania, donde una fundación lo mantuvo viviendo medio año en la Casa de Henrich Boll, en Krazan, al lado de un selecto grupo de autores procedentes de Argelia y Sarajevo; tiempo que aprovechó para escribir el primer borrador de Columpio al aire.

Diez años después fallecía dejando una novela inédita: Balcón marino, cuyo manuscrito conserva la escritora y su crítica por excelencia Isolda Rodríguez Rosales. Otro aporte suyo digno de registrarse es la compilación selectiva de la obra Solo en la compañía (1982), de Manolo Cuadra (1907-1957), de quien trazara un “Perfil de nuestro mayor narrador”. Chávez Alfaro indagó en sus raíces mesoamericanas y modeló, forjándola con lucidez, su escritura. Era un orfebre de la pluma. De férreo carácter, se distinguió por su altiva dignidad. Su vida estu­vo signada por la tragedia. Muy joven perdió a su hermano piloto, Adolfo, en un accidente aéreo. Engendró dos hijos con su esposa mexicana, Evangelina Villalón: Adolfo, residente en Australia; y Ga­briel, fallecido a los 3 años, ahogado en un balneario del Pacífico.

Desde diciembre del año pasado he permanecido inmerso en compilar selectivamente estudios que de esta región —denominada Mosquitia en los siglos XVII y XVIII, y Reserva Mosquita en el XIX— han aportado antropólogos, arqueólogos, geógrafos, historiadores, lingüistas y religiosos. Y la presencia de Lizandro es ineludible. Realmente él fue, si no el mayor intelectual orgánico, uno de los más representativos de la Costa. En 1982 colaboramos en el número monográfico de la revista Nicarahuac: “La Costa Atlántica de Nicaragua”, para la cual preparó una magnífica introducción que no se publicó. Por cierto, la guardé entre mis papeles y ahora iniciará la compilación que editaré muy pronto. El siguiente epígrafe, tomado de Columpio al aire, la precede:
“En Caribea ecuménica se yergue este lugar, Bluefields, que siempre ha existido, a veces más cerca de Kingston y de New Orleans que de Managua, pero siempre incontenible, como palpitación en el costado oriental de un país que se re­húsa a verlo. En Caribea no hay altares de barro o de piedra; no hay nacatamales; las raíces comestibles son otras; no hay afición a la pólvora estruendosa, sino a otras músicas. No hay maíz ritual, pero hay casave y ñame y coco lechoso y wari y ostiones y fruta de pan y lluvia caída y langostas captura­das en fosas marinas.

En su propia sustancia, Caribea vivirá por los siglos de los siglos. Ella y su circunstancia derramada sobre sus ha­bitantes y venidos de aquí y de allá, arrebatados por torvas vidas y muertes, exaltados por nobilísimas pasiones de insur­gencia, Caribea convulsa y eterna. Bluefields perpetuo.”