Orlando López-Selva
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El Secretario de Estado norteamericano Rex Tillerson inició una gira por cinco países del hemisferio. 

¿Qué está buscando la diplomacia republicana en México, Jamaica, Colombia, Argentina, Perú? 

Mi punto. La visita de Tillerson es más un desafío para Washington que para Latinoamérica. Existe divergencia de percepciones en cuanto a los peligros anunciados y el cómo vemos los temas acá. Nuestros países, aunque ideológicamente difieran, convergen en ciertos puntos donde las actitudes estadounidenses son poco comprensivas, y a veces desdeñosas. 

Obviamente, Estados Unidos busca promover sus intereses en  la región. Pero solo cabemos bajo su paraguas global. No nos tratan bilateralmente; salvo a México, un mayor socio comercial e inamovible vecino. 

Por lo visto, el Departamento de Estado reveló su gran propósito: abordar con sus socios la seguridad en el hemisferio. (Léase: hablar del expansionismo ruso y chino).  

Verdaderamente, no es que Estados Unidos no encuentre eco. Sino que, dada la postura del presidente Trump, nuestros países abordan estos asuntos con mucha sensibilidad. 

En primer lugar, la cuestión de la influencia rusa y china en la región tiene diferentes lecturas. Independiente de la ideología de los estados, esos países están en el mercado mundial. Nuestros países no producen todo. Y no están impedidos de comerciar o establecer convenios con cualquier nación. 

China es la segunda potencia económica global. Y comercia con quien quiera porque produce todo, compra todo. Es un avasallador coloso tecnológico. ¿Washington no comercia con China? No hay que extrañarse que Beijing sea socio comercial primordial de Brasil, México, Argentina, Chile, Perú, Costa Rica, Panamá. (¡Paradójicamente, Nicaragua, de izquierda, tiene más comercio con Taiwán que con su par socialista). Y Beijing, hasta hoy, solo tiene una base militar en Djibouti, cuerno africano. ¡Así se comportan las potencias! 

Rusia es la octava potencia económica planetaria. Y aunque de poder tecnológico menor que China (salvo en lo militar y espacial) produce bienes y servicios. Es cierto, el papel de Rusia ―bajo la ya prolongada estada de Putin en el poder― suscita suspicacias e inquietudes. En particular, porque Rusia sigue manteniendo cierta presencia militar en Cuba (¿Y Guantánamo?). Además, Moscú ha vendido armas a Venezuela, Ecuador, Nicaragua, Bolivia. En el siglo pasado le vendió a Perú, ―país no alineado ideológicamente. 

Pero Estados Unidos tiene la razón. ¿Por qué? A Moscú no le gusta cuando Washington se inmiscuye en los conflictos de los países Este-europeos fronterizos con la Federación Rusa. 

Por otra parte, estas alianzas son errores costosos para ambas potencias. Mientras China ha crecido enfocándose en lo comercial y tecnológico, y buscado socios grandes y chicos,  Moscú se empeña en buscarse aliados oscuros, manejados por dictadorzuelos diatriberos que se proclaman imprescindibles y odian a Occidente. Encima, hay que subsidiarlos  económicamente. Y defendiéndolos. Nada rentable. 

Washington hizo lo mismo el siglo pasado. Sus socios latinoamericanos eran generales ventrudos y arteros. [Moraleja: en política internacional: primero hay que desarrollarse económica y tecnológicamente. Nadie lo puede cuestionar o frenar. Pero seguir la vía militar es camino equivocado].

No obstante, hay algo bueno para Washington. Chile, con el triunfo de Piñera, se convierte en seguro aliado. Y lo son los países grandes: México, Colombia, Perú y Argentina (Brasil no cuenta, momentáneamente, por su calendario electoral). Tampoco cuentan los  países pequeños. ¡Wrong policy! Todos suman. 

Y en cuanto a Venezuela, hay dos posturas claras, pero no totalmente reñidas. Solo los países del Alba mueren por defender al gobierno de Maduro. Y esa es la gran debilidad de estos regímenes. No separan los temas. Todo lo meten en el mismo costal. Defienden únicamente el poder absoluto, sin importar derechos humanos, democracia, economía. Y por ello nunca encuentran aliados a su causa más allá de sus clubes ideológicos. 

La otra postura: la del “Club de Lima” (países que visita Tillerson) coinciden en que prevalezcan los valores democráticos en Venezuela; pero se oponen, rotundamente, a acciones armadas. Acá la política latinoamericana diverge con Washington, en razón del abordaje y enfoque del asunto.

Por otro lado, la posición intolerante de los republicanos y su muro, nunca encontrará eco en estos países, aunque sean aliados.

En resumen, Tillerson viene con una agenda marcada. Y claro que encontrará apoyo entre sus socios. Pero no cómo  Washington lo espera de la región.

No se puede pedir mucho a quienes se ve de menos. Ni se les puede impedir a los que opten por recetas poco degustables para Washington, cuando busquen alianzas comerciales en otros lares. 

El desdén y abandono a los vecinos también tiene efectos.