Jorge Isaac Bautista Lara
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Para valorar y ver las situaciones en exacta dimensión es obligatorio verlas  por el final; por las consecuencias que este hecho, de seguirse, acarrearía en sus resultados. De esta manera es de utilidad ver a la Unión Europea con 400 millones de personas, donde los nacimientos son cada vez más escasos y, en sus proyecciones en 50 años se condenó a una reducción de 240 millones.

Ver el envejecimiento brutal de  Japón donde sus jóvenes no desean tener más hijos; igual Suecia y países nórdicos. En China (1,360 millones de habitantes), el control de la natalidad obligó al aborto a las mujeres, así como a seleccionar en las parejas el nacimiento del hijo varón con 3 consecuencias; síndrome del hijo único, envejecimiento de población, y desajuste de más de 36 millones de hombres; condenados a no tener pareja en la vida. Hoy se permiten más hijos; acicalado por otra realidad; India, no ha limitado los nacimientos y su juventud (fuente de creatividad y desarrollo), es tan amplia que en poco su población (mayoritariamente joven), superará a China y en consecuencia; le superará en poder productivo y creativo, y solo tendría unos pocos años en el futuro para ser la mayor potencia del mundo, y ser desplazado por India. Son costos que se pagarán por varias generaciones por craso errores (error sin disculpa).

Hoy en estas sociedades el parto se vuelve una añoranza; tesoro y milagro inapreciable. El caso de Nicaragua; existe un esfuerzo innegable por la atención institucional en las consultas prenatales que supera la media mesoamericana, pero esto no  ha tenido su equivalente eslabonamiento al momento del parto. Y las parturienta mujer que está en ese trabajo de su cuerpo y espíritu  por dar a luz un hijo, o bien cuando acaba de tenerlo), lo están sufriendo. Una labor  cruda y de exigencia física y emocional hasta el agotamiento; cada vez es más inhóspita en el país; el clima, propaganda y cultura que se construye, se está tornando más hostil con el tiempo. ¿Qué está pasando en los hospitales, y con nosotros mismos, con la atención de nuestras mujeres embarazadas? Su camino se ha transformado en un Calvario; en el camino de un Cristo llevando a un hijo en su vientre: tardanza en su atención (poco personal para la demanda), falta de medicamento y del medicamento que se requiere (el familiar tiene que buscarlo), incomodidad de locales, sillas duras, dejan en manos de estudiantes el paciente (no está mal que ayuden y aprendan pero ¿y el especialista?), confunden expedientes, falta de aseo en los servicios, infecciones frecuentes de las madres, mucho maltrato verbal y físico a las madres adolescentes; se les deja por más tiempo con el dolor, a propósito, para que “no lo vuelvan a hacer” “para que no lo olviden” “¿y no te dolió cuando lo hiciste?”; es decir el recurrir al sufrimiento como método “educador”.

Esto trae como consecuencia que la madre joven no desee otro hijo más, para no repetir el calvario. Casos en los que la misma tardanza y descuido, dan con el preocupante dato frecuente de la extracción del útero de jóvenes por “problemas” en el parto; muerte del recién nacido por impericia en la atención, están en el absoluto silencio. Se reporta “producto muerto” y asunto resuelto. Existe un error en pensar que el mayor dolor de una madre es en el parto: es la muerte del hijo durante el parto. Hemos vuelto común la negligencia. Y la culpa es de todos nosotros.

Maltratamos la maternidad desde el hogar, trabajo, vida pública…hasta el mismo momento del parto. Maldecimos la maternidad. Juan Pablo II ha dicho “…un niño concebido es siempre una invitación a vivir y esperar”, y que “ante la cultura de la muerte… contra la vida… que nunca desfallezca en compromiso de defenderla en cada una de sus fases”. La mujer protege a su bebé desde su vientre ante tanta vulnerabilidad y… ¿Quién la protege a ella en el parto? Si una mujer “da a luz” entonces seamos soldados de vida, de luz, en torno a cualquier mujer embarazada, para cuidarlas como tesoros; desde el servicio como profesionales de la medicina en los hospitales, en los espacios públicos, puesto público y privacidad del hogar. Nuestra libertad no puede llevar la anulación o sufrimiento de quienes traen la vida del que nace. Sufrimos un retroceso moral como sociedad y como humanidad. El proceso del nacimiento se construye con paciencia y fuerza de voluntad; nos está faltando. Lo contrario al mal es el bien; y lo contrario al dolor es la vida. Salgamos al paso y aliviemos el calvario de las parturientas: seres de luz y vida.