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Hace 85 años acaecería un evento que resultó crucial para la historia: el 30 de enero de 1933, Adolf Hitler fue nombrado canciller imperial de Alemania. Un político de 43 años, carente del apoyo de la mitad de la población consiguió en tiempo récord establecer una dictadura y proyectar internacionalmente al país, finiquitando el sistema parlamentario.

Su carrera política empezó en 1919, al afiliarse al Partido Obrero Alemán (precursor del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP) o Partido Nazi). Bastaron dos años al joven político para convertirse en el autoritario líder de la organización. 

En un intento de golpe de Estado originado en una cervecería de Múnich en noviembre de 1923, cuyo objetivo era controlar el gobierno local, marchar hacia Berlín y derrocar el gobierno federal, Hitler fue condenado a 5 años de prisión por traición; 9 meses después salió en libertad.

Su propaganda, basada en la idea de la opresión y humillación del pueblo alemán, subrayaba el carácter único de la nación alemana y la necesidad de la “unión” del país, refiriéndose a las “tierras ancestrales” perdidas por las condiciones del Tratado de Versalles, firmado en 1919 tras la Primera Guerra Mundial. Alemania pagó enormes indemnizaciones económicas, mermando su capacidad para aumentar el poderío militar.

Intentaba ganarse las simpatías de todos los estratos de la sociedad, enfatizándose en los habitantes de las zonas rurales. En tanto en las ciudades, creaba un núcleo en casi todas las grandes fábricas. 

En sus discursos ante el pueblo, Hitler prometía destruir a los capitalistas; mientras aseguraba a los hombres de negocios mantener el capitalismo, facilitándoles importantes contratos estatales y mano de obra sin derechos prestada por presos políticos. Su retórica difería totalmente entre una clase y otra, acomodándola a su conveniencia.

La crisis económica de 1929-1933 hundió al país en el caos político. Los líderes llegados  al poder, incapaces de controlar el desempleo y la pobreza se veían obligados a dimitir. La situación se tornaba más compleja por la división de las fuerzas izquierdistas: el Partido Socialdemócrata (SPD) y el Partido Comunista (KPD) estaban férreamente confrontados.

Nació en el Imperio austrohúngaro (actual Austria), no tenía posibilidad de votar y ser elegido; en abril de 1925, Hitler rechazó su pasaporte austríaco y durante siete años intentó obtener la ciudadanía alemana. El 25 de febrero de 1932, el ministro del Interior del Estado Libre de Brunswick, Dietrich Klagges, miembro del NSDAP, lo nombró funcionario de la delegación de Brunswick en el Reichsrat en Berlín, convirtiéndolo en ciudadano alemán.

Franz von Papen, excanciller de Alemania, en enero de 1933, persuadió al presidente Paul von Hindenburg de nombrar a Hitler canciller. Hindenburg no confiaba en él. Supuestamente aceptó su candidatura ante la promesa de Papen de contener su agresivo espíritu. Papen sería vicecanciller en el futuro gobierno de coalición liderado por Hitler, en el cual los miembros del NSDAP obtuvieron solo dos cargos ministeriales. 

El 30 de enero de 1933 prometió trabajar para el “renacimiento de la nación alemana”. El mismo día anunciaba el curso hacia la “limpieza racial” de la sociedad, que suponía la discriminación de los pueblos no arios, empezando por judíos, gitanos y “naciones inferiores”.

El 1 de febrero, Hindenburg le autorizó para convocar anticipadamente elecciones parlamentarias. Para desacreditar a las fuerzas izquierdistas, las Sturmabteilung (organización tipo milicia del NSDAP) provocaron un incendio en el Reichstag, inculpando al comunista neerlandés Marins van der Lubbe.

Comenzó masivas represiones contra la izquierda. El 5 de marzo, el NSDAP obtuvo el 43.9% de los votos. En la coalición con los conservadores los nazis tenían más del 50% de los ministerios. En agosto de 1933, estableció un sistema unipartidista. El 28 de febrero de 1934 prohibió la actividad del KPD y el 22 de junio, del SPD. 

La construcción del Estado nazi finalizó con la muerte de Hindenburg. El 2 de agosto de ese mismo año, vía decreto, Hitler unificó los cargos de presidente y de jefe del Gobierno, liquidando de hecho, si bien no de iure, la República de Weimar, dando paso a la Alemania nazi.

En opinión de los expertos, uno de los factores cruciales en el ascenso de Hitler fue  que todas las fuerzas políticas subestimaron sus posibilidades, además de la neutral postura de Estados Unidos y las contradicciones entre las capitales europeas y la URSS. “Al líder del NSDAP no lo tomaban en serio, pensando que a cambio de concesiones se le podría usar para los objetivos de otros”. 

¡Craso error que habría de engendrar uno de los episodios más infaustos de la historia! 

* Diplomático, jurista y politólogo.