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Entre nuestros intelectuales de izquierda, dos han sobresalido en las faenas del periodismo escrito, manteniéndose hasta hoy en la brecha. Me refiero a Luis Sánchez Sancho —ya septuagenario— y a Onofre Guevara López, quien mañana 11 de febrero cumplirá 88 años. De extracción social obrera e iniciales oficios artesanales (el primero en la industria de la construcción y el segundo en la zapatería), se destacaron como militantes del Partido Socialista Nicaragüense, editaron el semanario Orientación Popular y sostuvieron estrechas relaciones internacionales con el poder soviético y, Onofre, sobre todo, con la Cuba de Fidel en momentos significativos.

Ambos estudiaron en el Instituto Internacional del Marxismo-Leninismo de Moscú. Luis de 1962 a 1964 y Onofre entre 1965 y 1966. Pero la vinculación entrañable de Onofre con la Perla de las Antillas se remonta a la cultura musical y deportiva de la Isla durante los años 30 y 40. Así evoca primero los ritmos cubiches —danzón, guaracha, rumba, son y bolero— difundidos por las radios de entonces y luego el mambo y el chachachá, bailes de gran proyección internacional. Igualmente, no olvida las incidencias de las partidas de beisbol narradas por expertos locutores desde La Habana.

Naturalmente, ambos participaron desde jóvenes en la artera política criolla y recurrieron a la pluma no sin brillo y con objetivos partidarios. Luis no tanto como Onofre, pero unidos por las mismas doctrinas y los mismos ideales. Ahora Luis, desplegando otra perspectiva ideológica, acumula no pocos años de editorialista en el medio escrito hegemónico del país y Onofre colabora puntualmente en una prestigiosa revista —tanto digital como impresa— de información y análisis. Debido a la calidad y constancia de sus escritos, ambos merecen el reconocimiento de sus lectores, aunque no compartan sus opiniones. 

Yo admiro la concreta, clara prosa de Luis. Sus editoriales bien pensados, documentados y oportunos, se subordinan a las orientaciones e intereses de los dueños del diario en que labora, pero ello no implica que su deserción de la fe totalitaria no sea sincera, ni auténtica su devoción a la histórica figura y el pensamiento de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, “mártir de las libertades públicas” —como lo etiquetó, a raíz de su magnicidio, Danilo Aguirre— y declarado recientemente héroe nacional por nuestro gobierno. Pero mucho más admiro a Onofre, quien ha sido fiel a la dialéctica marxista y contribuido como nadie a desentrañar nuestra historia sindical y social por un lado y, por otro, a interpretar nuestra historia política contemporánea. 

Más aún: Luis no ha podido —o querido— dejar testimonio escrito de su trayectoria como actor político (integró con Toño Lacayo y Carlos Hurtado el equipo del gobierno electo de doña Violeta que redactó el “Protocolo de procedimiento de transferencia del mando presidencial de la República de Nicaragua”), pese a las peticiones de sus amigos. No es el caso de Onofre, autor de una autobiografía memorable: “Sea moderado tu sueño” (2002, de título cervantino) y de otros recuerdos, esta vez del desempeño de su oficio en los primeros años de su vida: “El Taller / Vidas escondidas de nuestra aldea” (2017). En prosa fluida, fresca y precisa, Onofre reconstruye toda una sociabilidad gremial que llegaría a disolverse antes del segundo terremoto de Managua en el siglo pasado. 

Por otra parte, compartiendo reivindicaciones sociopolíticas y experiencias parlamentarias (Luis llegaría a ser vicepresidente del Consejo de Estado y ambos intervinieron en la discusión y redacción de la vigente Carta Magna del 87), poseen temperamentos distintos. Luis, esencialmente serio, carece de la veta humorística de Onofre, creador de la serie cotidiana ––excepto los domingos–– “Don Procopio y doña Procopia”, difundida durante muchos años en este diario. Pero, sin ser creyentes, ambos contrajeron matrimonio eclesiástico: Onofre el primero de enero de 1951, cuarenta días antes de cumplir los 21 años; y Luis en 1967 a los 24.

En fin, como veteranos periodistas han incursionado en otros aspectos del conocimiento. Luis se ha convertido en un devoto escudriñador de la mitología grecolatina —cada sábado instruye amenamente sobre dicha temática— y Onofre ha demostrado ser un veterano cinéfilo. Uno, superando alguna adicción, ha marcado un hito como intérprete coyuntural de nuestra realidad. Y el otro —exento ya de prejuicios clasistas— ha rendido óptimos frutos escriturales que lo condujeron a merecer su incorporación a la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua. En efecto, desde el 15 de octubre de 2015 es uno de sus miembros honorarios.
 

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