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El amor es el elan vital que mueve al mundo, es el pegamento que mantiene unido el Universo, es el chorro cósmico que inunda al hombre, por el cual logra romper cuando ama la trampa de la separación, del yo escindido, para convertirse en parte de la Unidad. El amor nos hace ver al otro de la manera perfecta con que nos mira Dios.

Los humanos, seres rituales por naturaleza, hemos señalado un día para rendir culto al amor, pero del amor hablamos siempre, lo vivimos día a día como una presencia viva o como un deseo profundo de nuestro ser, de morir en lo anhelado, de disolvernos en lo disuelto, en palabras de “El libro de Baruck”.

El principio del amor genuino, incondicional, que todo lo da y nada exige, es el principio que han enseñado los grandes maestros: Jesús, Mahoma, Buda, Krisna Murthi. “Ama a tu prójimo, como a ti mismo” –pedía Jesús-. San Pablo escribe la más bella y real definición del amor con el fin de que la luz de sus palabras nos alumbre de las burdas imitaciones con que lo profana el mundo material: “El amor es paciente, -dice- es servicial; el amor no tiene envidia, no es presumido ni orgulloso; no es grosero ni egoísta; no se irrita, no toma en cuenta el mal; el amor no se alegra de la injusticia; se alegra de la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera…”

Pero no solo las grandes religiones han hablado del amor. Este, especialmente, el amor de pareja, ha sido desde la antigüedad tema incesante de poetas y filósofos, que han encontrado en él una fuente inagotable de inspiración. Demócrito reflexionaba: “El que a nadie ama, me parece que por nadie es amado”. Y Séneca aconsejaba a los amantes no correspondidos: “Si quieres ser amado, ama tú”. Hesiodo explicaba que “El amor es el arquitecto del Universo”. Y, Antífanes, entre burlón y serio, exclamaba: “Hay dos cosas que el hombre no puede ocultar: que está borracho y que está enamorado.” Confucio, muy serio, veía al amor como el destino moral del Hombre: “¿Hay un precepto que pueda guiar la acción de toda una vida?” –se pregunta-, y se responde: “Amar”.

Los escritores también hablaron de las locuras que se cometen por amor. Shakespeare decía: “El amor, como ciego que es, impide a los amantes ver las tonterías que cometen”. Y el creador de apasionantes novelas de aventuras,  Walter Scott, se burlaba de las sinrazones del corazón: “El amor y la razón son dos viajeros que nunca moran juntos en el mismo albergue. Cuando el uno llega, el otro parte”. Berthet sentenciaba: “El amor que razona es un niño que no vivirá; es demasiado inteligente”. Voltaire lo concebía como la más mortal de las enfermedades: “El amor es la más fuerte de las pasiones, porque ataca al mismo tiempo a la cabeza, al cuerpo, al corazón”.

Nietzsche y Vincent Van Gogh justifican todas las acciones del amor. El irreverente filósofo alemán dijo: “Lo que se hace por amor, estás más allá del bien o del mal”. Y van Gogh, el loco más cuerdo del arte, afirmaba en una frase genial que no ha olvidado la historia: “Todo lo que está hecho con amor, está bien hecho”.

Pero, quizá, una de las definiciones más intensas haya sido la dada por los hermanos Goncourt, quienes dijeron: “El amor es la poesía del hombre que no hace verso, la idea del hombre que no piensa y la novela del hombre que no escribe”.

Y por Fernando Rojas, cuando exclama: “Amor es un fuego escondido, una agradable llama, un sabroso veneno, una dulce amargura, una delectable dolencia, un alegre tormento, un dulce y fiera herida, una blanda muerte.”

Pero yo, humildemente, me quedo con la que creo más sensata dada por Fromm, quien escribió llanamente en “El arte de amar”: “El amor es la preocupación activa por la vida y el crecimiento de lo que amamos”.

 
La autora es escritora y embajadora del Ecuador. Su último libro publicado  se titula “Con (textos) fugaces”.