Miguel Carranza Mena
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Hay una tradición vieja griega conocida como la  “Tregua Olímpica”, o “Paz Olímpica”. Para quienes no saben de ella, esta se remonta desde las primeras olimpiadas y significa el cese de todas hostilidades entre países participantes de las competencias. 

El Comité Olímpico Internacional revivió esta tradición en 1992 y un año después la Asamblea General de las Naciones Unidas alentó a respetar esta tregua. Desde este momento  el Comité Olímpico Internacional hizo los esfuerzos considerables para que los Juegos Olímpicos se convirtiesen en un símbolo internacional de humanidad y la lucha por la paz.

“La Tregua Olímpica” vuelve a ser un tema de coyuntura, cuando la comunidad periodística y expertos discuten a diario el conflicto en la península coreana. El tema está más vigente que nunca. En la sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas del 13 de noviembre de 2017 fue aprobada la resolución que alentaba a todos los participantes de la XXIII Olimpiada de Invierno a “contribuir a la seguridad durante los Juegos Olímpicos” de Pyeongchang en Corea del Sur. 

En esa ocasión los representantes de los países claves del mundo destacaban que no había alternativa más que la búsqueda diplomática a la crisis norcoreana y señalaban inadmisible cualquier acción militar. Por desgracia uno de los grandes actores de la escena mundial, los Estados Unidos, muestra tener otro punto de vista.

Haciendo caso omiso de la posición de la comunidad mundial, autoridades norteamericanos continúan contribuyendo a subir las  tensiones en la Península Coreana. El Pentágono aumentó considerablemente las escalas de las maniobras en Asia sudoriental y aumentó la presencia de sus tropas en la región. Las maniobras conjuntas  de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos y Corea del Sur, “Vigilant Ace”, celebradas en diciembre de 2017, fueron las más grandes de la historia. Según las estimaciones de los expertos, durante estas maniobras  se examinaron tareas aplastantes a los objetivos  de la infraestructura nuclear de Corea del Norte. Además, representantes de la Casa Blanca, encabezados por su presidente, continúan demonizando a Kim Jong-un, usando diferentes plataformas internacionales y demuestran su preparación para destruir físicamente al régimen norcoreano y realizar una desnuclearización forzada.

Es por ello que se ve resistencia de las autoridades norteamericanas en actuar con el espíritu de la “Tregua Olímpica”. Washington trata de fortalecer sus posesiones en la región Asia-Pacífico, aumentando el volumen de mercancías de armas en el mercado local para disminuir la influencia de Pekin en esta región. A la Casa Blanca al parecer no le molesta  poner al mundo al borde de la guerra por sus actuaciones. 

Washington de por sí ignora las iniciativas de paz de las Naciones Unidas y muestra su desprecio por esta organización. El comentario elocuente del senador republicano  Lindsey Graham  quien recientemente declaró que a él no le preocupa los desacuerdos de las Naciones Unidas con la política exterior de los Estados Unidos, es la más viva evidencia de ese rechazo de  Estados Unidos  a la ONU.  

Graham fue más allá y dijo que en el 2018, los Estados Unidos revisarán su política de financiación de las Naciones Unidas porque no quieren dar del dinero de los contribuyentes americanos: a las Naciones Unidas ineficaces, a las Naciones Unidas débiles frente al mal, a las Naciones Unidas cada vez más antisemita”. 

Con sus declaraciones Graham nos deja claro que Washington espera la obediencia  de las organizaciones que patrocina ya sean las Naciones Unidas, Comité Olímpico Internacional o La Agencia Mundial Antidopaje.