Erick Aguirre
  •   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Me resulta extraño escribir sobre Isolda Rodríguez como mi colega, pues fue mi profesora en un curso de posgrado, donde me acostumbré a verla como lo que siempre ha sido: una maestra; pero una maestra que además es poeta, narradora, historiadora y ensayista. Como tal ha consagrado buena parte de su esfuerzo al tema de la educación en Nicaragua. Además de libros de texto para el estudio del español ha escrito una historia de la educación en Nicaragua: 50 años en el sistema educativo. 1929-1979, publicada en tres tomos por Hispamer (1999, 2004 y 2006).

También es autora de dos volúmenes de ensayos críticos sobre literatura nicaragüense contemporánea: “Una década en la narrativa nicaragüense” (1999) y “En el país de las alegorías” (2006). Como narradora ha publicado “La casa de los pájaros” (1995), “Daguerrotipos y otros retratos de mujeres” (1999), “Una mujer sin nombre” (1999) –reeditado luego en Costa Rica bajo el título “Las diosas de Elam” (2015)– y el libro de memorias “Me queda la palabra” (2008).

Como poeta, Rodríguez ha publicado “Navegante sin tiempo” y “Casa sosegada”, ambos del 2014. Estos dos libros constituyen, creo yo, un mismo testimonio poético: el testimonio del dolor y al mismo tiempo del amor, del sosiego intemporal de quien ha navegado con impasible estoicismo por la vida. Sin sucumbir totalmente a la consternación o la amargura, debido precisamente a ese desenfadado desasosiego que la caracteriza, la poesía de Rodríguez en ese aspecto se desmarca de cualquier emotiva exclamación celebratoria. 

La hablante poética esboza o enuncia sus versos con un ánimo en apariencia inalterable. No es que nunca muestre emociones o no reaccione ante turbaciones que por lo general desencadenan o inducen a un evidente estado afectivo; no es que la hablante sea tampoco incapaz de tener sentimientos o emociones; sino que, aunque las tiene y hasta las experimenta con intensidad, el ánimo de su discurso nunca se altera, el tono de su voz poética no se perturba.

Digamos, pues, sin temor a la contradicción o haciendo valer el oxímoron, que es un lirismo impertérrito o imperturbable, como el de la habitante de una casa invadida por el sosiego, o el de una tranquila, calmosa navegante en las anchuras del tiempo. Para mí lo confirma ahora este nuevo libro de poemas, “Arte ritual” (2017), donde vale subrayar la persistencia de cierta sencillez expresiva, cuyas referencias al sentimiento amatorio nos recuerdan el casi único tema de Alfonsina Storni; así como cierto acento sensual, de entusiasmo por la naturaleza y por el propio ser, de Juana de Ibarbouru. 

En este libro, la hablante se extasía admirada ante las maravillas del mundo y las consecuencias o efectos que estas producen en el propio ser, usándolas como puntos de partida y metáforas de una vitalidad amorosa y oferente. Un poco lejos ya, o brevemente apartada, de la desolación anterior por cierta ausencia repentina y entrañable, que en sus libros anteriores recordaba el tono de algunos sonetos tristes y dolorosos de Gabriela Mistral.

La predilección personal de Rodríguez por la poesía del español Rafael Alberti, manifiesta en algunos de sus ensayos, llevan al lector a recordar también las transparentes, evocadoras y autobiográficas estrofas del autor de “Marinero en tierra”, sin cuya obra sería imposible entender buena parte de los rasgos más importantes de la poesía contemporánea en lengua española. Hablo de un tipo de expresión que, salvando distancias, Rodríguez de alguna forma retoma para configurar sus propias estructuras poéticas.

El influjo de Alberti es visible también en los giros constantes de expresiva sencillez tendientes a producir un vínculo nostálgico entre hablante y lector. Aunque eso, repito, era mas evidente, aunque de alguna forma subterráneo, en los primeros poemarios de Isolda.

“Arte ritual” invoca la unidad del Ser y el Universo a través de la contemplación, la descripción y el disfrute pleno de la naturaleza y de la vida cotidiana. Las significaciones del título evidencian el ánimo de los poemas que integran el libro. El arte como expresión humana trascendente. La trascendencia del ser a través de la belleza o la búsqueda de un canto intemporal que no deja de advertir las formas del ritual: esos ritos cotidianos que casi inconscientemente desplegamos durante el diario vivir y que en sí mismos constituyen un lenguaje, una concatenación de sentidos, una sintaxis de la existencia. 

“Arte ritual” es eso: una evocación poética de la vida y sus ritos cotidianos. Porque el arte, debo repetir, es trascendencia de lo humano, y en su factura y su contemplación son necesarios ciertos rituales. Y el ritual también nos demanda sosiego, compenetración de palabras y gestos; paciencia de navegantes y unión de nuestras vidas con el Cosmos.

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus