Jorge Guerra
  •   Managua, Nicaragua  |
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Las generaciones son la expresión de un horizonte común de preocupaciones, inquietudes, problemas y soluciones, cuyos protagonistas, por lo general, son las juventudes. En este sentido, mis padres corresponden a una etapa marcada por la última revolución romántica del siglo XX. La alfabetización, la guerra civil, el bloqueo económico, las movilizaciones de masas, los fusiles aquí, las consignas allá. Todo ello, cuando la realidad se impuso a la voluntad, al heroísmo y a la abnegación, dio lugar a la muerte o acaso al derrumbe de un universo con piso de barro. El ocaso de las certezas que proveía dicho terreno ha generado como consecuencia un “tiempo muerto”, casi congelado. 

La apertura de Nicaragua a la economía de mercado y la globalización a finales de los ochenta hicieron surgir a una nueva generación, en el sentido sociológico e histórico del término. Se crearon prácticas sociales y formas de expresión ligadas a las tecnologías de comunicación como una de las características más importantes de la nueva época. En este marco, la segunda revolución individualista de la humanidad ha cambiado también las formas en que se estructuran e interpelan las relaciones entre los sujetos. 

En el caso de la generación que estamos describiendo, hay un marcado distanciamiento de aquellos viejos postulados ideológicos de los ochenta: el individuo nuevo, la sociedad nueva, la vanguardia revolucionaria, entre otros componentes universalistas, derivan en una suerte de vacío existencial con un exceso prosaico que tiene como resultado preocupaciones  identitarias e individualistas. Si la generación anterior creía y perseguía la totalidad de grandes ideas, la actual, en cambio, se rige por la búsqueda y las manifestaciones de las diferencias entre sus miembros. Por ejemplo, Un techo para mi país, las asociaciones en defensa de los animales y la Juventud Sandinista están orientados por coordenadas ideológicas novedosas que se presentan como “alternativas” ante la sociedad y el mundo. A pesar de que parezcan radicalmente distintas las unas de las otras, dichas organizaciones comparten la exaltación por lo singular, la defensa de un discurso de bestseller, el deseo de expresión y expansión del yo (es decir, 
la superación personal como solución a la pobreza). 

Por otro lado, con la aparición de las redes sociales se han multiplicado las burbujas culturales. Existen asociaciones, grupos de asistencia y ayuda mutua, feministas, ecologistas, estudiosos de la memoria, homosexuales, religiosos, alcohólicos, drogadictos, lesbianas. El individualismo se ha hecho extensivo a través de estos colectivos miniaturizados. Llamémosle, mejor, burbujas culturales, en tanto que son grupos enclaustrados en sí mismos y  no permiten opiniones contrarias a sus intereses. Las formas y técnicas, bajo las cuales producen conocimientos, se generan dentro del paraguas del posmodernismo. 

En suma, Nicaragua se encuentra hundida en la generación de las diferencias. Una generación en búsqueda de sí misma, reproductora de los discursos, símbolos, mitos y narrativas del período anterior. Una de las características más importantes de la generación de las diferencias es la ausencia de un mito fundante y autorreproductivo, lo cual, sin duda, ha creado grupos miniaturizados dentro de cerradas burbujas culturales. En esta misma línea podemos afirmar que hay una inautenticidad generacional, consustancial de un tiempo prolongadamente muerto. En el ámbito literario refleja, si bien nuevos temas como la ciudad, lo indígena y el sexo, también resalta la no salida del bucle de su reducida concepción identitaria y clasista acerca de una sociedad que, lejos de ser como esa que los coetáneos y contemporáneos clasemedieros representan, parece repetir, sin duda alguna, antiguas formas de dominación y subordinación política, económica y social. 

Con certeza, toda generación se constituye superando a la anterior; no obstante, ello solo será posible creando a sus propios líderes, sus propios símbolos y, lo más importante, su propio mito fundante. De lo contrario, estaremos en un laberinto que llevará indefectiblemente —si no lo estamos ya— a  una distopía orwelliana como la narrada en 1984.