•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Pablo Antonio Cuadra, Jaime Íncer y yo —sustentados en el testimonio del célebre navegante William Dampier (1652-1715)— hemos referido la historia del indio miskito, quien en 1681 quedó abandonado en la isla “Más afuera” del archipiélago Juan Fernández en el Mar del Sur (océano Pacífico), frente a las costas de Chile. Precipitadamente el barco pirata, a cuya tripulación pertenecía, tuvo que dejarlo en dicho sitio a la vista de una nave de la armada española. Comandaba dicho barco el pirata “Charqui”, o Bartolomé Sharp: “más codicioso que cruel, más cobarde que dañino”.

Pues bien, el miskito se las arregló para sobrevivir en aquel lugar remoto, alimentándose de focas y cabras silvestres. Agotadas las municiones de su mosquete, tomó el cuchillo y ablandándolo al fuego escarbó algunas melladuras en el filo para poder aserrar el cañón del arma. Así obtuvo virutas, las que fundió en puntas de lanzas, flechas, anzuelos y arpones, tal como lo había visto hacer a los piratas, pues en su tierra no se conocían la fragua ni el yunque. De este modo ingenioso pudo seguir cazando y pescando, sobrevivir durante tres años como náufrago en la isla, antes de ser rescatado por otro barco donde viajaba Dampier. 

Durante su involuntario exilio el miskito —llamado William por sus amigos ingleses— había construido chozas, muebles y fabricaba ropa con el cuero de las cabras silvestres que cazaba. Cuando apareció el barco salvador, el indígena con su aguda vista reconoció desde lejos a sus amigos ingleses de otro tiempo, a los cuales recibió con una gustosa cena de cabritos horneados. El primero en saltar a tierra fue casualmente otro miskito de nombre Robin, quien fue al encuentro de su paisano abandonado. Intercambiaron saludo a la costumbre miskita: cada uno en su turno acostándose a los pies del otro, para ser por este incorporado, como si tratasen de observar el más estricto de los protocolos, para después abrazarse fraternalmente.

Como es muy sabido, otra experiencia similar vivió después en la isla “Más afuera” el náufrago escocés Alexander Selkirg, cuyo relato —al igual que la aventura de Will— sirvió de argumento para escribir la mundialmente conocida novela “Robinson Crusoe” (1719) del inglés Daniel Defoe (1660-1731). Pero el escritor estadounidense Irving Wallace (1916-1990), en su obra “Argumentos fabulosos” (Barcelona, Grijalbo, 1966), puntualiza que Selkirg había encontrado restos de la choza de nuestro miskito, siendo este consecuentemente su precursor e inspirador también de “Robinson Crusoe”, personaje que encarnaba al vagabundo o rodador de fortuna surgido en el siglo XVII y experimentado en viajes peligrosos, negocios y trata de negros.

La excepcional historia de William fue consignada en el siglo XIX por el historiador chileno Benjamín Vicuña Mackenna (1831-1886) al señalar: “¿Quién no ha reconocido en el indio mosquito William al precursor de Selkirg y de Robinson Crusoe? El nombre del indio Robin (Robinson: hijo de Robin), que andaba con los bucaneros y ayudó a su perdido compañero, ¿no habría sido así un tributo de franqueza y del honrado recuerdo del autor del último, a su primitivo modelo y fuente primera de su inmortal inspiración?” Desde luego.

Dicha historia precedía de la mentalidad eurocentrista del siglo XVII en la línea del Calibán de “The Tempest” (1611) de William Shakespeare. El mismo Vicuña Mackenna captó esta concepción: “El marinero abandonado resultó ser un indio de Centroamérica llamado Guillermo, y este es el tipo que sirvió de molde al indio que Defoe dio por compañero a Robinson Crusoe y se llamó Viernes, por el día de su hallazgo”. He aquí la aportación centroamericana, o más bien de la nación Mosquita, a la novela de “Robinson Crusoe”. Y basado en ella, Pablo Antonio Cuadra en “El Nicaragüense” (1967), citando el testimonio de Dampier ya referido, la incorpora como ejemplo del aventurero nicaragüense, capaz de sobrevivir en las más difíciles circunstancias. Por eso sugirió: “¿No debería ser integrado a nuestra nativa mitología con levantarse en algún parque de nuestro país (en Bluefields o Puerto Cabezas) la estatua de este ‘soldado desconocido’ de la aventura nicaragüense?” Y, aunque no se ha erigido monumento alguno, ya forma parte de nuestra mitología.

Sin embargo, el miskito William ya se había olvidado en 1868, cuando el comodoro Richard Ashmore Powell instaló en “Más afuera” una sólida plancha de hierro en memoria de Selkirg, fallecido a los 47 años en 1728 como teniente de la armada británica.