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Yo conocí a Jota Jota a través de un vecino de barrio a quien una mujer le rompió el corazón. De arcos pronunciados en una frente que denunciaba una incipiente y bien combatida calvicie, a don Pepe los cincuenta lo habían cogido desprevenido sin amor y sin dinero. Pero más que el dinero, lo que le importaba era que el amor de su vida se había ido con otro, y los domingos salía al portal de su casa a obligarnos a llorar su pena poniendo en alto las canciones del “zorzal criollo”, del “Ruiseñor de América” de “Mr. Juramento” hasta reventarnos el corazón. “Esta noche tengo ganas de buscarla, de borrar lo que ha pasado y perdonarla…”, así comenzaba el calvario de su evocación, acompañando con ríos de cerveza los ríos de lágrimas que de puro macho aguantaba. La voz de J. J., dulce como una flauta, llegaba como una bala al corazón para matar de amor a los enamorados, a las galladas de las esquinas, a los peloteros que jugaban “indor” en las calles, a las amas de casa que preparaban el almuerzo y que enjugaban sus l
ágrimas a escondidas, porque también se rompían sus corazones por penas secretas y por las ajenas que gracias a Jota Jota compartíamos. Don Pepe con los parlantes en alto, el bividí enrollado en la mitad del pecho, flaco pero panzón, sangraba por horas a la vista pública y todos nos llenábamos de su amor contrariado que inundaba las calles y que jamás conocimos por su boca sino por esa voz melodiosa que cantaba letras desgarradoras, fatalistas, tristes, acompañada de una guitarra que lloraba “porque era su voz de dolor” y que se ajustaba como un guante de seda.

“Hay golpes que se reciben con resignación…pero cuando se pierde un cariño no hay nadie quien calme ese dolor”. Los que éramos adolescentes, alejados de la solidaridad de los mayores, nos moríamos de rabia porque queríamos oír a Leonardo Fabio o a los Iracundos; pero Pepe, sin ser profesor, nos obligaba a escuchar y a buscar las razones de su éxito y las encontrábamos, aunque no las aceptábamos del todo, en su voz de cristal y en las letras que tan bien se ajustaban al sentir colectivo, al pueblo que ve su destino como una fatalidad, “sino cruel”, al pasillo triste que habla de amores imposibles o frustrados, de nostalgias ardientes que vivíamos a través de las añoranzas de nuestros padres.

Y descubrimos que así como Argentina tiene a Gardel, nosotros teníamos a Julio Jaramillo y que él, solo él, era el legítimo embajador de los mestizos, los cholos, los montubios, es decir, del pueblo que da sentido de identidad a la patria.

El día de su muerte, en febrero, mientras la lluvia caía, las estaciones de radio interrumpieron su trasmisión regular para dar la noticia y la gente se echó a las calles. Había muerto en su ley, de cirrosis hepática, como mueren los bohemios y los poetas. Desde la ventana de mi casa mientras febrero desataba su tristeza, el pueblo por millares lloraba y hacía colas frente a su ataúd, sus canciones se multiplicaban por todas partes y un aire caliente y húmedo azotaba al “Guayaquil de mis amores”. Muy cerca de mi casa, desde el hogar de Pepe, Julio Jaramillo cantaba: “Qué carnaval más necio el de la vida, qué consuelo más duro el de la muerte…”.

Supe que él seguía mucho más vivo después de su muerte.

La leyenda había comenzado.

La autora es escritora y embajadora del Ecuador. Su último libro publicado se titula Con (textos) fugaces