Augusto Zamora R.*
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Es término que viene del latín mixticius, que significa mixto o mezcla. Se emplea de común para referirse al proceso vivido en la colonia, de mezcla de europeos e indígenas.

Sirve para recordar, en esta época de muros y alambradas, que todas las culturas y pueblos del mundo son producto de procesos de mestizaje, aunque se pretenda, desde ciertas corrientes políticas y pseudo-culturales, negar lo evidente.

Los supremacistas blancos, en EE. UU., olvidan que los europeos son resultado de miles de años de mestizaje de fenicios, árabes, mogoles, godos o griegos.

La escritura fue invento sumerio, los números invento árabe, el cero invento hindú. Huérfanos de la poderosa tradición greco-latina, los pueblos germánicos, escandinavos y anglos adoptaron el latín y la arquitectura, arte y mitos nacidos de griegos y romanos.

Durante miles de años, las islas británicas y Escandinavia fueron las regiones más atrasadas de Europa. Su cambio se inició con la cristianización, mil años después del esplendor de Roma.

Faltos de espesura cultural, las sagas vikingas fueron recogidas en Islandia en latín, no existiendo más fuentes de las mismas que esa y la unos pocos viajeros árabes.

China fue, hasta el siglo XVIII, la mayor economía mundial y vuelve a serlo tres siglos después, sin que haya nada en el horizonte que pueda hacerle sombra.

El supremacismo anglo-estadounidense ha recibido otro palo: los primeros habitantes de las islas británicas tenían la piel oscura, según científicos británicos. ¡Y Churchill presumiendo de blancura!

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