Carlos Andrés Pastrán Morales
  •   Managua, Nicaragua  |
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Me levanté la madrugada de aquel día, eran más o menos como las tres de la mañana. Hacía un frío de ultratumba, se notaba neblina en las calles. Me levanté para ir al baño, pero me desvíe camino a mi cuarto para apreciar la noche en esos momentos. 

La ciudad estaba vacía y solo se escuchaba el ronquido de los vigilantes de la cuadra. Más que el ruido de varias motos se escucharon pasar a toda velocidad. Más de algún vago pasó caminando por el barrio. Una noche cualquiera, uno diría.

Mientras estaba sentado en la silla de la sala, sin sueño, pensando en mi vida, noté como en una esquina de una pared se desvanecía una luz o una niebla blanca, algo haciéndose humo. Me asusté mucho pero algo me incitó a seguir mi visión. 

Me levanté y fui caminando justo donde vi aquel humo, pero al girar la mirada, volvió a desvanecerse, ahora por la esquina del pasillo. Igualmente lo seguí muy rápido con miedo, sin saber qué estaba haciendo o qué estaba pensando. Me detuve justo frente del pasillo pero no había nada, solo era una visión. 

Me tardé unos 15 minutos buscando el humo blanco por toda mi casa, pero no encontré nada, así que decidí irme a dormir. Pero ahí fue la sorpresa de encontrarme la niebla, posando sobre el borde mi cama, materializado y con forma humana, un ente. 

Era una niño, triste, pálido, curioso, con miedo. Estaba sentando en mi cama, con lágrimas en los ojos y no decía una palabra. Yo estaba en shock sin pensar ni hacer nada, solo perplejo, lleno de temor y sin creer lo que estaba viendo. Mi cuarto estaba inundado en niebla y un frío extremo. Comencé a llorar de miedo, no podía moverme, pensé que se trataba de una parálisis de sueño, pero esto fue muy real.

Con una voz espeluznante, de ultratumba, lúgubre y triste, me dijo: —“Hola, ¿te acuerdas de mí? —Lo más probable es que no, aún no me conoces”. Mi mente volaba en mil pedazos y no creía lo que escuchaba. Seguía tieso de pie en la puerta de mi habitación. Pude moverme hasta que aquel fantasma me agarró la mano y me dijo que me sentara. En ese momento que tocó la piel de mi mano, sentí un alivio, así como cuando te dicen que no habrá clases esta tarde, o cuando terminas todos tus deberes, me sentí relajado, me sentí en el mar, me sentí en el cielo, me sentí en todos lados y en uno solo a la vez.

Retomé el aliento y comencé a hablar con aquel espectro en forma de niño. Me habló de su historia. “Aún no me conoces, pues no he llegado a tu vida, sin embargo, estoy aquí. Hace mucho tiempo que fui asesinado por un señor que mató a mi madre también. Fuimos acuchillados ambos en una noche tenebrosa, desde entonces hábito en los sueños y pesadillas en la casa donde mi vida acabó. Solo te pido un favor, sálvame y todo estará bien”. 

Después de decir esas palabras se volvió a desvanecer en el aire, como si fuera una visión o fuera el mismo aire que respiro y vive en mí.

Leí mucho tiempo después la historia de un hombre preso en la cárcel, que había confesado haber matado a su esposa e hijo al estar alcoholizado, por razones pasionales y un impulso irracional. 

Pensé, todos debemos moderar nuestra conducta y nuestros impulsos y apreciar la vida, sobre todo, la de los niños y que no seamos presa de sueños e imaginaciones que prácticamente son premoniciones.