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Casi todos los países del mundo son étnicamente diversos. Hay algunas excepciones: Escandinavia, las Coreas, India; y en menor grado Hungría, Alemania. Y otros más. 

Mi punto: los grandes flujos migratorios amenazan con romper el tejido social de los países racialmente homogéneos. La homogeneidad racial es un componente del gran enjambre cultural. Cada quien asume que su grupo nacional sanguíneo es mejor que el de los otros. Y solo hay cuatro grandes grupos raciales. ¿Cómo estaríamos si fueran 20? Esto está poniendo a prueba la resistencia de las instituciones democráticas. ¿Hasta dónde se llegará con estos conflictos? ¿Nacerán nuevos tipos de democracia? ¿Cuál es el límite de la elasticidad de la  democracia ante estos desafíos?   

Hay países donde muchos quisieran vivir. Ejemplos: Canadá, Alemania, Suiza, Estados Unidos, Inglaterra, Australia, Suecia, España.

Nunca he oído decir a nadie que se quiera ir a vivir a China, Japón o India, a pesar de ser naciones desarrolladas; y tener estándares de vida mejores que la gran mayoría de naciones. (Bueno, haciendo una salvedad en los segmentos sociales bajos de India).

Por su parte, los países arriba mencionados no tienen interés alguno en recibir inmigrantes. No lo desean. Y está bien establecido en su ordenamiento jurídico. No son países dispuestos a tratar abiertamente con refugiados, esperando que se conviertan en bien-recibidos y nuevos ciudadanos.   

Es en los países occidentales de mayor desarrollo humano --Estados Unidos y los europeos--, donde los tejidos sociales sienten y resienten que el arribo de grandes oleadas de nuevas gentes está amenazando su seguridad. También, ello se ha convertido en un punto de presión y tensión constantes para su presupuesto, la seguridad social y los servicios de salud.

En América Latina, Argentina, Uruguay, y Costa Rica --países de significativa homogeneidad racial, hasta hace poco--, también están presionados para ajustarse a los miles de inmigrantes que les llegan con otras costumbres, valores y credos.  

El que llega de fuera a asentarse en una sociedad nueva se muestra vulnerable cuando: 1) se establece exhibiendo, como es natural, toda la plétora de sus manifestaciones culturales (que pueden gustar poco o disgustar a muchos de los receptores; y, 2) al intentar integrarse a la sociedad en la que vivirá, mostrando interés en incorporar nuevos saberes del país que lo adopta. Pero siempre traslucirán cosas que irriten; por ejemplo, el acento contrastante frente al de los nativo-parlantes.

Esto produce choques culturales en dos sentidos: para los que arriban y para los nacionales ya establecidos. 

¿Cómo se pueden resolver?

Se deben seguir haciendo tres cosas, que no siempre funcionan bien: 1) que haya un reconocimiento legal que establezca la diversidad de la nueva sociedad --asunto que herirá tantas sensibilidades--. Integrarse no implica aceptación ipso facto. Se hablarán otras lenguas y se practicarán otros credos religiosos y manifestaciones culturales; 2) que haya grupos e instituciones privadas y públicas que ayuden a los recién llegados a adaptarse a la nueva sociedad  (acá el problema yace en saber cuántos verdaderamente, entre los receptores, acogen de corazón a los advenedizos; 3) que los que llegan tengan la mejor disposición de asimilar las principales costumbres y tradiciones de los que acogen. Muy difícil. Nadie quiere hablar en otro idioma, abandonar sus credos y costumbres, vestirse diferente. Y lo más difícil: aceptar otro modelo político y legal de convivencia que pueda presentar valores muy opuestos. ¡Todo un choque cultural!

Los hábitos que conforman toda una cultura son casi desarraigables. Se pueden ajustar, pero ligeramente y despacio. Nunca se abandonan o se sustituyen. Solo hasta que llegan las siguientes generaciones se ven algunos cambios.  

¿Nació toda la humanidad para convivir fuera de la pluralidad? ¿Es solo egoísmo colectivo? ¿O prevalece el dogma de creernos que somos los reyes del universo? 

¿Tenemos un gen que nos inclina más al nacionalismo, al provincianismo, al etnocentrismo? Todos, en muchos sentidos, somos pueblerinos. Y esto, está contrarrestando al fenómeno globalizador.

¿Qué haremos?

La diversidad cultural es también riqueza cultural. ¿Pero cuál es el límite? ¿O el choque traumatizante es solo al inicio? 

Creo que la solución yace en reorientar los programas educativos. Estos deben incluir la perspectiva étnica y cultural. 

¿Esa carencia está alimentando nuestra inveterada intolerancia?

¿Por qué no hemos aprendido de la diversidad biológica de la flora y la fauna?  La naturaleza es el mayor testimonio de la diversidad de la vida.

La verdad es que parece que la democracia ―como concepto y  modelo― siempre estará necesitando ajustes.

¿Y qué viene después: la pluri-democracia o la etno-democracia?