Lesli Nicaragua
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La polémica tenía que estallar –¡claro que sí!-, porque quien lo dijo fue una -tal vez la más- prestigiosa lingüista del continente americano. Se llama Concepción Company Company: académica de la lengua e integrante del Colegio Nacional de México. Alta, espigada, ojos zarcos, blanca y cabello castaño corto-cortísimo. Pero, ¿qué dijo? Solo un poco de verdad y algo de lógica: “El lenguaje inclusivo es una tontería”. 

La frase, dicha en una entrevista a mediados de enero, no solo hizo eco entre la intelectualidad local, sino que sus ondulaciones traspasaron continentes. Y más aún: generó urticaria entre el sector feminista, que piensa que las declaraciones de la estudiosa permearon su lucha por espacios sociales desde el lenguaje. Aunque en realidad, Company  expresó lo que cree ella y -pienso que no solo creen, sino que necesitan y exigen- todas las mujeres: “Igualdad no es que te llamen arquitecta, es que te paguen igual y tengas las mismas oportunidades”. 

Así de coherente lo expresó, a pesar, y consciente, de las ampolladuras que levantarían sus declaraciones, sobre todo,  en las especialistas en estudios de género, quienes para la académica conocen poco, muy poco, de los verdaderos mecanismos de la gramática española. ¿Cómo así, doctora Company? Para que se entienda mejor y quede claro: “El género gramatical que en la lengua española puede discriminar es el femenino”. 

A contracorriente de lo que se maneja y lo que nos han hecho pensar sobre lo sexista que es la gramática (léase machista), “el género masculino es indiferente al sexo. Si yo digo: todos tenemos sentimientos, no es androcéntrico, no es machismo. Y aunque pueda escandalizar, es una obviedad gramatical que el género masculino no significa masculino hombre”. Simplemente porque la gramática no tiene sexo, como se ha manejado desde el discurso y el lenguaje feministas.                 

¿Y esto cómo se explica? Company sabe que el lenguaje lo es todo. Crea señas identitarias y moldea sociedades. Funda nuevos conocimientos –o puede tergiversarlos. Lo que ella ataca es la superficialidad de una conquista que no tiene premio. Porque quien maneja la aritmética de las palabras sabe que la equidad nunca es proporcional al género, sino al sexo. “El género es de la gramática. (Y) la gramática es totalmente aséptica, está ahí porque le funciona a una comunidad, pero el uso sí puede ser sexista. Puede serlo el uso que hagamos de la gramática o cómo construyamos el discurso. Eso sí puede serlo, y de hecho muchas veces lo es”. 

Entonces el nuevo lenguaje, mal llamado inclusivo, lo que hace es aprovechar este discurso sobre el machismo de la gramática para torcerla sobre sí. Y crear lo que Francia llamó “una aberración inclusiva” que volvía ilegible el idioma, y por lo tanto lo prohibió. Porque el país de las libertades y los derechos comprendió, al igual que Company -la mejor profesora que he tenido-, que la batalla no se ganará nunca desde el lenguaje más antieconómico, poco elegante  y agramatical que exista. Porque “lo que tenemos que modificar es la sociedad… y cuando las sociedades sean igualitarias estoy segurísima de que los hábitos gramaticales” –y discursivos- “se van a modificar”.

* Periodista, escritor y catedrático

leslinicaragua@yahoo.com