•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

El deseo de vivir eternamente, para siempre, es una aspiración profunda del hombre. Todos nacemos hambrientos de eternidad. La ciencia lo comprueba: arqueólogos, antropólogos e historiadores nos dicen que, en todos los continentes, en todas las razas y civilizaciones, hay dos creencias que desde la “edad de piedra” hasta hoy están siempre presentes: creer en la divinidad y creer en la vida después de la muerte. El hombre, por naturaleza, siente la necesidad de adorar y relacionarse de algún modo con la divinidad creadora que rige el universo; y también asume que su vida no acaba aquí, sino que continúa eternamente.

Los cristianos tenemos, además, la revelación de Dios escrita en la Biblia, que no es un libro científico ni rigurosamente histórico, sino una colección de escritos inspirados -no dictados- por Dios a lo largo de mil años, que recogen la experiencia religiosa del pueblo de Israel, la vida y enseñanzas de Jesús, y la experiencia religiosa de los primeros cristianos. Una colección de textos escritos con la mentalidad, cultura y circunstancias históricas de diferentes escritores, instrumentos de Dios que, mediante relatos históricos, historietas sencillas, poesía, parábolas y otros recursos literarios, nos enseñan grandes verdades: lo que Dios ha querido revelarnos sobre él, sobre nuestro ser y nuestro destino. Una revelación que no se da “de una sola vez”, sino que se va entendiendo de manera progresiva a través de los siglos. 

La Biblia nos dice que: “En el comienzo de todo Dios creó el cielo y la tierra.”  (Génesis 1.1). Y nos creó, varón y mujer, a su imagen y semejanza (Génesis 1.27). Dios no creó a los animales a su imagen y semejanza, por eso no tienen cualidades semejantes a las de Él. Nosotros sí: tenemos capacidad para razonar y ser creativos; tenemos libertad para decidir y actuar más allá de los instintos.

Fuimos creados para vivir felices eternamente: “Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, es lo que Dios preparó para los que le aman.” (1 Corintios 2.9). Entonces, ¿por qué sufrimos y morimos? No es lo que Dios quiere para nosotros, pero nos dio libertad para hacer el bien o el mal, ¡y decidimos hacer el mal! No podía dejar de crearnos libres, pues no seríamos sus hijos, creados a su imagen y semejanza. Seríamos como cualquier animal, regidos por nuestros instintos. Desde el primero -que cometió el pecado original- hasta el último ser humano (excepto Jesús y su madre María) todos hemos pecado. Pecar es ir contra la voluntad de Dios, rebelarnos contra Dios. Nos separamos de Él (no es Él quien nos separa).

Dios nos da la vida eterna; Él es la fuente de la vida y su ausencia es muerte eterna, condenación eterna. “El pago del pecado es la muerte.” (Romanos 6.23). Si un bombillo se separa de la corriente, se apaga. “Pecando y faltando a nuestra ley nos hemos apartado de ti. En todo hemos pecado. No hemos obedecido tus mandamientos; no los hemos cumplido ni practicado como Tú nos habías mandado que hiciéramos para que fuéramos felices.” (Daniel 3.29, 30). “Así pues, por medio de un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado entró la muerte, y así la muerte pasó a todos porque todos pecaron.” (Romanos 5.12). El mal uso de nuestra libertad, el pecado, es la causa del sufrimiento y la muerte.

Pero un padre amoroso no abandona a sus hijos. Él nos dice: “Con amor eterno te he amado.” (Jeremías 31.3). Dios decidió hacerse hombre para morir en la cruz en lugar de nosotros, pagando Él por nuestros pecados y resucitando para darnos la resurrección y la vida eterna. “Cristo ha resucitado. Así como por causa de un hombre vino la muerte, también por causa de un hombre viene la resurrección de los muertos.” (1 Corintios 15.20, 21). “Dios secará todas las lágrimas y no habrá más muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor; porque todo eso que antes existía dejará de existir. Dios hará nuevas todas las cosas.” (Apocalipsis 21. 4, 5). Hay vida después de la muerte. Y todos podemos - si queremos- tener una vida eterna feliz en el “Reino de Dios”. 

www.adolfomirandasaenz.blogspot.com