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Desde hace tiempo hemos llamado la atención sobre la precariedad del aprendizaje y cómo superar tal situación; diversas investigaciones y, últimamente el Banco Mundial, también lo atestiguan. En este primer artículo, de dos, centro la atención en las principales manifestaciones de esta precariedad y en sus principales causas. 

La calidad educativa es tal cuando se evidencia en más y mejores aprendizajes. Venimos advirtiendo un profundo desencuentro entre enseñanza, aprendizaje y evaluación, los que debieran formar un sistema articulado. Aún el interés primordial de la gestión educativa continúa centrándose en qué y cuánto enseñar en el poco tiempo disponible, y no precisamente en cuánto se comprende, asimila y aprende con significado y utilidad para la vida. Aquí reside el corazón e importancia de la pregunta del título.

Esta precariedad mostrada por el estudiantado en las investigaciones realizadas, se aprecia en múltiples ámbitos: gran debilidad en la formación docente y los métodos tradicionales que utilizan; debilidades notables de niños y jóvenes en fluidez y comprensión lectora; ausencia de capacidad de análisis, razonamiento y juicio crítico; pobre verbalización mecánica de conocimientos; bajísimos resultados de bachilleres en las pruebas de ingreso a la universidad, realizadas; resultados deficitarios en lectura, matemáticas y ciencias naturales del alumnado de 3º y 6º grados en las Pruebas Serce y Terce del Laboratorio de Calidad de la Educación (Unesco); graves incorrecciones en lenguaje y escritura; incapacidad de bachilleres para escribir correctamente una carta solicitando trabajo, y otras más.

Es imposible en este artículo plantear todas las causas que se articulan y refuerzan mutuamente, para producir este profundo desencuentro entre lo que se enseña y se aprende. Son de distinto tipo, unas estratégicas, de fondo, otras organizativas y metodológicas.

La concepción que dirige la Educación y el Currículum: preside una concepción efectivista, superficial, simplista, partidaria e ingenua de la educación; el currículum se centra en conocimientos desactualizados y desconectados de la realidad del país; omite el desarrollo práctico de capacidades de pensamiento analítico, lógico y crítico; las disciplinas se presentan separadas entre sí, de espaldas a una realidad interdisciplinaria, induciendo una enseñanza-aprendizaje fracturada y desconectada. Un currículum en competencias que debieran integrar distintos niveles de conocimientos -declarativos, prácticos y axiológicos-, pero que, en la práctica se enseñan como objetivos, separando entre sí estos tres niveles. 

Las políticas educativas, entre las que se encuentra “Una mejor Educación”, son intenciones desconocidas por el magisterio, que no se operativizan al nivel metodológico práctico del aula. 

La formación docente es eminentemente instrumental, alejada del consenso teórico que aporta una visión reflexivo-crítica sobre la práctica; no se cuenta con un Plan Nacional de Formación Docente; los eventos formativos son circunstanciales, masivos, retóricos, nada prácticos, dominados por un discurso partidario; la formación impartida por escuelas normales y facultades de educación es más teórica que práctica, disciplinatoria, no reflexivo-crítica sobre la práctica, que descuida la creatividad, iniciativa, autonomía e innovación; desvinculada de los contextos complejos nacionales y sin acceso a formación posgraduada gratuita; con enormes brechas de acceso tecnológico para mejorar la enseñanza. Un diagnóstico de la Comisión Nacional del Sistema de Formación Docente del Mined que coordinamos (2008-2009), mostró gran cantidad de capacitaciones recibidas por cada docente, sin incidencia en mejorar la enseñanza.

El Plan de Educación 2018-2022 no responde a un trabajo colectivo del Mined, refleja una realidad educativa poco real, con estrategias de buenas intenciones, sin asidero práctico en la realidad escolar; no focaliza el aprendizaje y sus propuestas se refieren a más de la misma formación y metodología con uso de la tecnología.   

Organización y fondo de tiempo escolar: las investigaciones realizadas evidencian  reducción del tiempo escolar normado. El año escolar concluye con numerosas pérdidas de clases, fenómeno ya normalizado. Esto afecta severamente el aprendizaje, sumado a la baja calidad de las sesiones de clase. La mitad del tiempo se invierte en control, organización, orientaciones, disciplinamiento, restando tiempo a lo principal, como presentar y trabajar situaciones de aprendizaje, llenando contenidos programáticos sin atender al aprendizaje. Actúan múltiples distractores: actividades extracurriculares como eventos político-culturales, talleres docentes centrados en llenar contenidos, no en aprendizajes;  actividades de aprendizaje orientadas a la repetición que no desarrollan capacidades, sin comprensión, sentido ni significado; tampoco se enseñan al estudiantado estrategias para aprender. La planificación didáctica es recicladora, formal, no ajustada, descontextualizada, sin ningún control ni asesoría de directores sumidos en otras tareas. Asesores pedagógicos de las delegaciones que incumplen sus funciones por “falta de recursos”. Tal escenario pareciera diseñado para desmotivar al estudiantado.

El siguiente artículo se centrará en Métodos y Estrategias de Enseñanza-Aprendizaje-Evaluación, enfocados al aprendizaje.