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Este jueves 15 de febrero se inició en China el “Año del Perro”, animal cuya carne ha sido consumida milenariamente en ese vasto país oriental. Hasta mediados del año pasado, su gobierno aprobó una ley prohibiendo la venta de este tipo de carne. Según datos de la oenegé Humane Society International, entre 10 y 20 millones de perros eran sacrificados cada año para consumo alimentario. En los países occidentales esa afición culinaria no se ha generalizado. Apenas nuestros indígenas comían xulos: unos perritos sin pelambre y que no ladraban.

Pero el objeto de estas líneas es rescatar la traducción de un famoso “Elogio del Perro”, o más bien a la fidelidad perruna, que en el siglo XIX pronunció un senador norteamericano de apellido West. ¿Su motivo? La condena de un hombre a la indemnización de doscientos dólares por haber muerto a balazos el perro de una señora. Al final de su genial perorata, se falló en quinientos dólares la indemnización. El nicaragüense José Andrés Urtecho (1875-1938) tradujo dicho elogio, publicado durante los años veinte en la revista Nicaragua Informativa. Es el siguiente:

“Señores jurados: El mejor amigo que creemos tener, puede volver, un día u otro, sus armas enemigas en contra nuestra. El hijo que desde la cuna hemos rodeado con los más solícitos afanes, puede pagarnos con ingratitud nuestro amor. Aquellos que están en la intimidad de nuestra vida y de nuestros afectos, a quienes confiamos nuestro nombre, nuestra felicidad y nuestra honra, pueden arrastrarlo todo consigo en el ciego derrumbe de la traición. La fortuna nos desampara cuando más necesidad tenemos de ella, y hasta la buena reputación perece, a veces, en un solo instante de irreflexiva acción. Y los que, deslumbrados por el brillo de nuestros éxitos, parecen estar siempre prontos a postrarse ante nosotros colmándonos de honra aduladora, suelen ser los primeros en arrojarnos el guijarro de la injuria cuando las sombras del infortunio nos envuelven”.

“El único amigo, de abnegación y lealtad absolutas, que tiene el hombre en este mundo egoísta, señores jurados, el que jamás le abandona, ni degenera nunca en ingrato o traidor, es el perro. Él le acompaña en la alegre bonanza como en los tristes quebrantos de la salud, en la próspera y en la adversa suerte; duerme sobre el suelo azotado por las rachas de nieve o por los fríos vendavales, porque ni puede ni quiere apartarse del lado de su amo; besa la mano que no tiene piltrafas que arrojarle; lame las heridas y golpes que recibimos en los rudos combates por la vida; vela el sueño de su amo miserable cual si este fuese un príncipe; cuando todos se van, él se queda; cuando los honores y riquezas se hunden en la nada de las vanidades humanas, su amor brilla invariable y grande, como el soldado en su órbita celeste”.

Y concluye: “Si la desgracia lanza un día a su amo sin hogar, sin familia, sin amigos, a la ruda aventura por el mundo, el perro fiel no aspira a mejor privilegio ni cede, sin vacilar, a otros impulsos que los de seguirle y defenderle contra enemigas acechanzas; y cuando finalmente suena la hora de la eternidad, y apaga la muerte el soplo de la vida de su amo, y yace su cuerpo en la húmeda y lóbrega fosa, no importa si todos los amigos se alejan y le olvidan, el noble perro se encontrará echado sobre su tumba, la cabeza entre las patas, los ojos tristes, pero abiertos en celosa y devota vigilancia, abnegado y solícito y leal hasta la muerte”.

De José Andrés Urtecho casi nadie sabe mucho en el país. Aparte de la ficha biobibliográfica que le dediqué en el “Diccionario de autores nicaragüenses” (1994), y de algunos artículos suyos insertos en “Revista Conservadora del Pensamiento Centroamericano” (núm. 88, enero, 1968), solo Aldo Díaz Lacayo ha recuperado su obra de diplomático en un volumen de 960 páginas: Archipiélago de San Andrés – Legítimos derechos de Nicaragua a la luz de la Justicia y de la Historia (Managua, Imprimatur, enero, 2003). Por algo Aldo lo considera uno de los cuatro grandes cancilleres que ha tenido nuestra República. Los otros han sido Anselmo H. Rivas (1826-1904), Diego Manuel Chamorro (1861-1923) y Miguel D’Escoto Brockmann (1933-2017). Además de ingeniero egresado de la Universidad de Pensilvania, Urtecho fue un hijo de Rivas y reconocido político e intelectual.