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José había llegado a los cuarenta, no con la impavidez propia de quien no sabe aquilatar el peso del tiempo, sino calmo, consciente, lleno de conocimientos y experiencias. En lugar de irse contra la vida y los años, que comenzaban a pesar en los pliegues de sus ojos, en la comisura de sus labios y en los juveniles bríos que algunas veces parecían abandonarle, agradecía al tiempo que se amontonaba prolijo, saturado de conocimientos, de experiencias que había sabido asimilar a costa de reflexionar y de un agudo deseo de aprender. Su mujer le miraba con preocupación mientras fingía poner toda su atención en las cebollas que cortaba delicadamente en forma de aro. Sabía de su angustia y de su frustración, aunque nunca las hubiera confesado, por el lenguaje mudo y transparente de veinte años de convivencia. Desvió los ojos cuando por enésima vez su marido volvió a revisar los avisos clasificados y a leer en voz alta como si nadie estuviera cerca: “Hombre, de buena presencia, no mayor de treinta y cinco años…”

Después de trabajar por quince años en una empresa, después de haber llegado a ser gerente, después de haberse levantado día a día dispuesto a dar de sí más allá de sus posibilidades; de pronto, sin más, como un sismo que no se anuncia y que lo resquebraja todo, la catástrofe había llegado bajo el anuncio del desempleo. La empresa había quebrado por la crisis y él había iniciado el largo peregrinaje de llevar carpetas, de visitar instituciones, de llamar por teléfono, siempre a la espera de la llamada que no llegó, del correo, del incalculable peso de la expectativa.

De nada servía acreditar experiencia, de nada servía desplegar títulos y diplomados, los querían jóvenes, muy jóvenes; de nada servían las evidencias certeras, siempre la edad como una muralla, se levantaba entre él y el posible empleo. Las visitas, las entregas de carpetas, las reiteradas respuestas: “lo llamaremos luego”, se habían convertido en una rutina; una rutina que iba levantando una ola de impotencia y resentimiento: no era joven, era verdad, pero tampoco viejo, estaba en la inefable mediana edad en donde se sabe lo que se quiere, en donde se es consciente de los límites y las posibilidades, en donde la experiencia cuenta más que la improvisación; sin embargo, aquello parecía no importar, el desempleo con sus alas de murciélago lo abatía entero y sufría la condena, él que siempre fue solvente, de no poder contar, a veces, ni siquiera con las monedas para el bus. Empezó a notar las miradas esquivas de su mujer, los niños dejaban de jugar cuando llegaba y lo miraban expectantes. A veces, por no ir a casa, por no sentir el peso gravitacional del desamparo, la rabia de su desvalidez, se quedaba en los parques girando en círculo, mirando cómo las palomas picoteaban los restos de pan que algunos chiquillos les daban, sería mejor ser una paloma o no ser nadie, o ser, quizá, como el viento que no tiene edad. La última vez, la señorita que lo entrevistó, le hizo una serie de pruebas, interminables preguntas, en todas meneaba la cabeza complacida, por último lo puso frente a una computadora y comprobó que la nueva tecnología no le era ajena; pero cuando le preguntó la edad, la maldita edad, solo dijo: “aaah”. Eso fue hace diez días. Mientras tanto su mujer hoy le advirtió que no grite, los niños huyeron cuando quiso acercárseles y hasta el gato saltó a esconderse a su paso. Pero, aún espera la llamada…

* La autora es escritora y embajadora 
del Ecuador. Su último libro publicado es 
Con (textos) fugaces.