Miguel Carranza Mena
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La península de Corea sigue siendo una fuente de tensiones militares en la región del Pacífico asiático. 

Muchos analistas de la política internacional hacen responsable de esa crisis a la República Popular Democrática de Corea  (Corea del Norte) pero en realidad el papel principal de las tensiones lo juega Estados Unidos.

En las últimas décadas Washington ha derrocado regímenes de gobierno en todo el mundo. Entre esa lista negra de la que los norteamericanos llaman cómplices del terrorismo internacional, figuran contradictoriamente países con los cuales antes colaboraba muy fructíferamente. 

Está claro que Kim Jong-un   no quiere acabar como los presidentes de Irak, Saddam Hussein, y de Libia, Muamar Gadafi. Justo por eso Pyongyang a pesar de las serias dificultades económicas gasta mucho dinero en sus armamentos nuclear para garantizar su defensa ante una invasión estadounidense.

Por ello gran parte de la responsabilidad  en el agravamiento de la crisis coreana es consecuencia de las presiones de Estados Unidos sobre Corea del Sur. Por esas mismas presiones se ha instalado en territorio surcoreano los sistemas antimisiles americanos con base en tierra “THAAD”. Esto sin duda impulsa a Kim a seguir armándose a la vista de las naciones del mundo.

Y al parecer a los norteamericanos les gusta esa idea de seguir  aumentando las tensiones económicas y políticas contra Pyongyang. Las recientes declaraciones  del presidente Donald Trump sobre que la administración de los Estados Unidos ha reunido a todas las naciones civilizadas contra el régimen brutal de la República de Corea del Norte, es evidencia de que Washington no quiere que las tensiones bajen y que se resuelvan por la vía diplomática. 

En vez de organizar un diálogo con Kim Jong-un para llegar a un acuerdo sobre el programa nuclear norcoreano, el “principal gendarme del mundo”, los Estados Unidos, prefiere seguir echándole más leña al fuego. 

Pero en medio de este conflicto se ha encendido una luz, ahora que Seúl y Pyongyang se reunieran por primera vez desde diciembre de 2015,  y expresaran su disposición de cooperar en materia de seguridad durante los Juegos Olímpicos de Invierno en Pieonchang. Este es actualmente el símbolo de la desescalada de las tensiones, junto con la participación de los dos equipos coreanos en la inauguración de los juegos bajo la bandera de la “Corea reunificada”.

La comunidad internacional ha acogido con agrado el comienzo de un diálogo entre Seúl y Pyongyang. Sin embargo  en las condiciones actuales no es suficiente de la voluntad política de los líderes de la  República Popular Democrática de Corea y Corea del Sur.

Pyongyang propone la condición  del cese de la cooperación entre Seúl y Washington, pero está claro que Estados Unidos no permitirá la realización de este escenario.

Más bien a corto plazo se espera el endurecimiento de las posiciones de la Casa Blanca por las cuestiones norcoreanas. Pero mientras la República de Corea del Norte  busca las negociaciones para la unificación con Corea del Sur, veremos qué pasa en las próximas semanas y meses. Esperemos sí que el diálogo que se acaba de iniciar se fortalezca y acabe de una vez por toda con este conflicto político militar.