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En la literatura nicaragüense, durante las últimas décadas la idea de que lo nicaragüense tiene un estilo propio, particular, cuyas manifestaciones pueden medirse o interpretarse en una forma también muy particular de la oralidad, o en la profusión de una serie de neologismos cuyo volumen, originalidad, malicia o picardía no hacen más que acrecentarse con el tiempo; ha estado generalmente asociada a la obra de Fernando Silva.

Pocos refieren, cuando se habla de esto, a otros ya numerosos autores que, antes, con y después de Silva le han dado forma particular a lo que con propiedad podemos llamar ahora lenguaje literario nicaragüense. Me refiero a esa forma con que, quizás exceptuando a Darío (cuya prosa epistolar no está exenta de esa peculiaridad de lo nicaragüense), se ha manifestado lo mejor de nuestra literatura desde inicios del siglo XX hasta ahora. 

Pero no me refiero únicamente al lenguaje. Estoy hablando también de un espíritu, un talante, un tono; un deje no solo lingüístico sino también sicológico, moral o anímico que caracteriza la personalidad de una literatura que, como pocas en Latinoamérica, se ha visto tan permeada o atravesada en su esencia por la personalidad colectiva de un pueblo, o bien, de una comunidad nacional.

La literatura nicaragüense es, valiendo por supuesto la redundancia, más característicamente nicaragüense de lo que otras literaturas nacionales lo son respecto a su propio origen en el continente. Tanto o igual que en la de Silva, en la obra de autores como Cardenal, Martínez Rivas, Mejía Sánchez, Cajina Vega, Chávez Alfaro o Ramírez; lo nicaragüense es tan inevitable como imprescindible para apreciar su verdadero valor.

Me refiero a su valor no solo cultural, en el sentido de identidad, sino también específicamente literario. En vez de negarlo o rehuirlo como a la peste, los más jóvenes deberían no solo reconocerlo, sino también asumirlo e incorporarlo a su praxis intelectual; deberían hacerlo parte medular de sus proyectos literarios. Pienso en eso ahora que he leído los tres capítulos o noveletas (independientes pero relacionados) que Víctor Chavarría ha reunido en un volumen titulado El poetilla. 

Ya antes reconocí en otro libro de narraciones de Chavarría su condición de heredero de una de las tradiciones más auténticas de nuestra lengua: la picaresca. Sus narraciones transcurren casi siempre en la plaza pública, en los lugares donde se escucha diariamente la enriquecedora y sabia voz del imaginario colectivo nicaragüense; donde bulle su cultura, donde se afila y se macera su lengua, principal instrumento de sabiduría. 

Chavarría funde su creatividad o su inventiva propiamente literaria, con la creatividad de la calle, de las gentes, de esas voces que resuenan en la plaza pública y de las que todo buen escritor debe nutrirse. No anda buscando como purgarse de localidad, tampoco es un cultor de lo pintoresco o de lo meramente folclórico.

No busca ser leído en clave universal. Anda buscando más bien cómo encontrar respuestas en la búsqueda de una forma que, en lo marginal nicaragüense, pueda sustentar una lectura válidamente literaria de sus textos. No evita las trampas del color local, más bien las enfrenta con valentía. Pero no renuncia tampoco a cierta densidad literaria, a ciertos guiños intertextuales perceptibles a veces solo por el ojo avisado. 

Esa ambigüedad o mezcla antagónica es lo que le da un carácter auténtico a su trabajo. Y es también el conflicto que actualmente afecta a nuestra nueva literatura y el que podría hacer despuntar su verdadero valor. 

La voz narrativa de El poetilla es la de un paseante solitario en una plaza pública, invadiendo el espacio público y acogiendo sus múltiples voces convocándolas al diálogo; un paseante que se niega a reconocer los límites de las jerarquías sociales; un paseante que observa y narra desde una perspectiva anónima: ángulo discreto desde el cual, si bien tiende a tornarse protagónico, también evita ser reconocido; busca más bien cómo perderse en los pliegues de la narración, en la muchedumbre de voces que se cuela entre sus diálogos.

Con el estilo o las maneras frecuentemente desparpajadas de eso que, con una pizca de chauvinismo y de vanidad literaria llamamos lenguaje nicaragüense, Chavarría asume, aquí y ahora, uno de los retos más importantes de la narrativa contemporánea: el de hacer literatura desde los márgenes.