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La distancia que el tiempo va poniendo entre el lenguaje cotidiano de la política y los hechos que les dieron origen, se hace cada vez más grande. Sobre todo, para quienes, por no haber vivido muchos de los sucesos mencionados con regularidad, por mal informados o por analfabetismo político, apenas reconocen una relación formal entre las palabras y los hechos. Se utilizan palabras y conceptos más por la costumbre de estarlos escuchando de forma permanente, que por tener conocimiento real de su significado.

Revolución, socialismo, marxismo y comunismo ya no reflejan toda la realidad de las muchas partes en donde se les utilizó. Ya no reflejan de forma cabal la realidad de ningún país, pero ahí están en los medios de comunicación todo el tiempo, desgastándose por su mal uso. Es claro que este divorcio entre lenguaje y realidad en la propaganda política e ideológica nunca ha sido espontáneo. Es cultivado con esmero de artesano y, al mismo tiempo, mediante las técnicas más avanzadas técnicas de la información.

El motivo, es sencillo: Revolución, socialismo, marxismo y comunismo han sido conceptos largamente satanizados, desde la raíz misma de la confrontación ideológica ubicada al aproximarse el final de la primera mitad del Siglo XIX, cuando Carlos Marx y Federico Engels, la sacaron del ámbito de la filosofía y la hicieron extensiva al movimiento social cuando en 1848 publicaron el Manifiesto Comunista (para ellos, la filosofía no era sólo para interpretar el mundo, sino para cambiarlo). Luego, sus concepciones pasaron a ser parte inseparable de la lucha entre el movimiento obrero y los defensores del sistema capitalista. Incluso, entre las tendencias rivales del movimiento obrero internacional; al principio, más europeo que mundial, entre obreros marxistas y de otras corrientes, que derivaron en comunistas y socialdemócratas.

Esta confrontación tuvo su primer período culminante antes, durante y después de la Primera Guerra Mundial (1914-1918); comenzó a tomar proporciones extraordinarias con el triunfo de la revolución rusa (1917) y aún hoy, no ha cesado, pese a la autodestrucción de la Unión Soviética. Su mayor auge, lo tuvo durante el fin de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y comienzo de la Guerra Fría, la cual todavía está viva en el lenguaje de la derecha y de cierta izquierda. De esta actualidad estoy hablando, cuando la revolución, el socialismo, el marxismo y el comunismo dejaron de tener vigencia como ideología dominante y como práctica política en su cuna rusa. Pero, básicamente, siguen vigentes con la revolución cubana.

Ninguno de los conceptos mencionados, y satanizados, tienen ya su expresión original, pues ningún fenómeno social o ideológico se queda estático. Son fenómenos dialécticos, que factores propios y ajenos –o hechos muy particulares— les hace evolucionar y tomar nuevas formas de exteriorizarse. Cuando la revolución mata su propia evolución, lo cual es antidialéctico, los conceptos y la práctica política se vuelven su contrario, en contrarrevolución. Ya pasó en la antigua Unión Soviética.

Pero estos fenómenos no le interesan a ningún propagandista político profesional de la derecha, cuyos trabajos se divulgan a través de la educación, la literatura, la información diaria, los comentarios y los editoriales en los medios de comunicación. Su fin, es ocultarlos y explotar al máximo, y con regularidad planificada, los significados peyorativos o satanizados de esos conceptos.

Por eso, topamos con términos y frases cliché, como “la guerrilla marxista”, cuando se refieren a una organización extremista y secuestradora que de marxista ya no tiene nada, si acaso algún día lo tuvo. El marxismo como ciencia ya no existe en su lenguaje, sino el “marxismo” satanizado como generador de violencia política. Es así, aunque entre estos dos “marxismos” no haya ninguna relación, o la tuvieron en un lejano día. Lo mismo pasa con términos cliché, como “el líder comunista”, cuando se refieren a Daniel Ortega, a quien, en verdad, hasta el sandinismo se le ha desgastado. O referencias a la “primera y segunda dictadura comunista o marxista de Ortega”.

La tergiversación es constante en los medios de la derecha. Pero ocurre también que la utilizan conscientemente –en el caso nicaragüense—, los líderes orteguistas, porque les conviene. Cuando se refieren a sí mismos, se dicen “revolucionarios”, a su movimiento político lo llaman “partido revolucionario” y a su régimen como “la revolución” que construye “el socialismo del Siglo XXI”. Este no es un fenómeno nacional, hay otros casos similares en América Latina, aunque lo “nuestro” tiene flagrantes extremos contradictorios. Todo está en el discurso, sin nada o casi nada de relación con la realidad.

El desgaste del significado de los conceptos, no siempre son premeditados ni con fines políticos adversos, sino por costumbre. Pienso en casos en los que, en verdad, lo revolucionario en un país es relativo a su bajo nivel de desarrollo, pero no significa que se trate de una auténtica revolución. Una campaña de alfabetización, es revolucionaria en donde los niveles de analfabetismo son históricamente elevados, y el país recién alfabetizado es de los más pobres del mundo. Pero reducir el analfabetismo al mínimo no es revolucionario en un país capitalista, cuyo desarrollo le exige un alto nivel de educación en su sociedad. Ahí es, sencillamente, una medida progresista sin ningún propósito ni buscando efectos revolucionarios.

Iguales o parecidos ejemplos se pueden encontrar entre un país capitalista desarrollado y otro país empobrecido con una economía precapitalista; en el primero, las reformas son para atenuar las contradicciones sociales y proteger el sistema; en el segundo, son reformas destinadas a buscar cambios estructurales.

Cuando decimos que el actual gobierno no está impulsando ninguna revolución, sino haciendo proyectos sociales cosméticos –entregando gallinitas y cerditos a los campesinos—, es porque aquí hace mucho tiempo desapareció la reforma agraria. ¿Y quién va a creer en una “revolución” que no tiene la reforma agraria entre sus objetivos, si no que más bien los mismos líderes se han quedado con las tierras, que alguna vez fueron reformadas, otras han regresado a manos de viejos latifundistas o son mañosamente adquiridas por nuevos geófagos? ¿Cuál ha sido parte de la función de la justicia oficial orteguista, sino amparar la corrupción en la redistribución de la tierra?
El orteguismo no sólo ha tomado el poder como fuente de enriquecimiento, sino también para engañar a los pobres con proyectos sociales limitados, presentándoselos como parte de “su revolución”, la de los pobres. Y junto a este engaño, los proyectos asistencialistas se los está cobrando a toda la población con sus derechos políticos y libertades públicas, como muy bien lo ha dejado señalado en su artículo, el periodista y escritor Guillermo Cortés Domínguez (END, 15/4/09).

El desgaste sistemático de los conceptos es una empresa mixta que deja buenos dividendos a la derecha y a la seudo izquierda orteguista.