Ricardo Guzmán Sánchez
  •   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Cuba es como una hermana de la cual crecemos escuchando historias. Tan próxima y distante a la vez, es difícil hacernos una imagen precisa de ella. Pese a sus limitaciones, la isla es un indiscutible referente latinoamericano en medicina, arte, educación, deporte y otras disciplinas. 

Por un lado, como afirma el puertorriqueño Maldonado Class, “el triunfo de la Revolución Cubana en 1959 fomentó grandemente el deseo de cambio que albergaban muchos sectores marginales en el territorio hispanoamericano”. De ahí que los ideales que encarnó la Revolución Popular Sandinista (RPS) nos hermanaran con Cuba. 

Por otro, el bombardeo ideológico de Estados Unidos y sus aliados políticos, con el poderío mediático, ha distorsionado ese vínculo filial y confundido (clarificado, dirán algunos) la imagen de Cuba, aun cuando es “muy próxima” a nuestra patria.

¿Cuál es la Cuba real? Tantas versiones nos imposibilitan definirla. No obstante, hay dos cuyo peso es insoslayable. La que heredamos con el triunfo de la RPS en 1979, que marca un antes (José Martí-Rubén Darío) y un después (Fidel Castro-Carlos Fonseca) en la historia de la relación Cuba-Nicaragua, y la que sistemáticamente ha atacado el Coloso del Norte en función de sus intereses político-económicos.

Woody Allen sostenía que el mayor vehículo de penetración ideológica de Estados Unidos era el cine. Es menester sumar toda su tecnología, la cual consumimos sin objeciones, dando por cierto todo lo que nos pone de frente, pues como aseveraba Marx, quien tiene el medio tiene el poder y nada confiere más poder sobre los demás que la incertidumbre y el miedo que les provocamos.

Las noticias falsas que circulan en redes sociales fijan o alteran la opinión pública. La manipulación de los hechos nos ofrece imágenes distorsionadas de la realidad. Los medios de ideología neoliberal atacan a Cuba, so pretexto de que, como no se abre al consumo masivo de tecnología e Internet, está negándole la verdad a su pueblo, apresándolo y violando su libertad de expresión. No señalan, sin embargo, que las telecomunicaciones limitan (o potencian, según las usemos) nuestras capacidades intelectuales. Los autómatas abundan y, como en “Matrix”, ven un maravilloso desarrollo donde solo hay pobreza e ignorancia. 

De algún modo, la Cuba que conocemos es como el Oriente de Edward Said, una creación de los conquistadores, quienes interpretan a las culturas “otras” con base en sus prejuicios etnocéntricos, considerándolas inferiores. Por algo, Richard Gelles y Ann Levine señalan que “los norteamericanos están dispuestos a luchar ‘para mantener el mundo a salvo y en democracia’”. Es decir, se ven como el modelo de virtudes, como los salvadores de los pueblos “oprimidos” de América, aunque detrás de ello sus intenciones sean diferentes. 

De forma reductiva, la idea que tenemos de Cuba es de una nación bloqueada económicamente por Estados Unidos, a manera de castigo por el “régimen” en la isla, causa de su condición de “marginalidad”. No evaluamos el hecho de que la no “apertura” cubana es una negativa a las injerencias gringas y las condiciones que exigen, las cuales a veces representan desventajas comerciales para nuestros pueblos, aunque las instituciones de nuestros Estados nos las pinten como logros y oportunidades.  

El mar Caribe tiene muchas islas, ¿por qué solo Cuba es el blanco de ataques ideológico-políticos estadounidenses? Las demás ya fueron “liberadas de las tiranías” y se constituyeron en repúblicas “democráticas” gracias a las acciones emancipadoras norteamericanas; nadie señala, sin embargo, que las que tienen mejores recursos son, en pleno siglo XXI, colonias de las principales potencias neoliberales y, las que no despiertan grandes expectativas, forman parte de los países más pobres del mundo, como el histórico caso de Haití.

Admitir que el bloqueo yanqui constituye un castigo impuesto a Cuba por oponerse a la “política del buen vecino”, es justificar el abuso de poder y creer que la isla es la única responsable de su “estado de precariedad”, así como restarle soberanía, dignidad y orgullo. Sin esa actitud, la patria de Martí dependería enteramente, como la mayoría de nuestras naciones, de la tecnología y el petróleo estadounidenses, que nos obligan a exportar lo mejor de nuestra producción agrícola y pecuaria, en detrimento de la satisfacción de los mercados nacionales, y a practicar el consumo irracional que, a la larga, nos ha generado grandes niveles de contaminación. 

Cuba es hoy un país verde, limpio, con un equilibrio ecológico inigualable en nuestro continente. Hay una Cuba por descubrir, inconquistable. 

rguzmanche@gmail.com