Gustavo-Adolfo Vargas*
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A más de medio siglo de la muerte del famoso primer ministro británico, su lugar en la historia sigue siendo controversial. “La verdad raramente es pura y nunca es simple”: esta frase de Oscar Wilde podría describir la vida y el legado del líder británico más famoso, Winston Churchill, “un gigante político que llevaba su racismo e imperialismo con orgullo”.

La vida de Churchill estuvo llena de “innumerables horas de ignominia y mendacidad”. Nacido en 1874, desde temprana edad sintió fascinación por la guerra y la vida militar, él sí vivió la guerra de cerca, presenciando combates en la India, Sudán y el Frente Occidental en la Primera Guerra Mundial, cuando era un joven oficial.

Su creencia en la jerarquía racista quedó reflejada en el testimonio que dio en 1937 a la Comisión Peel, que pretendía investigar el levantamiento árabe contra la afluencia de judíos europeos a Palestina con la connivencia de los británicos.

Cuando le preguntaron sobre los derechos de los pueblos autóctonos de Palestina, Churchill se negó a reconocer que los tuvieran: “No admito, por ejemplo que se haya hecho un gran mal a los indios rojos de América y al pueblo negro de Australia. No admito que se haya hecho un mal a estos pueblos por el hecho de que una raza superior, una raza de grado superior, una raza con más sabiduría sobre el mundo por decirlo de una manera, haya llegado y ocupado su lugar”.

Años antes, cuando era secretario de Estado de Guerra, defendió el uso de armas químicas para suprimir las rebeliones en la India e Irak. “Estoy firmemente a favor de usar gas envenenado contra las tribus no civilizadas”, escribió.

Durante la hambruna de Bengala en 1943, Churchill ordenó mandar a Europa desde la India una gran cantidad de alimentos que la población del subcontinente necesitaba desesperadamente. Que 70,000 toneladas de comida se exportaran en tales circunstancias en los primeros sietes meses de 1943, es un hecho escalofriante, pues hubiesen podido salvar la vida de 400,000 personas durante un año. 

Nacido con la sangre de la aristocracia británica en sus venas, fue un hombre para quien el mundo estaba dividido entre los pueblos europeos blancos, racial y culturalmente superiores, y los europeos no blancos destinados a desempeñar el papel de los actuales ilotas.

Más que un líder de guerra, fue un racista genocida, más de tres millones de hindúes muertos de hambre por su causa durante la segunda guerra mundial, bombardeo de la población civil alemana como método de terror y muchas atrocidades más.

Era ludópata y alcohólico, derrochó toda una fortuna y quedó en quiebra. Antes de la segunda guerra mundial, afirmaba acerca del peligro que representaban los judíos para la sociedad europea, luego cambiaría de opinión y le declararía la guerra a Hitler. Solo estaba en contra de la conversión masiva de judíos al comunismo y se lamentaba que no eligieran el camino del sionismo.

Este es uno de los más oscuros personajes de la historia, un déspota asesino y sin escrúpulos, pero la seudoprensa y la derecha sionista de la cual él era parte lo elevan al podio de la heroicidad.

Siendo muy joven, cuando viajó a Cuba como corresponsal de guerra inglés, sacó sus garras de racista y colonialista, describiendo a los mambises como negros e inferiores y a Weiler, un asesino de su calaña que usaba campos de concentración y fusilaba sin contemplación a niños y ancianos, como héroe.

Churchill tenía muy poco interés por la historia social o económica. Consideraba que el factor decisivo en todo proceso histórico eran las acciones de los individuos, en lugar de los procesos sociales y económicos.

Toda su vida manifestó un profundo elitismo y despreció cualquier tipo de reforma que implicara una mejora en campos como la educación o la seguridad social.

No le importaban los desmanes ni las brutalidades nazis, únicamente buscaba el interés del imperio británico o, más bien, el de su propia clase adinerada. Enmascarada de lucha por la democracia, Churchill llevó a cabo siempre una política orientada a destruir a quienes amenazaran tales intereses, disfrazándola primero de lucha contra el comunismo, luego contra los nazis, y luego otra vez contra el comunismo. 

Dada su naturaleza amoral y de doble cara, Churchill pactó con Hitler la ocupación de Austria, Checoslovaquia y Polonia, mató a fuego con su ejército ocupante y de hambre a millones de indios, chinos e irlandeses sin piedad ya que los categorizaba como seres inferiores.

* Diplomático, jurista y politólogo