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Vuelvo a ver el reloj en mi mesa de noche. Las dos y cincuenta y nueve. Miro hacia mi ventana, donde puedo ver las siluetas de mis perros, profundamente dormidos. Hasta ellos pueden conciliar el sueño mejor que yo. Me levanto y vuelvo a mirar el reloj. Las tres de la mañana. Bueno, parece que esta noche no voy a dormir. Me dirijo hacia la sala y enciendo la televisión, con la esperanza de encontrar algún programa que me ayude a pasar las horas hasta que amanezca. Pero la televisión por cable cumple con su reputación: más de cien canales y no hay ningún programa que capte mi interés. Lo curioso es que durante la noche se ve algo que no se ve durante el día. Me refiero, por supuesto, al contenido pornográfico con el que me encuentro en canales que durante el día sólo muestran películas aburridísimas y programas sobre gente que se la pasa llorando de la felicidad.

Jean Jacques Rousseau nos dice en su obra sobre la educación “El Emilio”, que todo es bueno en manos de Dios, y que todo se degenera con el hombre. Un ejemplo perfecto es la sexualidad. Mujeres en traje de baño acostadas sobre carros lujosos, un hombre extraordinariamente bello no puede quitarle las manos de encima a su pareja gracias al carísimo perfume que ésta utiliza, y Britney Spears trata de reiniciar su carrera haciendo de bailarina exótica en su nuevo vídeo. El sexo vende, eso está más que claro. ¿Por qué estaría por todos lados si no es porque genera ventas? Los medios de comunicación han sido invadidos por la comercialización del sexo, en especial la televisión. Durante el día abundan los programas como “Girls of the Playboy Mansion”, donde uno puede disfrutar de las vacías aventuras de las novias rubias de Hugh Heffner, el magnate de la pornografía. Sin embargo, durante la noche, los programas pierden esa fachada burlesca con la cual se logra medio disfrazar su naturaleza sexual, y no puedo encender la televisión sin encontrarme por lo menos cinco películas pornográficas. Me cuesta mucho trabajo comprender cómo una versión tan torcida de la sexualidad puede estar a tan fácil alcance de los niños, cuyos criterios aún están en plena formación y pueden ser fuertemente impactados por estos programas que, por su naturaleza lujuriosa y muchas veces machista, transforma la sexualidad en algo obsceno y escandaloso. Sumemos el hecho que hoy en día muchos padres no se preocupan lo suficiente por asegurarse que sus hijos reciban una buena educación ética, moral, y sobre todo sexual, dejándole la tarea a las escuelas y a los medios de comunicación, principalmente a la televisión, y tenemos un verdadero problema en nuestras manos. La solución es muy simple: brindarle a los niños una buena educación sexual.

Lo que no resulta tan simple es poner en práctica esta solución, ya que significaría cambiar por completo nuestra sociedad. Vivimos en un mundo donde la sexualidad juega un papel importantísimo, y sin embargo se les enseña a los niños que es un tema tabú que no se debe discutir, y ésta es la actitud más errónea que se puede tomar para con ella, ya que verla como algo prohibido e inmoral es el primer paso hacia la perversión del tema. Rousseau nos dice que hay que dejar que el niño crezca con naturalidad. La sexualidad es en sí algo natural, y así debe ser tratada. Por esta razón la educación sexual debe empezarse lo más anticipadamente posible. El niño va descubriendo su propia sexualidad desde una edad muy temprana, y debe sentirse cómodo al hacerlo, libre de prejuicios, miedos y confusiones inducidas por la ignorancia. Es importante que comprenda que sólo porque la sexualidad es muy personal y privada no quiere decir que sea algo malo o indecoroso.

La educación sexual es en sí algo suficientemente complicado, más aún cuando agregamos nuestros temores y prejuicios. No obstante, la depravación de la sexualidad en los medios de comunicación es un problema que complica aún más la situación. Los niños ven a sus cantantes favoritas paseándose por la tarima en ropa interior, encienden la televisión a media noche y se encuentran con una orgía sadomasoquista, y los vídeos musicales muestran cada vez más piel para acompañar canciones cada vez más sugestivas. No es tan sorprendente, en realidad, que la degeneración de la sexualidad haya llegado hasta el punto que ha llegado. El educador debe encontrar la manera de explicarle al niño la diferencia entre la versión torcida de la sexualidad que nos presenta la pornografía (la cual muestra a la mujer como un objeto a ser usado únicamente para el placer del hombre y presenta la sexualidad como algo desvergonzado, transformando lo que debería ser un acto de amor y ternura en algo animal e indecente) y una sexualidad saludable. El niño debe comprender los límites que los medios de comunicación sobrepasan en su afán de generar ventas, y debe aprender a establecer sus propios límites para conservar su autoestima y respeto hacia sí mismo.

Otra indicación que nos da Rousseau es que el educador debe mostrar sutileza al dirigirse al niño. Esto es de gran importancia, ya que en un mundo donde la sexualidad está rodeada de tantos mitos y tabúes, el educador debe tener la suficiente delicadeza como para ser abierto acerca de la sexualidad, y dirigirse al niño de tal manera que pueda formar su propio criterio sobre ésta, sin ser intimidante ni exigir su propio punto de vista ante él.

La educación sexual es un elemento fundamental en la sociedad de hoy, y ha sido descuidada. Cierto, la comercialización del sexo ha generado mucho dinero, pero en el proceso también ha creado mucha confusión y muchos prejuicios. En un mundo donde la sexualidad juega un papel tan importante, es ridículo tratar de ocultarla. La única solución es educar a los niños para que ellos formen sus propios puntos de vista, y de esta manera destruir el círculo de escrúpulos y temores que hasta ahora han rodeado la sexualidad y nos han llevado al grado de degeneración al que hemos llegado.

*Estudiante de Comunicación UCA