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En el artículo “Equidad de Género y Competitividad”, incorporado en la obra “Historia y Reconciliación” (Editorial NOS-OTROS, 2008), del Instituto “Martin Luther King-Upoli, las autoras Mieke Vanderschaeghe y Patricia Lindo, realizan un análisis de la situación económica, laboral, familiar y social de las mujeres en Nicaragua, desde una perspectiva de género. Temáticas como la equidad social y de género, distribución social justa de los recursos y la responsabilidad social de las empresas públicas y privadas, son abordadas de manera realista, sin disimulos y de forma crítica, pero propositiva.

El artículo, brinda información basada en el sector agropecuario, específicamente en el rubro del café, demostrando cómo las mujeres que laboran para grandes empresas cafetaleras (en los departamentos de Matagalpa y Jinotega) trabajan como mano de obra barata.

Es sabido, que la empresa empleadora siempre buscará menos costos, bajará la inversión en su personal y asegurará mayores beneficios económicos, lo que se logra mediante la contratación de la mano de obra barata femenina. No es de sorprender, que con el fin de mantenerse en el mercado, las empresas recurran a la misma, omitiendo con ello, atender y cumplir los estándares humanos y laborales mínimos.

Si bien producto de la globalización, la competitividad se tornó agresiva e inhumana, ha llegado al punto de hacer de las empresas un cíclope de los valores. El downgrading o vía de la competitividad por la ruta baja se instaura, adopta e impera. Las especialistas aseguran: “la competitividad de Nicaragua está construida sobre la abundancia de su mano de obra barata –es decir- sobre la abundancia de su pobreza”.

Sumado a lo anterior, la convicción de los empresarios de que explotar el capital humano genera ingresos rápidos, produce consecuencias nocivas para las trabajadoras, poniendo en riesgo y afectando su calidad de vida y la de su familia. Por ello, las autoras consideran que es preciso restituir las relaciones quebrantadas entre el género y las empresas, hay que construir una competitividad diferente, donde el crecimiento económico se genere y nutra a partir de la equidad y el desarrollo humano y no de la explotación y la pobreza. Ellas proponen medidas factibles y acciones concretas que bien podrían revertir la situación.

La paradoja…

Los datos de la investigación demuestran que las mujeres son el mayor número de trabajadoras dentro de las empresas, son las que tienen mayor carga laboral, pero reciben una menor remuneración que los hombres, no tienen acceso a puestos importantes o a ser titulares de bienes que les permitan entrar en la competitividad. Esta situación desigual se visualiza en la entrevista realizada por las investigadoras al gerente de una gran empresa cafetalera en el departamento de Jinotega, quien declaró: “Es claro que las mujeres son más cuidadosas en los procesos de manejo de calidad del café, pero la diferencia más evidente es en la calidad de vida de las familias cafetaleras con jefes de hogar mujeres”, agregando: “Los hombres (…) pasan por la primera venta de licor o terminan gastando sus reales con otra mujer”.

Entonces cabe preguntar por qué si las mujeres sustentan el desarrollo del capital humano, no cuentan con recursos, con información, no forman parte de las decisiones con sus parejas sobre la estrategia económica y las inversiones que más convienen a la familia. Por qué si los hombres gastan los ingresos que controlan de una manera sistemáticamente distinta a las mujeres, no se replantean los esquemas, si quien controla los recursos e ingresos familiares incide de forma decisiva sobre indicadores claves del desarrollo humano.

Decálogo para conciliar la equidad de género con la competitividad empresarial:
1. Construir una competitividad cimentada en la justicia social y de género, capaz de reparar la brecha que existe entre la igualdad de género y la competitividad de las empresas.

2. Invertir en las capacidades del capital humano constantemente para fortalecerlo.

3. Empoderar a las personas en los eslabones de mejor valor agregado.

4. Generar mayor equidad económica e invertir en las personas, empezando por necesidades básicas como educación y nutrición, hasta su empoderamiento como persona y ciudadano.

5. Reconciliar los sujetos contrapuestos, a través del reconocimiento del otro/a, de sus intereses y percepciones y la tolerancia y aceptación hacia los mismos.

6. Apostar por un cambio cultural en las familias, las comunidades e instituciones.

7. Promover cambios culturales hacia relaciones familiares más equitativas, buscar un control más igualitario de los recursos e ingresos para la generación de oportunidades para todos/as.

8. Centrar las intervenciones para el desarrollo en términos de conocimiento que toquen sistemáticamente los 4 ámbitos del ser humano: cuerpo (necesidades, economía), mente (necesidad de conocimiento, razón), emociones (necesidad de afecto) y espíritu (necesidad de armonía).

9. Cambiar los valores que hasta ahora hemos adoptado para transformarlos en un medio ambiente saludable, de no violencia, educación creciente y atención a las nuevas necesidades. Es un derecho exigir tales condiciones.

10. Conciliar las políticas de competitividad impuestas por la globalización y el enriquecimiento injusto, con el género.

Estas recomendaciones constituyen un aporte fundamental, y deben ser meditadas por los actores de toma de decisiones dentro de las empresas, ya que revelan puntualmente cómo desarticular y transformar el establishment para volverlo gradualmente hacia la equidad social y de género.

En síntesis, las dos investigadoras concluyen que la fórmula para el progreso social justo es conciliar la equidad de género y la competitividad. No obstante, reconociendo la dificultad y extensión del trecho por andar, su artículo finaliza cuestionando: “¿en qué medida cambiaría el bienestar humano si las mujeres tuvieran mayor incidencia y control de ingresos a nivel de sus familias?” Con seguridad, el desarrollo social sería cualitativamente sustantivo, pero mientras primen arquetipos que vayan en detrimento de los valores fundamentales, mientras la Reconciliación no se asuma por los Estados y la sociedad, como puente y propulsor de la justicia, paz, equidad y bienestar común, la crisis económica mundial y la inequidad, continuarán acrecentando la profunda fisura que nos fragmenta y los valores serán cada vez más asediados por la urgencia empresarial de subsistir en un mercado globalizado inhumano y degradante.

*Instituto Martin Luther King-Upoli