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Hace tres días celebramos el Día Internacional de la Mujer, día en que todo el planeta rindió homenaje a las luchas y sacrificios de aquellas a las que se ha llamado la otra mitad del cielo. 

Quiero, por medio de estas letras, rendir homenaje a esas heroínas anónimas, a esa multitud de madres, abuelas, tías, esposas, amantes, compañeras, hermanas, amigas que sostienen con brazos muy visibles al país; que hacen identidad y hacen patria; que desde el fogón de los afectos sostienen a brazo partido al hijo sin empleo, al esposo emigrante, al hogar desplazado, al hermano sin esperanzas, al padre enfermo. Que hacen que una casa se llame hogar. Que saben enhebrar la magia del detalle, de lo cotidiano, de lo diminuto. Que saben dar felicidad y recibirla. Que sin ser expertas en finanzas, ni estudiar economía, son magas en el arte de estirar los sueldos y administrar la casa. Que mantienen las utopías necesarias como escudos protectores para que los hijos, a pesar de tiempos y circunstancias, crezcan alentados en la fe y la esperanza. Que junto a la sopa saben brindar los nutrientes del espíritu, y que son capaces de proezas físicas al desdoblarse en la doble jornadas de la casa y el trabajo. Que desde la 
oficina dirigen a control remoto el hogar.

Mi homenaje a aquellas que se rajan el alma, que se juegan la vida, que empeñan los ojos, para llevar un bocado a los hijos. Que nadie sabe cómo, pero se dan tiempo para todo. Que en las luchas del poder eligen el amor. Que detestan la guerra porque son alumbradoras de vida. Que en las tempestades se erigen en rocas sobre las que golpean inclementes las olas de la crisis. 

A esas madres heroicas que a pesar del abandono o la pobreza toman fuerzas del amor para sacar adelante a sus hijos. A esas valientes mujeres capaces de denunciar una agresión, hacerle frente y gritar: ¡Ya basta! Aquellas que van recogiendo con pala los pedacitos destrozados de su autoestima para, como diligentes hormiguitas, volver a construirla. A esas mujeres solidarias empeñadas en ayudar a otras, y también a aquellas que aún no han salido del abismo.

A esas madres maravillosas que ven todavía el mundo como si Dios recién lo hubiera parido y son capaces de señalarnos en las oscuras noches del alma, las estrellas. A esas amigas, comadres y compinches, que hacen dulce, liviana y ligera la vida. A esas tías viejas que como pajaritos saltan de rama en rama prestas a asistirnos con el enfermo, a consolarnos en los duelos, a hacer uso de su sabiduría y paciencia milenaria para sostenernos. A esas abuelas tan abuelas que azucaran y espolvorean la vida con sus relatos y afectos. A esas desconocidas mujeres, para quienes “El aforismo sobre el agua” de Lao Tse parece haber sido escrito: “Nada en el mundo es tan blando, tan inconstante como el agua. Nada tan poderoso, capaz de doblegar a los más fuertes, invencible, porque a todo se allana. Todo el mundo lo sabe: la debilidad vence a la fuerza, la blandura vence a la rigidez...”.

A las mujeres sabias que nos legó la historia y a todas aquellas que están dispuestas a romper puertas y ventanas para ser respetadas y reconocidas. A todas ellas, mi solidaridad, mi veneración, mi afecto, mi ternura.

*Escritora ecuatoriana