Jorge Eduardo Arellano
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Javier es un ciudadano de un barrio, no participa de las decisiones del poder político ni económico. No es funcionario público ni tiene vida partidaria activa, aunque su origen es sandinista. Lee periódicos, escucha radio y ve televisión, a través de ello se entera de la polémica entre opositores y gobierno, entre representantes de poderes del Estado, líderes empresariales, analistas e intelectuales de las autollamadas “organizaciones de la sociedad civil” y “fuerzas vivas de la nación”. Reconoce lo inútil de las discusiones, el tiempo perdido. Ve en la raíz el problema de los habitantes: pobreza, desigualdad, analfabetismo, no acceso al crédito ni a la propiedad. Conoce que el 65% de la población está en condiciones de pobreza. En esa realidad reconoce ser un privilegiado, eso le atribuye cierta culpa, porque tiene trabajo, ingresos, lee y escribe, las necesidades básicas de su familia no son, afortunadamente, preocupaciones sin solución, siente que una mayoría cercana está entrampada en la miseria. No logra entender la discusión intolerante, las páginas escritas, las horas de foros al aire a través de los medios de comunicación, las disertaciones en legislativa, judicial o municipal. Cuando habla con alguien, desde la llanura, le parece palpar que los problemas están en otro lado, no tienen nada que ver con aquello que agota los tiempos del discurso donde cada quien se preocupa por escucharse desde su propia voz, padeciendo un crónico autismo social sin oír al otro. La palabra brota espumosa, debajo, los hechos siguen donde están, dramáticos, inhumanos, sin solidaridad, como una piedra donde nos quebramos reiteradamente los dientes.

En su barrio han organizado el Comité del Poder Ciudadano, ha sido invitado y asiste cuando puede. Escucha y opina, la agenda es la de su vecindario: alumbrado público, manjoles tapiados, inseguridad ciudadana, arreglo del parque, piñata de Navidad para los niños, colecta de ayuda para las víctimas de aquí y allá... La mayoría de asistentes son mujeres, también hay jóvenes, pocos hombres, Javier es uno de ellos. Van a elegir dos secretarías vacantes. Una joven se autopropone para la secretaría de la mujer, expresa sus argumentos. Es nueva en el barrio, pero su intervención es elocuente, una joven valiente para expresarse con propiedad, la mayoría levanta la mano y resulta electa. Nadie sabe ni pregunta cuál es su filiación partidaria, no tiene importancia. La aplauden, la joven sonríe. Es necesario elegir también al encargado de juventud y deportes, surgen propuestas, diversas opiniones, los candidatos expresan sus intenciones, son muchachos del barrio, uno de ellos es jugador de basket, sale electo, el joven saluda y una barra de asistentes, compañeros de juegos y tertulias lo ovaciona. Su filiación partidaria la desconozco, percibo que es entusiasta, parece tener buenas ideas sobre cosas a emprender. Alguien indica cuántas secretarías debe tener un CPC, una mujer, con la imagen del Che en su camiseta, desde los participantes, levanta la mano, contradice lo dicho, afirma que en cada barrio debemos tener las secretarías necesarias según nuestras valoraciones, todos están de acuerdo. Es de noche, la reunión es al aire libre, los zancudos se filtran entre los asistentes, hay que darse prisa para concluir porque estos piquetes son insoportables. Hay aplausos finales, luego algunos vecinos platican, unos ríen, otros se sientan en los andenes o se van caminando entre las calles...

En el barrio donde vive Javier hay gente de distintas simpatías políticas, credos religiosos, edades, ocupaciones y desocupaciones. A todos le une ser vecinos, muchos se conocen desde hace tiempo, sus hijos se han hecho amigos, se ven salir y llegar cada día. Los une el ser nicaragüense, y más que eso, seres humanos, están obligados a la convivencia solidaria y tolerante, cada quien lo entiende a su manera, allí se sigue socialmente viviendo con dificultades y contradicciones.

Javier tiene conocidos de distintas posiciones partidarias, económicas, sociales y religiosas. Reunido con un simpatizante del partido de gobierno, un disidente sandinista y un liberal sin apellidos, como en todas las discusiones, para matar el tiempo, sale el tema: ¿son legales o ilegales los CPC? Para Javier la legalidad suele ser una “falsedad disfrazada”, hay relatividad en el asunto; pregunta: ¿Qué es la democracia y qué la participación?, ¿quiénes deben participar? Cada quien expresa diversos puntos de vista, desde los filosóficos, hasta los más comunes entre los comunes. El gobierno y el partido en el gobierno han impulsado la organización de los CPC como una red de participación/ejercicio del poder ciudadano en el campo y la ciudad, si lo logra, tendrá una indudable capacidad de movilización para impulsar proyectos y transformaciones desde el nivel local. ¿Es así o no? Todos coinciden, pero vuelven otra vez sobre la “ilegalidad”; se dice que son instancias partidarias, excluyentes. Les cuenta que ha estado en ellas, otros opinan y nunca han visto cómo funciona, hablan sobre lo que dicen y repiten otros. Varias de las caras en las reuniones a donde ha asistido son sandinistas, muchos sin filiación. Pregunta: ¿Por qué los partidos no crean en el nivel territorial redes similares? Algunos dicen que las tienen, entonces ¿de qué se preocupan? Éstas tienen el amparo del Estado, afirman unos. Reconocen que las que poseen no son tan amplias ni extendidas como éstas, que el sandinismo oficial está creando una fuerte capacidad local. Javier pregunta: Entonces ¿por qué no orientan a sus afiliados, en el caso de no tener capacidad de crear redes propias, que se incorporen a esas organizaciones, participen, promuevan propuestas, asuman cargos, fortalezcan su liderazgo local? Nadie sabe exactamente por qué, la discusión se ha quedado en la cumbre, ¿por ceguera u obsesión?, los niveles intermedios y de base de esas otras “fuerzas políticas” están confundidas, algunos, por iniciativa propia se han incorporados en los CPC, otros dudan, algunos exaltan viejos temores.

Dado que Javier no es político ni analista, pregunta a quien pueda y quiera contestarle: ¿Por qué no crean las organizaciones políticas redes similares? ¿Tienen capacidad para hacerlo? En el caso de no poder: ¿Por qué no se incorporan en las que se están creando con sus simpatizantes, promueven iniciativas, ocupan cargos y fortalecen la red local? ¿Será que la discusión sobre la forma ha cegado el fondo del asunto?
Si democracia es participación, si se manifiesta en una de las menos importantes de sus formas, en el voto de los ciudadanos, y un voto vale igual si quien lo deposita es analfabeta o ilustrado, desempleado o empresario, creyente o ateo, intelectual o vendedora del Mercado Oriental, entonces, quien cree las redes locales, movilice a la población común y atienda sus demandas tendrá ventaja, creo que allí está el problema. Mientras las cúpulas discuten si es legal o no, si se puede o no, según ve, aquí, en su barrio, los CPC funcionan, y Javier, al igual que otros, participa en ellos. Se desgasta la inútil discusión académica y política, veremos después qué dicen los votos. Si los electos(as) atienden lo que esa base popular dice o no, será otro problema, el verdadero asunto de la democracia, según la entiende Javier.

Javier es cualquiera, no es importante quién sea. Es usted o varios de nosotros. En este caso Javier es mi nombre y espero que el año 2008 ayude a construir la Nicaragua de todos y todas. Paz y bien.


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