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Casi grotesco y renegrido, bajo, flaco y de alma evangélica, Godofredo recorría el barrio capitalino donde he vivido con mi mujer desde hace más de cuarenta años. Él vendía, depositadas dentro de su pequeño y rústico carretón, frutas (aguacates, bananos, caimitos, mangos, papayas, piñas, sandías, limones, naranjas, naranjagrias, nísperos y tomates); verduras (cebollas, lechugas, elotes, chayotes, chilotes, apios o perejiles, pepinos, pipianes, rábanos, remolachas, repollos y zanahorias); especias (ajo, culantro y yerbabuena); bastimentos (plátanos verdes, amarillos, remaduros); tubérculos (yucas y quequisques, etcétera). 

Mi mujer era una de sus clientes. Ella, confiando mucho en él, lo escogió para cuidar la casa durante una corta temporada que disfrutamos en el Distrito Federal de México. A nuestro regreso, Godofredo prosiguió en su faena de verdulero y pronto adquirió un caballo cholenco para adherirlo a su carretón. No duró mucho, sin embargo, en esa actividad cotidiana con la cual mantenía a sus mujeres, cinco o seis sucesivas, lo abandonaron, las muy perversas, con hombres agresivos y autoritarios. En vano el verdulero había humedecido el áspero hocico de esas fieras insaciables. 

En Godofredo se reconocía fácilmente al hijo del campo, al campesino que sabía captar el destellante brillo de una luciérnaga o quiebraplata, el resuello de una vaca echada sobre un pastizal, la diminuta sombra que se expande a través del zacate y desaparece cuando se pone el sol. No supe nunca su apellido. Acaso su nombre se lo adjudicaron por haber nacido un 7 de diciembre, día de San Godofredo de Hildesheimen, según el almanaque Bristol. Pero si sus padres habían profesado la fe católica, él era practicante de una de las sectas generadas por Martin Lutero. Mas Godofredo no dio muestras de conocer al Lutero amancebado con una monja y predicador de esa práctica sacrílega, al que azuzó a los príncipes alemanes para saquear las propiedades de la Iglesia, al promotor del asesinato masivo de campesinos siervos, al apóstata reformador que dividió al cristianismo y obligó a la necesaria contrarreforma del catolicismo.

También debió ignorar Godofredo el significado de su nombre: “Amparo de Dios”; nombre de origen germánico y del gran personaje histórico Godofredo de Bouillon, cruzado, conquistador, regente de Jerusalén y el caballero ideal, uno de los Nueve de la Fama al lado de Alejandro Magno, Julio César, el rey Arturo y Carlomagno. Actualmente, pocos llevan ese nombre. Uno es Godofredo Pepey, un brasileño de peso pluma, luchador de artes marciales mixtas, poseedor del cinturón negro en jiu-jitsu y de uno más en boxeo tailandés; y otro Gottfried Achenwall, economista de origen alemán, reconocido como el “Padre de la estadística” y el primero en utilizar el término “Statistik”.

Se sabe que la variante femenina de Godofredo es Gudfrid, uno de los nombres más populares de los vikingos. De hecho, el nombre de Godofreda o Godofredo es muy habitual en todo tipo de historias, leyendas y relatos de aquella época. No se le conocen diminutivos, aunque alguna vez se ha escuchado llamar “Godo” a algún Godofredo. En francés Godofredo es Godefroy, en italiano Goffredo, en inglés Godfrey, en catalán Jofre, en danés Godfred, en escocés Goraidh, en euskera Godepirda y en polaco Gotfryd. También es conocido que la personalidad de los Godofredo es de alguien insistente, dispuesto a convencer, partidario de hacer críticas siempre constructivas, emotivo y profundo, con capacidad de liderazgo y que tiende a decir todo lo que piensa.

Como dije, Godofredo —el verdulero de mi barrio— desapareció muy pronto. Nunca volvimos a saber nada de él, salvo que había sido víctima de una güegüensa. Pasaba el verdulero por un barrio pobre antes de acceder al nuestro de clase media cuando tuvo un encuentro con esa güegüensa, a quien jamás había visto. Pues bien, la güegüensa le reclamó en plena calle y a gritos partidos que cumpliera la obligación de alimentar a sus inexistentes hijos, mientras metía en un saco —como pequeña ladrona— los productos perecederos que nos proveía Godofredo. 

Esa güegüensa debió ser descendiente de la mujer del Güegüense que en illo tempore —finales del siglo dieciocho, cuando su compañero el mercachifle andaba por Veracruz, Verapaz y Antepeque, arriando su recua—, había quedado preñada de otro más agresivo y autoritario que el Güegüense. Godofredo, nada perro a su portañuela, pagó caro por su bondad, pues se quedaría desconcertado e impávido ante la acción de la pequeña ladrona y probablemente mujer perversa.