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Migrante quiere pasar la frontera

Una mujer revolotea indecisa cerca de un retén policial. Tiene mariposas en el pelo y llagas en los pies. Ha corrido mucho. Huyó del coyote que la estaba vendiendo por unos cuantos pesos. La frontera está tan lejos y ella tan cerca en su pensamiento. Allá la espera el marido, la madre. Acá escuchó balas, quejidos, vio un grupo desalmado de hombres que violaban, mataban y traficaban drogas, mujeres, migrantes. Teme delatarse por el retumbo de su corazón. Por la carretera pasan furgones, ¿será posible esconderse? Necesita ayuda. Mira a través de una ranura: los policías juegan cartas. Uno alza la cara y descubre en el rostro moreno y picado al mismo hombre que la violó. El polvo se levanta sobre sus pasos que huyen, ha venido de tan lejos, de Ecuador. Se mete en un furgón entre el ganado que pasará la frontera y se aferra desesperada a una oración…

Eva después del paraíso

Cuando Eva fue expulsada del paraíso, en lugar de lamentarse por la terrible pérdida tuvo la revelación súbita de que lo inesperado llegaba como una lluvia de estrellas en su vida. De una existencia sosa y aburrida en el jardín del Edén a una vida trepidante, llena de incertidumbres y emociones; en donde iría dibujando cada uno de sus pensamientos, conquistando cada uno de los escalones, dejando de ser la costilla para llegar al todo. Mientras Adán, compungido y temeroso, reclamaba a Yahvé y la acusaba con infantiles gimoteos, Eva en un rapto de felicidad, se declaraba feminista.

El piropo

La muchacha iba caminando a prisa por ese callejón oscuro, perseguida por aquel hombre desconocido que no cesaba de decirle cosas. Le escuchaba decir palabras que no entendía, pero eran como pedruscos, como babas sanguinolentas que se pegaban repugnantes a su cuerpo. No quería verlo, pero era grande, su sombra se alargaba como una serpiente bajo el sol. Ella temblaba, aunque no tenía frío y apretaba el paso sintiendo el escándalo de su pecho y las náuseas que se precipitaban atroces. El hombre empezó a enojarse ante su reticencia, a llamar piropos a sus insultos, a tratar de tocarla. Ella trató de correr hacia una parada de buses en donde había otro hombre con una sombra enorme. Se acercó pidiendo auxilio, pero era el rostro del mismo hombre que venía atrás... De un solo impulso emergió del charco de sudor de su cama, con la respiración jadeante y el pulso acelerado. Una vez más su subconsciente recordaba los “piropos” que recibió de un desconocido, años atrás…

Acoso

El hombre quería relaciones sexuales. Lo había dejado bien claro: una acostadita y era suyo el empleo. Ella no podía pensarlo mucho, detrás de ella había doscientas, le advirtió el hombre. Luego se fue a sentar en su escritorio, sonrió y la miró evaluativo de arriba abajo. Le devolvió su currículum y solo dijo: “Muy interesante”. La mujer lo miró por el rabillo del ojo, tenía mugre en las uñas a pesar de su ropa cara y un gel asqueroso endurecía sus cabellos. La miró irse con aires de suficiencia. Al día siguiente ella había sacado las sumas y restas de madre soltera y la cuenta era enorme. Accedió. Solo que ahora él hace lo que ella diga, especialmente cuando ella lo amenaza con mostrarle a su esposa el video de aquella cita obligada, que se ocupó en filmar.

Consejo de la abuela

Son siete los pecados capitales le dijo la abuela a su devota nieta: soberbia, avaricia, envidia, ira, lujuria, gula, pereza. Un consejo te doy, experimenta todos, pero un día antes de morir te confiesas. Es la manera más cristiana de ser feliz.

* La autora es escritora ecuatoriana.