Orlando López-Selva
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Hemos caído, últimamente, en la ridiculez de querer regularlo todo. No sé si sea una obsesión de quienes piensan que si no crean códigos, reglas o normas, el mundo va a irse al caos.

El universo no solo tiene leyes; también se rige por principios.

Mi punto: Para construir mejores sociedades hay que invertir más en educación cívica que en legislaciones prohibitivas. Los que detentan el poder siempre asumen que pueden regularlo todo creando leyes atentatorias contra los que no piensen como ellos. Se arrogan el derecho a decirles a otros (léase, adversarios) cómo deben llevar sus vidas. Así, imponer límites, permite a los todopoderosos abusar y reprimir. Ello sirve de base para que restrinjan las libertades ciudadanas. Y este asunto no solo debería verse a la luz de la política o del derecho, sino de la ética y la educación. ¿Por qué restringir las libertades si deberían fortalecerse? 

Hay un refrán que dice: “el que es martillo piensa que todo lo que va encontrándose son clavos”.

En Latinoamérica, siempre habrá quienes piensen que para todo debe haber normas, regulaciones y leyes escritas prohibitivas. Comprendo bien las intenciones de quienes desean evitar abusos. Pero ello no rige para todo lo existente. Tampoco, los que hacen las normas las cumplen. Se sabe bien. ¿Y a ellos quienes les castigan cuando las incumplen?

Y de esto bien se aprovechan los dictadores. Porque la democracia es un régimen de libertades. O dicho de otra manera, a mayores libertades, más democracia; y viceversa. ¿Cuántas libertades tienen los ciudadanos donde ni siquiera pueden salir o reunirse porque piensen distinto de los que tienen el poder?

Esto tiende a la verdad: los que huyen no lo hacen de las democracias. No vemos a ciudadanos de Francia, Italia, Alemania, Gran Bretaña o Japón, entre otros, huyendo de sus países. Se huye de los lugares donde hay represión, desastres naturales o hambrunas.

Indudablemente, hubo despotismo antes en esos países mencionados. Pero, con el avance de la democracia, estos Estados-naciones han aprendido a autorregularse. Han aprendido --por educación, responsabilidad y conciencia-- a saber que pueden vivir, convivir y tolerarse con otras personas distintas, sin que ello conduzca a grandes conflictos.

Cuando a principios del siglo XVII, los británicos que huían de la intolerancia religiosa decidieron irse a la actual Norteamérica, lo hicieron para fundar una república. Una república sin temores, ni señor todopoderoso. Todos eran ciudadanos con ideas, costumbres y pensamientos diversos. Y crearon un conjunto de normas, 11 años después que se independizaron, con acuerdos mínimos. Regulaciones básicas. La Constitución norteamericana solo tiene 7 artículos y 27 enmiendas. Y así ha funcionado bien. 

Reflexión. ¿Quién dice que hay que atiborrarse de voluminosos códigos para vivir acorde al derecho, cuando es en las mentes de los ciudadanos donde nacen y se desarrollan los crímenes y abusos?  

Hace algunos años Alemania acordó aminorar la carga regulatoria del Estado. Había demasiadas leyes y reglamentos en todos los ámbitos, que al final llevaban --de manera paradójica y contraproducente--, al caos, que se quería evitar.

Inglaterra, Nueva Zelanda e Israel no tienen una Constitución escrita. Tienen leyes de rango constitucional. Y son sociedades que funcionan bien.  

Volviendo a la educación, es riesgoso que los Estados monopolicen la instrucción a través de sus instituciones que ellos mismos controlan y manipulan. Por eso es importante que la educación tenga un impulso comunitario participativo. Y que los padres de familia tengan incidencia en los currículos y las decisiones que afecten la formación de sus hijos.

Lo peor: Si caemos en la manía de que todo sea regulado, entonces, estamos dándoles a los gobernantes el permiso para que nos resten libertades; estas constituyen la base de la dignidad humana.  

No estoy en contra de normar. Estoy en contra de que todo deba regularse para que los abusadores conozcan los límites. Mejor enfoquémonos en libertades y responsabilidades a través de la educación. 

Pregunta: Si en nuestros países abundan las normativas, leyes, reglamentos, ¿cómo es que funcionan mal nuestras sociedades? 

Sencillo. La clave no está en regular, sino en educar. Si prohibimos no educamos, infundimos miedos.   

Es mejor hacer las cosas de manera diferente para cambiar lo ineficiente. En ese sentido, la educación cívica, es más importante que jactarse de las toneladas de códigos y leyes que los parlamentarios redactan. ¿Para qué… si al final terminan como servilletas?

¿Por qué mejor no invertimos el tiempo en enseñarles a los ciudadanos a saber que sus libertades terminan donde comienzan las de los demás?