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Hace 30 años, el 23 de marzo de 1988 los jefes en guerra integramos en un solo puño nuestros puños para firmar el compromiso ético y moral  para el fin de la guerra y el nacimiento de la paz. Experimentamos que el arte de negociar es el arte de saber ceder, y así cumplirle a nuestra nación desgarrada y empobrecida a lo largo del sigloXX.

El objetivo central de la política de guerra que impulsaba el presidente Ronald Reagan era crear un ejército con la Contrarrevolución para vencer  al Ejército Popular Sandinista (EPS). Para este fin movió su poderío económico, militar, de seguridad nacional, a la CIA, a sus aliados, y su capacidad política y medios de prensa y difusión, en el marco de la  renovada Guerra Fría entre EE. UU. y la URSS.

La correlación militar era irreversiblemente favorable a nuestro Ejército desde que ordenó lanzar la “Operación Danto” el 8 de marzo 1988, logrando penetrar a territorio hondureño hasta el corazón de las bases contrarrevolucionarias, asestando un golpe contunde en lo militar, moral y político a sus tropas, siendo auxiliadas por aviones del Ejército norteamericano dispuestos a atacarnos si nuestra ofensiva no cesaba.  Este golpe a la Contra, permitió acelerar el cumplimiento del Acuerdo de Esquipulas II a través del Acuerdo de Sapoá, negociado en la frontera nica-tica durante tres tensos días, y que firmamos el día 23, mi persona representando al gobierno sandinista, como comandante en jefe del EPS y el directorio de la Contra, la Resistencia Nicaragüense, presidida por Adolfo Calero.

Nuestra estrategia de la defensa nacional impulsó un escudo en la arena internacional, el que se articuló con dos factores: el diplomático y el de la solidaridad anti-Reagan de los pueblos del mundo incluyendo el estadounidense. En lo diplomático fue decisivo, para evitar la intervención de las tropas yanquis, el apoyo los Gobiernos de México, Panamá, Colombia, Venezuela, Argentina, Brasil, Perú y Uruguay y desde 1987 del bloque de países hermanos de Centroamérica con el Acuerdo de Esquipulas II. También fue importante la disposición del presidente Daniel Ortega de sostener una negociación bilateral, directa  con los EE. UU. en Manzanillo, México, en el marco de Contadora, esfuerzo que luego de 8 rondas se interrumpe unilateralmente por parte de EE. UU. en enero de 1985. Asimismo, fue posible obtener de la URSS, Cuba y otros países socialistas los suministros bélicos vitales, limitando la agresión norteamericana al haber Reagan aceptado de hecho la no intervención directa salvo en el caso de que Nicaragua adq
uiriera los aviones Mig-21 y los sistemas de radio exploración de alcance profundo, cuestión que siempre amenazamos en obtener para dar lugar a equiparnos con centenares de miles de armamentos para configurar en 1986,  un ejército terrestre moderno y profesional.

En lo económico, la guerra de Reagan logró su objetivo de impedir la consolidación de los cambios revolucionarios económico-sociales, sumiendo al país en una economía de guerra para soportar el desgaste de la acción contrarrevolucionaria y el bloqueo —embargo oficial— que se inicia en septiembre de 1983 con la suspensión de importación de azúcar de los EE. UU., se amplía a todo lo comercial y navegación en mayo de 1985 y se sostiene hasta 1990. Además, en marzo 1984 se refuerza el ahogamiento económico con las operaciones de la CIA que minan nuestros puertos que y dañan buques mercantes  soviéticos, holandeses, panameños, entre otros, y se colapsa la economía, pero subsiste y los avances sociales  se debilitan o cesan. Y, las libertades democráticas en guerra se limitan drásticamente. 

Entre otros factores adversos chocamos con excesos radicales con las estructuras tradicionales en el agro, con la Iglesia católica y al implementar el justo y vital SMP que redujo la sangría del país y fue la base heroica de la modernización del Ejército y sus victorias, servicio obligatorio que no fue asimilado por el pueblo provocándonos un muy elevado costo político.

El presidente Reagan fue afectado en junio de 1986 por la condena del Tribunal de Justicia de La Haya a la agresión de EE. UU.; por el escándalo Irán-Contra  en enero 1987, de las ventas ilegales de armas a Irán y tráfico drogas para financiar a la Contra y por la firma de Esquipulas II de los presidentes centroamericanos.

Alcanzado Sapoá, con la amnistía y apertura de las libertades políticas y de expresión, de seguridad a la vida de las personas, se dinamiza el proceso electoral, y el EPS rechaza las últimas ofensivas contras  en 1989, y el Gobierno asegura un sistema electoral eficiente y transparente. Hasta 1990 realizamos otras rondas negociadoras y se suceden seis cumbres de presidentes centroamericanos.  En marzo, el Acuerdo de Toncontín en Honduras, entre el ingeniero Antonio Lacayo y la RN, fortalece el cese al fuego efectivo exactamente dos años después de Sapoá; seguidamente se suscribe el Acuerdo de Transición entre el gobierno saliente y el entrante el 27 marzo y, el 18 abril logramos el Acuerdo  “Cese al fuego efectivo y definitivo” que firmo en nombre del gobierno sandinista firmo con la RN y Yatama en la sede OEA en Managua. El traspaso de la banda presidencial de Daniel Ortega a doña Violeta Barrios el 25 de abril allana el camino para que el 27 junio se desarme el último líder contrarrevolucionario Israel Gale
ano.  

Este dramático proceso de guerra y paz, nos obliga moralmente a integrarnos aún más en estado de derecho y libertad como nación para potenciar los avances económicos  y sociales y vencer la miseria, la pobreza. 

* General Humberto Ortega Saavedra, miembro de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua.