Aminta Buenaño
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Pertenezco a la antigua y secreta cofradía de los amantes del mar. Los millares de sus anónimos adeptos al languidecer la semana, después de la ruda batalla de lunes a viernes, desafiando puentes caídos, lluvias eternas, la esquizofrenia de la naturaleza, cual guerreros vencidos por un dios temible y deseado, acudimos a oficiar el sagrado y milenario rito de acercarnos al mar.

Una fogata en donde crepita el mismo antiguo fuego por el que fuera maldito Prometeo, un cacho blanco de luna que cuelga indolente a las penas de este mundo, el ronroneo arrullador del mar dispuesto a saltar sobre la noche hechizada, basta para serenar el corazón y rescatarlo de la red de una vulgar monotonía.

El mar siempre espera, está ahí, como la primera vez, como en los orígenes. Nos habla una oración antigua y eterna. Su musical mantra nos colma los oídos de paz y sosiego. Su cuerpo infinito se mete en nuestros cuerpos llenándolos de espuma y sal, de caracolas y arenas; volcándolos, adorándolos, acariciándolos; lavándonos los dulces y amargos pecados, empujándonos a soportar su inocencia al recordarnos la eternidad como un común destino. A los de la antigua cofradía se nos ha trasmitido que el mar no es solo para sumergirse, que la contemplación de su grandeza es uno de los pilares más firmes para expandir el espíritu y apropiarnos del Universo.

Al retoñar la mañana en el cielo destellante de azul, suelen hacerle la corte infinidad de gaviotas que, como tizas blancas de un maestro cósmico, van apuntando signos indescifrables en el cielo. Nubes que como gorriones, borregos y rostros humanos van acomodándose para presenciar el espectáculo de ver nacer el día. De pronto, aparecen los surfistas, seres alados e inconstantes, que con furia taurina se disponen a domar los elementos. Y son las olas yeguas encabritadas, ciegas de furia, que saltan y corcovean, relinchan y corren; los surfistas, cual danzantes de otros mundos, ejecutan cabriolas sobre sus lomos fluidos enfrentados a una lucha desigual; hasta que al ser temporalmente domadas, inclinan sumisas sus cabezas de cristal para arrojar a sus pies, una explosión de transparente espuma.

No obstante, el mar los ama, como ama a los peces y a los barcos, como ama a los que se internan para morirse de amor entre sus aguas sagradas.

La atracción del mar es la misma de la tierra y el aire, bajo su proximidad se desatan las tres partes de agua de nuestros cuerpos y entonan un diálogo que solo lo descifran los sentidos. Somos agua que regresa al agua, somos vida que regresa a la fuente, a la matriz primordial, la Gran Madre, principio y fin de todas las cosas, sepulcro y cuna de todo lo viviente. El mar absorbe nuestro yo temeroso en su seno divino y lo devuelve purificado en el bautismo de sus aguas.

El mar tiene varios rostros y un solo espejo. Uno a la mañana, otro a mediodía, y al morir la tarde, el más bello, cuando el sol en su agonía acuática lo pinta de los más encendidos colores.

Sabemos bien que sus rugidos últimos, su temporal vorágine, no responden a su habitual carácter ni es pura casualidad, es solo una vieja deuda que le cobra al hombre por haberlo ofendido con tantos desvaríos…

* La autora es escritora ecuatoriana.