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El ahora entronizado presidente chino está disgustadísimo. Washington aprobó una ley que autoriza el intercambio, a todos los niveles, de funcionarios taiwaneses y norteamericanos.

El gobierno de Trump --a los ojos de Beijing-- está desafiando la paridad de las relaciones entre China y Estados Unidos. Pero los nuevos amos del Asia están dejando atrás su política de armonía y sistemáticas negociaciones con Taiwán (“A través del Estrecho”). Beijing la quiere de regreso como una provincia más del nuevo imperio.

Mi punto. Taiwán tiene amigos. Es una nación ejemplar. Confiemos en la diplomacia y la solidaridad global. China está celosa al ver que Taiwán es tratada como otro Estado independiente. Y su nuevo príncipe-de-hoz-y-taladro, pretende implantar un nuevo orden beijinista: ya no más “provincias rebeldes” saltando como peces frente al voraz tigre macro-cefálico. ¿Beijing cambio de táctica u optó por intimidar? 

Taiwán ahora debe enfrentarse al monstruo. China Continental es militar y económicamente 10 veces más grande que Taiwán. Pero Taiwán tiene aliados, pequeños. Pero todos le ven como una nación democrática, solidaria, industriosa. Su experiencia diplomática le ha permitido luchar solita a la par de aliados tercer-mundescos. 

Si China se toma Taiwán, de nada, servirá el derecho internacional. Quedaremos a merced de los gigantes. ¿Será el nuevo orden internacional una variación de escenarios prehistóricos? ¿El pos-socialismo volvió al tiempo de los dinosaurios y mamuts?

El príncipe maoísta pidió más poder y lo consiguió. Pidió reformas constitucionales para reelegirse ad infinitum. Se lo  permitieron. La democracia es como un espejo donde los dictadores no pueden ver sus figuras grotescas ¿Qué provechoso es para la humanidad una potencia sin ideales, que  irrespeta a los pequeños e intimida a sus adversarios?

Una potencia sin democracia es una amenaza global. 

Era de esperarse. Xi pretende controlarlo todo; aunque comenzó con reformas democráticas, termina monopolizando poderes. Los dictadores imitan o superan a otros  dictadores. ¿Xi emula a Mao y toma prestado del mongol Genghis Khan? 

China hace 40 años era una inmensa cárcel de súbditos postrados y uniformados ante el Rey-proletario y feligrés marxista, que envidiaba al maravilloso pueblo japonés. Si China Continental ya se siente potencia, ¿por qué no actúa más como un modelo admirable por todos, ser un faro civilizador?

Taiwán es una nación democrática. No es una provincia rebelde. Su población nunca fue súbdita del régimen de Mao Tse-Tung, que sí implantó un sistema oscurantista-ideológico que obligó a huir hacia Formosa a ciudadanos decentes que optaron por construir una sociedad democrática en Taiwán. Es un Estado-nación moderno, digno, ejemplar, y generoso con otros pueblos.  

Taiwán tiene un PNB de 1.2 trillones de dólares. Y quiere hacer amigos y aliados. No es una amenaza para nadie. Es una nación joven --que como Israel-- es ejemplo de dinamismo tecnológico de primera. Taiwán pasó de ser una isla de pescadores y agricultores, hasta convertirse en un tigre asiático --integrado por Singapur, Corea del Sur y Hong Kong--, y tener un ingreso per cápita igual al de Corea del Sur, onceava economía global.  

El uso de la fuerza en estos tiempos es inaceptable para las naciones civilizadas y democráticas. El derecho internacional es un mecanismo que no permite que los conflictos se resuelvan a balazos. Tampoco lo tolerarían los organismos internacionales. Sería un hecho condenable e inaguantable. Los antecedentes de la guerra son vergonzosos. 

Es obvio que el comportamiento del monarca neo-maoísta responde a una estrategia: hacer de China una potencia que prevalezca en todo. Y tiene derecho a ello. Pero, ¿tiene derecho a avasallar? Tristemente, ya hay un antecedente. Mao tomó el Tíbet por la fuerza, sin que les dieran tiempo a los ciudadanos budistas para hacer prevalecer sus derechos y libertades.  

Taipéi tiene de su lado el derecho internacional. Y por el mismo sistema injusto del ordenamiento pos-segunda guerra mundial, el veto de las grandes potencias no deja que la República de China en Taiwán, encuentre el lugar más paritario que se merece.  

Si Beijing emprende --a corto o mediano plazo-- acciones intimidatorias contra Taiwán para engullirla, conformarían otro despojo inaguantable.

Independientemente de la afinidad cultural que exista entre los pueblos chinos del Sur, Taiwán es un Estado-nación soberano. Le reconocen veinte naciones del mundo. Es poco. Pero es un factor dignificante. 

Y su causa libertaria debemos asumirla todos lo que abogamos por un orden internacional de valores democráticos, un mundo más pacífico. Y sobre todo, por un amigo tan noble y generoso como el pueblo taiwanés.

Taiwán tiene derecho a vivir sin amenazas ni intimidaciones.