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La Santa Misa —un tema muy extenso— trataré de resumirlo como el culto cristiano por excelencia que celebramos los católicos y, con algunas variantes, los ortodoxos, los anglicanos, los luteranos y otras comunidades. El término misa es del siglo IV, y proviene de lo que se decía en latín (idioma “universal” entonces) al final de la celebración: “Ite missa est”, cuyo significado sería “Pueden ir a su misión”. Hoy se dice: “Podemos ir en paz”.

Es la reunión de los cristianos practicada desde tiempos de los apóstoles, principalmente el primer día de la semana, el domingo, día que resucitó el Señor (Hebreos 10:25, Hechos 20:7). La preside un sacerdote porque se va a presentar “un sacrificio al Padre” al hacer presente el sacrificio de Cristo en la Cruz. El sacerdote usa vestiduras especiales que a través del tiempo se incorporaron para revestir su indignidad humana con vestiduras dignas de quien va a actuar “in persona Cristi”, que significa actuar como Cristo mismo, nuestro único Sumo Sacerdote ante Dios Padre. 

Se inicia con el rito penitencial donde todos los participantes se confiesan pecadores y piden perdón a Dios, como lo mandaron los apóstoles, confesándose pecadores ante la comunidad (Santiago 5.16). Luego, en la liturgia de la palabra, se lee la Biblia: generalmente un texto del Antiguo Testamento, un Salmo, un texto del Nuevo Testamento y un pasaje de los Evangelios, sobre los cuales el sacerdote predica una homilía (sermón corto). Después todos proclaman la fe (Credo) y elevan plegarias por diferentes necesidades.

Continúa con la liturgia eucarística o eucaristía (en griego: eucharistian, acción de gracias) en la que primero se da gracias al Padre y después el sacerdote consagra el pan y el vino mezclado con unas gotas de agua (significando la comunidad unida a Jesús) que se transforman en el cuerpo y la sangre de Cristo, repitiendo el gesto (partir el pan) y las palabras de Jesús en la Última Cena: “Esto es mi cuerpo… coman… esta es mi sangre… beban… hagan esto en memoria mía” (1 Corintios 11:23-26), con lo cual el sacrificio redentor de Jesucristo se actualiza ante la comunidad. Cada partícula de cada especie (pan y vino consagrados) es la persona completa del Señor. Luego todos rezan el Padre Nuestro y se dan el saludo de paz. Se comulga con ambas especies o, por razones prácticas, con una especie. El sacerdote comulga siempre con ambas.  

San Justino, el año 155, escribió para explicar al emperador pagano Antoninus Pius lo que hacían los primeros cristianos (lo mismo que en las misas de hoy): “El día que se llama día del sol tiene lugar la reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en la ciudad o en el campo. Se leen las memorias de los apóstoles y los escritos de los profetas, tanto tiempo como es posible. Cuando el lector ha terminado, el que preside toma la palabra para incitar y exhortar a la imitación de tan bellas cosas.

Luego nos levantamos todos juntos y oramos por nosotros y por todos los demás donde quiera que estén a fin de que seamos hallados justos en nuestra vida y nuestras acciones y seamos fieles a los mandamientos para alcanzar así la salvación eterna. Cuando termina esta oración nos damos el beso de paz unos a otros. Luego se lleva al que preside a los hermanos, pan y una copa de vino y agua mezclados. Quien preside los toma y eleva alabanza y gloria al Padre del universo, por el nombre del Hijo y del Espíritu Santo y da gracias largamente porque hayamos sido juzgados dignos de estos dones. Cuando terminan las oraciones y las acciones de gracias todo el pueblo presente pronuncia una aclamación diciendo: Amén. Cuando el que preside ha hecho la acción de gracias y el pueblo le ha respondido, los que entre nosotros se llaman diáconos distribuyen pan, vino y agua eucaristizados a todos los que están presentes y los llevan a los ausentes.” (San Justino: Apologiae 1.65,67). 

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