Esteban Solís R.
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¿Desafiará la presidenta de Taiwán Tsai Ing-wen las renovadas amenazas del recién encumbrado todopoderoso líder chino Xi Jinping de que cualquier intento independentista será aplastado por Pekín? La respuesta a esta interrogante no parece complicada, difícilmente las autoridades de Taipéi, la oposición o los movimientos sociales encabezados por las nuevas generaciones de la isla van a retar a Xi, el hombre más poderoso de China que ahora tiene luz verde para gobernar a la todavía segunda potencia mundial (solamente detrás de EE. UU.) hasta que él quiera.

Pero esta advertencia del presidente de China Continental alcanza también a la excolonia británica Hong Kong, en donde una nueva generación de jóvenes reclama identidad propia para ese territorio. Recién finalizados 15 días de sesiones de la Asamblea Nacional del Pueblo, la única estrella emergente de este evento fue Xi, que se ha rodeado de incondicionales especialmente en el Comité Permanente (7 miembros) el más alto de la jerarquía de mando en el Partido Comunista Chino. En su intervención de clausura Xi pronunció un discurso eminentemente nacionalista cuando señalaba que el pueblo chino ha sido siempre indomable y persistente porque “tenemos el espíritu de lucha contra nuestros enemigos hasta el final”. Continuaba con sus advertencias: “Todos los actos y triquiñuelas para separar el país están abocados al fracaso, serán condenados por el pueblo y castigados por la historia”. Más claro no puede ser. No hay que olvidar que China nunca ha renunciado a hacerse con el control de la isla si es posible usando la fuerza, es decir, a través de las armas.

Es conocido que desde que llegó Tsai a la presidencia de Taiwán las relaciones entre ambos lados del estrecho entró en hibernación. Incluso, Pekín sospecha que la jefa de Estado puede empujar a la isla a una declaración de independencia. No obstante, Tsai ha reiterado que ella está a favor del statu quo o lo que es lo mismo, que las cosas sigan como están más allá de que su partido, el Democrático Progresista, esté inspirado en una filosofía independendista.

Sería catastrófico no solamente para el estrecho, para China y Taiwán, sino para el mundo, una guerra entre las dos naciones. Desde hace varias décadas los EE. UU. tienen un acuerdo con Taiwán de ayuda militar en caso de agresión a la isla. También es una verdad irrefutable que la mayoría de los taiwaneses, sobre todo los jóvenes, quieren la independencia de su país, sin embargo, el pragmatismo se impone ante la realidad de que al otro lado del estrecho hay un verdadero coloso que hoy por hoy se ha convertido en una verdadera potencia militar a la par de un impresionante desarrollo de su industria armamentística, ya no se diga el desbordado crecimiento de su economía que a la vuelta de unos años será la más competitiva del planeta por encima de los mismos EE. UU., Alemania o Rusia. 

China, Rusia y otras potencias regionales, como Irán, la India, Israel, entre otros, le han dado, aparentemente, equilibrio al mundo hasta hace unas pocas décadas liderado por los Estados Unidos, sin embargo, en este nuevo tablero de ajedrez que mueve las piezas del mundo, cada una de estas naciones desarrolladas o en plena expansión económica y militar, también buscan reacomodos entre sí para conformar frentes con intereses comunes.

Es en este escenario en el que Taiwán intenta sobrevivir como país debido a las políticas agresivas practicadas en su contra por China, que considera que la isla es parte inalienable de su territorio. Las presiones económicas y el cerco diplomático han sido una constante en estas tensas relaciones por parte del gigante continental hacia la isla. Los aliados diplomáticos de Taipéi, buena parte de ellos en Centroamérica y el Caribe, no tienen la suficiente fuerza para frenar las embestidas de Pekín y no por falta de voluntad política sino porque la realidad es que económicamente somos muy pequeños. Ojalá que las declaraciones de Xi hayan sido producto de la euforia del momento y retome el diálogo con los taiwaneses.

Estesor59@yahoo.com