Jorge Eduardo Arellano
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El discurso florido, con sonoridades raras en la voz, gestos de teatro callejero, frases e imágenes hiperbolizadas, en fin, una retórica fugada de los hechos concretos, los cuales sólo utiliza como pretexto, tiene el objetivo de impresionar y no de convencer; ese discurso de principios y hasta mediados del siglo XX dejó de ser único en nuestro país, con el fin del somocismo, aunque a veces se escucha en el entierro de algún personaje para el lucimiento de quien se cree buen orador y tiene más interés en su “buen decir” que en los valores y dolores del difunto y de sus deudos.

Ese anacronismo fúnebre comenzó a desaparecer antes del triunfo revolucionario, cuando en los años de preparación insurreccional con el discurso había que agitar conciencias, despertar acciones y condenar al régimen somocista, o en las asambleas políticas, populares y gremiales. Aquí, el discurso, junto a la agitación, tenía lugar el análisis político. Fue durante las manifestaciones provocadas por la muerte de Pedro Joaquín Chamorro y durante su sepelio cuando el nuevo discurso alcanzó su culminación, la frase encendida condenando realidades crueles de la criminalidad oficial, de las injusticias sociales en el campo y la ciudad.

Con el triunfo de la revolución, las urgencias fueron otras, y el discurso un arma de uso cotidiano para orientar la participación popular emergente en proyectos constructivos y transformadores en la nueva realidad. El discurso no sólo cambió de objetivos, sino también de estilo y de oradores: el “chagüiteo” se volvió una pandemia; algunas veces, parecía estarse produciendo, más que una ruptura social y política, una ruptura con el idioma, pues los neologismos surgían a borbotones. Los nuevos giros en el hablar simplificaban todo, aunque se hablara peor que de costumbre.

Eran nuevas formas de comunicación, a veces necesarias para el orador improvisado que no tenía otra manera de hacerse entender y explicar los nuevos fenómenos políticos, y por ello se creaban nuevos estilos de expresión. Nadie podía imaginar otras formas de comunicación que no fueran las creadas por la misma gente inmersa en aquel proceso inédito. Una revolución dentro de la revolución, para bien y para mal. Todos eran cambios necesarios en vivo y al instante, hasta en el habla.

A los comandantes de la conducción revolucionaria de primer nivel también les tocó el primer lugar entre los oradores de la nueva horneada. Cada quien hizo lo que pudo y hasta lo que no podía. Nueve discursos distintos (diez con el de Sergio Ramírez) y un objetivo verdadero, hacer entender la revolución a unas masas que, entusiastas hasta el infinito, la habían hecho de forma directa e indirecta; y a unos combatientes que la habían hecho con entrega heroica, talvez sin entenderla cabalmente. Lo importante fue que oradores y auditorios habían homogenizado conciencia, aspiraciones y objetivos, como nunca antes fue posible ver en nuestra historia.

La frustración revolucionaria por una gama de causas e intereses, ya conocidos, produjeron la concentración de poder dentro del FSLN y la diáspora política que ésta provocó; surgió el líder único, el orador único con un único discurso: Daniel. Él estuvo entre los comandantes que hicieron lo que podían, y nunca pudo hacerlo bien, pero creó un “estilo”. Al discurso hiperbólico, grandilocuente y teatral de Tomás Borge, uno de los dos que pasaron de líderes a súbditos, le quitaron la tribuna.

Daniel es orador sin prisa, porque tiene un auditorio cautivo. Su discurso tiene cinco ejes que, de tan reiterados, ya se gastaron, y por eso los complementa con preguntas triviales para recibir gritos automáticos de aprobación. En los últimos días, ha dotado de gran agresividad el discurso, sin variar los ejes básicos: a) el amor por los pobres; b) el antiimperialismo; c) ataques a la oligarquía; d) el internacionalismo; e) el catolicismo. Esos discursos no tienen correspondencia con su actuación política cotidiana.

El pobre discurso sobre los pobres, no siempre lo dice ante los pobres, sino a una clientela cautiva que dispone de algún empleo estatal, municipal o partidario, una claque autotransportada y guardaespaldas. Eso sí, la floristería de lujo detrás de la que habla es de gran costo económico, nunca vista en actos políticos; se conduce hacia y ante sus “pobres” en vehículos de ricos, Mercedes Benz. Los proyectos que supondrían mejorar las condiciones de vida, pero nunca para terminar con la pobreza, aún no tienen cabal aplicación, aunque fuera su interés, porque el gobierno no dispone de suficientes recursos. Claro, no es culpable de no tenerlos, sino de manipular las promesas.

El segundo eje es un antiimperialismo verbal, de ocasión, cuando quiere afirmar en público en el exterior su condición revolucionaria que ya no tiene. Hasta hoy, sólo se sabe de la complacencia de su política económica con las exigencias del FMI. Internamente, tiene complacidos a los altos círculos del poder económico, entre otras cosas, con el pago de los Cenis y una política impositiva que aún privilegia a los grandes capitales.

El eje número tres no pasa de atacar de palabras a la oligarquía, porque, de verdad, ha sido beneficiaria de la herencia colonial y de su colaboración con las intervenciones del imperialismo, las cuales ha pedido y disfrutado. Pero, la cúpula orteguista ya compite con el capital de la oligarquía; hace migas con los intereses oligárquicos, les ha copiado estilos de conducción del poder. Utiliza su fraseología antioligárquica cuando quiere atacar a sus adversarios políticos de forma indiscriminada, incluso contra capitalistas medio pelo.

El internacionalismo de Ortega se limita a elogiar a sus “hermanos” gobernantes de la izquierda mundial; con su retórica seudo revolucionaria, sostiene en el exterior su figura de líder de la revolución, la que sólo es la sombra de su propia historia. Pero también en ello va cierto nivel de oportunismo, pues no pocos de esos sus “hermanos” están en posesión de fortunas incalculables. De ahí ha surgido su discurso suplente del discurso del presidente Hugo Chávez, por ejemplo.

El eje de más reciente estreno: la explotación de las ideas religiosas. Ha hecho del discurso “religioso” el mismo instrumento ideológico de dominación de la conciencia de los pobres que siempre estuvo en manos de oligarcas y burgueses. Si Daniel hiciera esta manipulación por una sincera inclinación hacia la fe cristiana, no lo hiciera de forma tan inmoderada, ni exhibicionista, como sus invocaciones a Dios, a la virgen y sus constantes asistencias a las misas que le hace su aliado político, el cardenal Miguel Obando Bravo. Ni qué decir mucho de lo ya conocido: con la materia prima de sus ejes discursivos, sólo ha causado crisis políticas, como la actual.