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Kim jong-Un estuvo en Beijing cuatro días. Fue humildemente, creo yo, a pedir consejos. Y debió oír palabras duras para moderarse, pues está pronto a enfrentarse con jefes de estado de Washington, Seúl y Tokyo. 

Mi punto: Kim es un disparador de cohetes que obliga a todo el mundo a reír, llorar o aplaudir al unísono, como un atormentando director de teatro. No sabe diplomacia. Y ahora debe sentarse para escuchar y ver a sus adversarios a los ojos. No sabe cómo comportarse. Fue a pedir consejos al jefe supremo (hoy monarca escarlata) para aprender a hablar con los que no piensan como él. Pero, creo que todo será un gran acto circense. Probablemente, el dinasta Kim se salga de sus casillas y comience a lanzar palabrotas desorbitadas y peroratas infaustas describiendo escenarios dantescos en las que destruye a sus enemigos con armas coreanas.

Xi debió haber recibido a Un con sentimientos encontrados: orgullo de saber que alguien desafía tan abiertamente a sus adversarios en Washington; y enojo, porque cualquier mal disparo pueda resultar en un incendio de la península coreana donde los fuegos nucleares llegarían fácilmente hasta Beijing.

El líder chino sabía bien que ante sí tenía a un niño malcriado, digno de buenas reprimendas. Claro, sazonó el encuentro con anécdotas pasadas de sus progenitores Kim. Su interlocutor se emocionó hasta las lágrimas. ¿Recuerdas la oratoria de tu brillante abuelo que fluidamente hablaba el Mandarín? Toda la majestuosidad del palacio chino atestiguó risas largas, ojos húmedos y abrazos oblicuos. El pequeño Kim nunca aprendió a hablar chino (para sus adentros, el inglés y el francés le serían lenguas más útiles).   

Seguramente Un pidió consejos para enfrentar a sus adversarios. Trump no podrá ser bien visto por su personalidad desbordante (algo que desencaja con la diplomacia tradicional); pero sabe bien que después de todo, el jefe de la Casa Blanca es líder de una potencia de historiales intervencionistas, que tiene bases, soldados y cohetes en todos los mares.

Kim ha estado tan ocupado pensando en intimidar y desestabilizar a sus vecinos, que también ha olvidado que debe llevar una agenda diplomática seria. Hay objetivos, formatos, un plan de seguimiento a cumplir con lo acordado.

Pero en su mente de niño que travesea con fuegos artificiales, se siente desconcertado y solo pretende pedir que “el gringo” oiga su discurso vehemente, nacionalista y desafiante.

No habrá tolerancia para las críticas. ¿Cómo va a explicarle a su pueblo que se va a sentar a hablar cara a cara con el enemigo mil-veces derrotado en los libros de historia norcoreanos? ¿Cómo le dice a sus compatriotas que Estados Unidos, antes de todo encuentro diplomático, arregla bien los escenarios para que se vean las herramientas y símbolos de su poderío? ¿Cómo justifica ante sus súbditos  que él estará frente a un titán de largas manos y recursos poderosos? 

Xi, seguramente, pidió poner micrófonos. Moscú no puede oír la historia de segunda mano, tampoco. El gobierno sabio de la potencia hindú tampoco querrá estar ausente. Sería como ver qué pasa cuando dos colosos mitológicos se enfrenten… aunque en Corea del Norte haya hambrientos, escasez y se repitan como arenas las frases carcelarias para el pueblo, y laudatorias para la familia Kim. 

Kim llegó con una humildad de aspirante a súbdito que Beijing no recordaba desde los tiempos del vasallo líder albanés. Después de las largas y emotivas conversaciones del príncipe Coreano con el monarca carmesí, hubo muchas anécdotas.

Mao es un rey muerto. Vivimos otros tiempos. Ahora gobierna un monarca de caudalosas manos y súbditos que copian artilugios occidentales aprendidos en Harvard, Chicago o Cambridge. Nunca en las mentes de los mandamases chinos hubo intención alguna de copiar modelos rusos. Cuba era un chiste salobre. Los chinos son de otra casta. El marxismo fue un cuento de hadas repetido para el olvido e historias irresucitables. China se sacudió del feudalismo por hambre sabia. No había trigo, ni pez, ni telas para tantas almas mundanas. 

Occidente era el modelo a imitar, aunque se le odiara con un rencor sanguíneo. 

Kim ya ha pedido a sus escribanos-de-discursos que le redacten una ponencia, donde al final, se oigan solo las palabras del gran estadista que humilla a Estados Unidos.

Todo será una comedia si no hay ONU, si no hay seguimiento serio ni diplomacia tradicional.

Cuando Kim regrese a su país les dirá a sus súbditos que le ha dado una lección al empequeñecido Tío Sam. Entonces la comedia será finita.