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Nunca es tarde para evocar algunos hechos memorables que conmovieron nuestro pasado remoto. Prometo referirlos, sintéticamente, con el fin de evitar desterrarlos al unánime olvido. Para comenzar, he aquí tres del siglo diecisiete: “Los invasores perros de Pedrarias”, “Primer magnicidio sacrílego del continente” y “Tributos de los indios de Managua en 1548”. Dice el primero. En los albores de la conquista, Pedrarias Dávila ordenó la ejecución y el primer aperramiento. Con ello, vengaba la muerte de siete españoles, llevada a cabo por indios que, sometidos, les laboraban gratuita y forzadamente. 

Fue el martes 16 de junio del año del señor de 1528 que aconteció, en la plaza de León de Imabite, ese refinado aperramiento. Dieciocho chorotegas fueron las víctimas y seis perros alanos y diestros sus victimarios. Con un palo se defendió cada indio, pero ninguno pudo librarse de la ferocidad de los invasores perros de Pedrarias. Estos tumbaron, destriparon y comieron a los indios; posteriormente, se convirtieron en tigreros o expertos en cazar tigres.

No es que no hubiese perros en la Nicaragua aborigen. Pero los xulos nuestros eran blancos y pequeños, sin pelambre, mudos y domésticos. En cambio, los llevados por españoles eran negros, grandes, ladradores y estaban entrenados para la guerra; mejor dicho, para descuartizar posibles enemigos amerindios del imperio de su sacra cesárea majestad Carlos Primero de España y Quinto de Alemania.

El texto del segundo hecho es el siguiente. El ejercicio del humanismo paternalista de la España del siglo dieciséis, fiel a los intereses de la Corona y a los preceptos del Evangelio cristiano, condujo a fray Antonio de Valdivieso hacia el martirio. Consagrado en enero de 1545 tercer obispo de Nicaragua, este fraile dominico —¡émulo del padre Las Casas— fue asesinado a puñaladas dentro de su propia vivienda modesta, el 26 de febrero de 1550, en medio de los desgarrantes gritos de su madre Catalina Álvarez. Mortalmente herido, Valdivieso pidió un crucifijo; oró y murió. “—Acaba ya, carnicero” —dicen que dijo al hechor de ese magnicidio sacrílego: el primero del continente americano. Ese día era miércoles de ceniza.

No detallaré las violentas interacciones del consecuente prelado con los encomenderos, a quienes fustigaba desde el púlpito de su precaria catedral y, a la vez, defendía a los extorsionados naturales encomendados. Tampoco daré los nombres de todos aquellos cómplices del homicida: Hernando Contreras: un atrabiliario veinteañero que alucinaba en llegar a ser, mediante una rebelión contra la Corona, ¡príncipe del Nuevo Mundo! Apenas recordaré que fue atizado por su madre María de la Peñaloza, naturalmente, ¡una encomendera!

El tercer hecho se refiere a los tributos de los indios de Managua en 1548, según la distribución decretada por las autoridades españolas. Dichos indios estaban obligados a producir y a ceder cada año a su majestad y a los encomenderos Francisco Téllez —vecino de León—, a Cristóbal de San Martín, Diego Pastrana y Luis de la Rocha —los tres vecinos de Granada— 31 fanegas de maíz, 7 fanegas de frijoles, 6 y media fanega y un celemín de algodón, 11 mantas blancas (“del tamaño que las acostumbran a dar”) y 100 pintadas. 

Además, debían proporcionarles 214 carguillas de sal, 21 cántaros de miel, y en cada pascua treinta y media docena de gallinas de Castilla, 100 pollos de Castilla, 20 petates, 20 jáquimas con sus cabestros, una arroba de cera, 3 indios pescadores (“los días de pescado”); y en los meses de diciembre, enero, febrero y marzo 9 indios de servicio. Por todo ello, los citados encomenderos se comprometían a dar de comer a los indios de Managua y a instruirlos en la doctrina cristiana.

Finalmente, el 21 de agosto de 1685 sucedió otro hecho memorable: “enemigos de nuestra Santa Fe y de la Real Corona”, tomando un río que daba al playón de Jagüey, desembarcaron en la hacienda de Juan Oconor, vecino de la ciudad de León, encaminándose a ella, apoderándose y saqueando cuanto hallaron. La poca gente blanca, parda e india le hicieron alguna resistencia, matando a varios de los filibusteros invasores; pero en el combate fallecieron trece individuos. Entre ellos figuraron los indios Sebastián Sánchez y Reymundo de Alvarado, del barrio Laborío; Juan Membreño y Francisco Calero, de San Juan; Pedro de Aguilar y Manuel Larios, de Quezalguaque. Con cinco españoles y dos mulatos, estos trece individuos fueron sepultados en el convento de San Francisco.