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Tito se arrimó a la ventana delantera del taxi y le pidió un aventón al conductor. Iba del mercado Huembes al semáforo de Rubenia. El taxista le asintió con un movimiento de cabeza y el chavalo de ojos vivaces y verbo fluido, menudo, prieto, de negros y opacos cabellos tiesos, de esqueléticas piernitas morenas que concluían en unos piecitos “protegidos” por unas enormes y desgastadas chinelas verdes, subió al carro.

Llevaba una piñata por la que había pagado diez córdobas. “¡Es la quinta que compro, mire!”, le dijo al taxista mientras le mostraba una imagen maltrecha de El hombre araña. En su mano izquierda sostenía una cajita con chiclets. “¿Cómpreme una, señor?”, me dijo mientras volteaba hacia el asiento trasero. Le dije que me producía gastritis, y que no.

Sin que nadie se lo preguntara dijo su nombre: “Me llamo Tito”. Había pasado toda la tarde y parte de la noche del viernes 17 de abril ofreciendo chiclets en la periferia del mercado. Era su rutina de todas las tardes y todas las noches, después de salir de la escuela.

Iba asoleado, hediondo a sudor y feliz. En estos días había juntado cinco de esa mini-piñatas para celebrarle, al día siguiente, los cinco años a su hermanita. “Ya compré vasos, platos, cucharas, gaseosas y un queque… ¡ah, también bastantes caramelos para cada piñata!” Alguien le había regalado “cincuenta pesos” y con eso pensaba comprar hielo y algunos petardos que reventaría a la hora de aporrear cada una de las piñatas.

Se bajó como subió: sonriente y agradeciendo al taxista. Se perdió entre el lío de la intersección, rumbo a su barrio. “Ojalá no pierda esa inocencia ni ese optimismo”, me dijo el taxista. “La calle es tan dura y en ella hay gente tan…”


La otra historia
Una tarde antes, al intentar abordar un taxi a la salida de mi trabajo, me di de tope con Chanchito, Guarito, Cebolla, Pelo Pelo y El Primo, todos de la banda “Los Vega”, del barrio Jonathan González. Ninguno pasa de los 25 años. A punta de pistolas artesanales, una bayoneta y un cuchillo me asaltaron a la vista de varios.

Tengo que admitir que uno de mis asaltantes tenía algo de conciencia. Le reclamé me devolvieran mis anteojos -- sin ellos no veo nada, nada --, y permitió que se los quitara de su mano derecha. Luego de eso, corrieron rumbo al parque del barrio, donde dejaron tirada parte de la documentación que habían extraído de mi cartera. El teléfono celular que portaba lo vendieron como en piezas, pues no pudieron encenderlo.

Una señora, a pesar de su miedo, me prestó su teléfono. Llamé a la policía y di los datos de rigor para estos menesteres. Me pidieron que esperara. Y esperé. La tensión en esa casita y entre sus vecinos iba en aumento. Temían que “Los Vega” volvieran para atacarlas por haberme auxiliado.

Cada persona con la que conversaba mientras esperaba la llegada de la patrulla policial me decía lo mismo: “Los Vega son el azote de esta zona. ¡Y ni quiera Dios si saben que estamos haciendo esto... nos friegan! ¡Ya han puyado a varios… y las casas… viera cómo las apedrean… es hasta que casi las desbaratan!”

La señora, como percatándose de las repercusiones de su asistencia, me pidió que por favor no la involucrara. “Señor, yo trabajo en la Zona Franca y no puedo faltar. No me meta en esto”, me dijo. Le insistí que no iba a hacerlo. En eso entró a la casa un niño – más o menos de la edad de Tito -- al que habían enviado a explorar si los Vega volvían o no. Pues sí, uno de sus adelantados se había apostado en la esquina como quien llega por casualidad a fumarse un cigarrillo. Imagínese el nerviosismo de la señora.

Pasó un largo rato. La patrulla policial no llegaba y entonces decidí largarme. Le agradecí a la señora su hospitalidad y comencé a pensar quién podría prestarme algo de dinero para poder llegar a mi casa. Caso contrario, tendría que caminar como 12 kilómetros y correr el riesgo de volver a ser copado por los pares de “Los Vega”. ¡Con el agravante de que ahora ya sólo tenía la ropa que llevaba puesta!

Epílogo inconcluso
El 23 de abril vi a Tito en la intersección con su cajita de gomas de mascar. Siempre sonriente, de carro en carro, ofreciendo las golosinas. No creo que se haya enterado que era Día del Libro ni que estudiantes de una universidad de Managua hayan reconocido que apenas el 7 % de ellos leen libros.

“¡Estuvo alegre el cumpleaños de mi hermanita!”, me dijo cuando me vio a bordo del taxi.

Lástima que “Los Vega” no conozcan a Tito. Podrían aprender de él cosas interesantes... O a lo mejor no. A lo mejor no. Yo no quisiera que Tito acabe como “Los Vega”, que desde hace un rato tienen un historial poco edificante.